Mostrando entradas con la etiqueta Alfonso XIII. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alfonso XIII. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de agosto de 2017

SEMANA - 3 de Julio de 1.965 - España

(Agradecemos el envío de esta revista a Violeta Riscal)
93.000.000 DE PESETAS PARA
SARA MONTIEL
“¿No dicen por ahí que estoy acabada? A ver qué artistas españoles o no españoles han visto juntos esos millones”

En las esquina encontré a mi amigo García.
-Voy a entrevistar a Sara Montiel.
-¿A Sara? Pero, ¿tú crees que a estas alturas tiene algo nuevo que decir?
Mi amigo García insistía.
Mi amigo García se quedó refunfuñando. Somos como somos y no hay quien nos cambie. Ella se llama Sara –realmente, María Antonia-, y no Elizabeth, Gina o Shirley. Se apellida –Abad, según la partida de bautismo-, libre de “kas” y uves dobles, palabra que nos trae el recuerdo de los molinos manchegos y no de las brumas de Manhattan. Somos como somos y…
-Buenas noches. A ver si estamos fresquitos… Es terrible. No puedo instalar aire acondicionado por culpa de la sinusitis que tuve el año pasado. Y este piso es un ático… Habrá que beber algo fresco, ¿no?
Es ella. María Antonia Abad. Es ella. Sara Montiel. Mi intención, al menos, es entrevistar a María Antonia. A ver qué me cuenta de Sara Montiel, a la que un día España proclamó su máxima “estrella”. Yo creo que lo sigue siendo, por dos razones fundamentales; primera: Sara sigue en forma; segunda: no hay segunda clasificada; el pelotón entrará en la meta a muchos minutos de la primera clasificada.
EL JUEGO DE LOS MILLONES
Nos hemos sentado en un mullido sillón. Hubiéramos preferido una humilde silla de madera. Las humildes sillas de madera dan menos calor que los lujosos sillones. Pero el piso de Sara Montiel no es humilde; eso sí: es sencillo, muy sencillo.
-Sara, sin rodeos. Quiero una noticia rotunda que explique, sin necesidad de más palabras, su actual posición en el cine español.
La “estrella”, que se cubre con un coloreado albornoz hawaiano, se me queda mirando. Sara tiene este año una mirada profunda, indagatoria, ligeramente irónica, de suficiencia… ¿Este año?
-Todavía estará fresca la firma que he estampado al pie de mi último contrato. Noventa y tres millones de pesetas por tres películas.
Se me queda mirando. (Ya he descrito antes la mirada de Sara).
-¡Sí, sí, millón y medio de dólares! Dólares de verdad, ¿eh? Me gustaría saber qué otras actrices cobran esas cantidades salvo Sofía Loren o Elizabeth Taylor… ¡si es que lo cobran, que tendría que verlo!
Efectivamente: estoy ante María Antonia Abad. Estoy ante la manchega avasalladora, espontánea, sincera, que se muestra tal como es, no tal como ella, quizás, quisiera ser  o como algunos –que prefieren los barnices artificiales- quisieran que fuera.
-¿No tiene usted miedo a confesar, tan abiertamente, esa fabulosa cantidad de pesetas?
De nuevo se me queda mirando. ¿Ustedes recuerdan los primeros planos de Sara Montiel en sus películas? Pues, así.
-¿Lo dice por…?
-Sí, lo digo por…
-Pues no, aunque la verdad es que me “brean”. Tengo uno o dos, o no sé si cinco abogados para resolver esos problemas. Pero no es eso. Si hablo de dinero es porque sé que es un lenguaje que todo el mundo entiende. ¿No dicen por ahí que estoy acabada? Pues a ver qué artistas españoles o no españoles han visto juntos esos millones de pesetas…
-¿Usted los vio juntos anteriormente?
-Así, así…


HA CAMBIADO
A Sara Montiel la encuentro cambiada. La última vez que la vi la encontré en baja forma física. Y lo escribí en algún sitio. Estaba pálida, tristona y, lo que es peor, tratando de mostrarse alegre. Y eso lo hubiera conseguido Sara Montiel, que es una actriz excelente, digan lo que digan sus detractores. Pero no María Antonia Abad, que es como es por la gracia de Dios.
-¿Cuál será la primera de esas tres películas?
-Una que rodaremos en diversas ciudades de Italia. Se titula “Rita Luna” y es la historia de una mujer española muy famosa, que cantaba y que triunfó. Se casó con un señor muy importante, que estaba paralítico. Los hombres asediaban a Rita… Es una historia muy bonita, muy conmovedora…
-María Antonia: yo quiero saber si Sara Montiel piensa seguir cantando…
Me mira como preguntando: “¿Pero qué dice este hombre?”
-Seguiré cantando, pero no cuplés. Quizá canciones más modernas. ¡O cuplés de nuevo, caramba! ¿Por qué voy a dejar de cantar si cantando gano dinero? Además, ni los productores ni los distribuidores quieren que deje de cantar… A ver: ¿cambiaría El Cordobés los toros por el fútbol?
Sí, la encuentro cambiada. Profundamente cambiada. Sara está más guapa, más sonriente… Tiene más majestad. La encuentro más tranquila, más centrada. Creo que está dispuesta a iniciar el mejor camino de su vida. Sentimentalmente ya dio los primeros pasos, seguros, sin titubeos, prometedores… Su carrera artística también ha desembocado en una vereda más clara, mejor orientada… El gran director Ladislao Vajda le tendió la mano. Ahora un contrato de altos vuelos…
-Sara: ¿desde cuándo es usted millonaria?
Sara está esta noche dispuesta a contestar a todas mis preguntas. Pero yo no pienso aprovecharme para acorralarla. Es una amable conversación, sin peores intenciones.
-Le diré algo. Cuando hice “El último cuplé”, sólo me pagaron las dietas en Barcelona: trescientas pesetas diarias. Pero era una película que no quería dejar de hacer… Tenía fe en el asunto, en los cuplés, en el director… Por otra parte necesitaba hacer algo, sembrar para recoger…
-¿Cuáles eran sus necesidades en aquellos momentos?
-Todas.
SUS PRIMEROS PASOS
Nos encontramos en el piso de la calle de san Bernardo. Aquí vivió Sara de soltera. Ahora es el piso de su madre. Sara –los señores de Ramírez Olalla- tiene un buen piso en la plaza de España. Y un magnífico hotel en la ciudad residencial de La Florida.
-Luego llegó “La violetera”… ¿Pudo usted exigir?
-¿Exigir? Ni exigir ni elegir. Era eso o nada. Me dieron cien mil pesetas por “La violetera”. ¡Yo no sé la de millones que habrá dado esa película!
Hice varias películas más para la misma productora. Había un contrato por medio… “Carmen, la de Ronda”, “Mi último tango”, “Pecado de amor”… El productor se aprovechó… Sí, sí, me dieron cuatro perras por unas películas que resultaron comercialísimas. Bueno, y me han dejado algo a deber…
No hay rencor en las palabras de Sara Montiel. Ni odio. Ni nada que se le parezca. Estoy convencido de que Sara –María Antonia, desde luego, sí- es una chica excelente. Eso: una chicha que llegó de un pueblo de la Mancha con el hatillo al hombro. Un hatillo cargado de ilusiones y de buena fe. Porque… ¡la buena fe que ha derrochado María Antonia Abad por esos mundos”
-Y luego llegó “La bella Lola”…
-Significaba el cambio de productora. Nacía una nueva Sara Montiel. Ya me dieron una cantidad más razonable que, posteriormente, ha ido aumentando. No en vano mis películas dan cada vez más dinero ¡Y yo no soy tonta!
-¿El señor Ramírez Olalla supervisa los contratos de Sara Montiel?
-¡Naturalmente! Los hace mi abogado, pero los supervisa Chente. Bueno, y yo superviso los suyos… “Oye, Antonia, qué te parece …?”
Los señores de Ramírez Olalla: un matrimonio bien avenido. Ella hace películas; él se dedica a la construcción. Hoy en Madrid, mañana en Dakar, pasado en Grecia…
-Quién gana más dinero, ¿su marido o usted?
-Ahora él. A pesar de los noventa y tres millones… ¡Soy una pobrecita a su lado! Yo hago películas y él construye internacionalmente…
Bueno, pues a pesar de todo –ceros y más ceros-, los Ramirez Olalla no veranean este año. Algún chapuzón que otro en su piscina de La Florida y pare usted de contar.
-Yo hago una sola película al año, pero la preparo concienduzamente. Son cuatro meses de rodaje y tres de preparación, que dirijo personalmente. Según el director y los guionistas me pasan las secuencias, yo busco las canciones más adecuadas. No es tarea fácil. Hay que tener mucho ojo para elegir canciones que “peguen”. Después, ponte a elegir el vestuario, los colores, las telas… En Madrid, en Roma, en París… Que si los zapatos, que si la pedrería… Luego vienen los ensayos en casa, con el director. Antes de rodar la película grabo las canciones en París, porque, hijo, tienen un sonido… ¡que para qué! Y al fin, empezamos la película.
Me fijo en Sara. Está sin pintar, sin maquillar, sin arreglar… María Antonia, pues, se sigue mostrando tal cual es… ¡porque puede!
-Artísticamente me encuentro sensacional. Y físicamente… Ni me pinto, ni falta que me hace. Y sin ninguna pata de gallo, aunque hay quien cree que soy mayor que mi madre.
Sonríe triunfante. Se queda satisfecha María Antonia después de “despacharse a gusto”. Se recuesta y se me queda mirando, expectante, como preguntando: “¿Vale?”
-¿Tiene amigos?
-Sí, los tengo. Pero yo digo que los que valemos algo siempre tenemos enemigos. Lo que no sé es la razón porque yo sólo hago una película al año, de forma que no robo nada a nadie… No sé… Eso sí: cuando mis enemigos vean mi última película me van a echar alquitrán a la cara…
-¿Dirigirá usted algún día sus películas?
-Tengo talento para que me dirijan; no para dirigir… Pero como una no es tonta, pues opina un poquitín.
-¿Qué tal se explotan sus últimas películas?
-Superiormente. De “Samba” se han hecho ochenta y cinco copias, que ya son copias, sobre todo teniendo en cuenta que son en color y cada una de ellas cuesta 25.000 pesetas. “El último cuplé” sólo se lanzó con una copia…


QUIERE TENER HIJOS
Un ratito a confidencias nunca viene mal. Creo que debemos contrarrestar, suavizar, disimular el torbellino de millones en que nos hemos metido. Y a María Antonia la pregunto:
-¿Feliz del todo?
-Soy muy feliz. Tengo a mi madre, a mi marido… No tengo a mi padre, que murió cuando yo tenía doce años, pero como si lo tuviera. Cada dos noches sueño con él. Le veo, hablamos…
Sara se ha puesto seria. Sus ojos brillan de felicidad. Me habla quizá infantilmente, pero con una enorme carga de emotividad.
-Recuerdo el último sueño. Yo estaba vestida, no sé para qué. Mi padre me dijo: “Antonia: no me gustas con ese vestido verde. Ponte el amarillo”. Y ayer, efectivamente, me puse el amarillo…
-¿Le asusta el paso de los años?
Ha sido un relámpago difuminado… Pero he visto en los ojos de Sara una ligerísima ráfaga de temor, de preocupación… o han sido visiones mías…
-No me asusta el paso de los años. Todos nos hacemos viejos, ¿no? Es un problema que todos hemos de padecer… Bueno, realmente no sé si será un problema…
-¿Qué desea tener que ahora no tenga?
Le sale del alma:
-Hijos. Los que vengan. Sé que los productores se asustarían, pero…
-¿Qué piensa cuando recuerda su niñez?
-Éramos muy pobres, muy humildes… ¡Muy honestos, eh! No me gustaría que volviera lo de antes.
-¿Está harta de algo?
-De comer, desde luego, no. ¡La línea, hijo, la línea! Estoy harta de que algunas personas me digan: “¿Qué hace usted para conservarse tan bien?”

Hebreo SAN MARTÍN
(Fotos Julián Torremocha)


EL RECORTE CCLVII
Como leíamos en la revista Semana, a poco más de un año de casarse con José Vicente Ramírez Olalla, el balance que la estrella hacía de su matrimonio y de su carrera era muy positivo. Un año de felicidad que comenzaba en Roma el día de sus nupcias. Este es el reportaje que publicaba Hola sobre el enlace en su número de 9 de Mayo de 1.964. 


SARA MONTIEL
SE CONVIERTE EN LA SEÑORA DE RAMIREZ Y GARCÍA DE OLAYA
La boda se celebró en la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, de Roma
La actriz, que quiso dar a la ceremonia una severa seriedad, se sintió profundamente conmovida al ser recibida por el Santo Padre

Sara Montiel, acompañada de su prometido, José Vicente Ramírez y García de Olaya, a su llegada a Roma. 

Sin inmutarse lo más mínimo, ante el asedio impertinente de fotógrafos y operadores, empeñados en no perderse detalle, y con el dominio que da el oficio, Sara Montiel, María Antonia Abad Fernández para el Registro Civil, más guapa que nunca, y vistiendo un elegante conjunto de encaje de oro y plata, firmado por Pierre Balmain –dos mil dólares-, ha recibido –el pasado sábado-, arrodillada junto a José Vicente Ramírez y García de Olaya, la bendición nupcial, ante el altar mayor de la iglesia española de Roma, de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat. El abad mitrado de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, dom Justo Pérez de Urbel, amigo de los novios, llegó ex profeso de España para oficiar la misa de velaciones y el rito matrimonial, cumpliendo así su amistosa promesa de meses atrás.


La actriz y su marido sentados en la Vía Venetto.


El matrimonio contempla el Coliseo y el Arco de Constantino.

Sara, con su padrino y cuñado don Luís Ramírez y García de Olaya, se presentó a las puertas del templo, enclavado en la vía de Montserrato, en un rincón de la ciudad vieja, a dos pasos del Tíber, con sorprendente puntualidad. Nadie hubiera dicho que estaba levantada desde las seis de la mañana, hora en que abandonó, apresuradamente, su “suite” del Excelsior, para ir a confesar a una iglesia cercana. Poco después de esa hora comenzó la ronda de los fotógrafos y operadores por los pasillos del hotel. Se habían dado cita allí las revistas y los semanarios más famosos del mundo –desde “Life” a HOLA- para captar la salida de la actriz, camino de la iglesia. Sarita comenzó a vestirse, sin nervios, ayudada por su doncella Irene, que a última hora había cambiado el buquet de violetas, escogido de la tarde antes, por otro de orquídeas, para evitar el fácil recuerdo de una de las películas más celebradas de aquélla.


Sarita Montiel dirigiéndose al altar del brazo de su padrino y cuñado, don Luís Ramírez y García de Olaya. 


Sarita, ya ante el altar con su prometido, en el momento en que va a dar comienzo la ceremonia.


Los nuevos esposos estrechan sus manos ante el altar de Nuestra Señora de Montserrat.

En la puerta del templo esperaba el novio, que hasta aquel instante desconocía cuál era el equipo elegido por Sara, a pesar de que él mismo lo había recogido en París, bien encerrado en una caja a propósito. Una vez ante el altar –por expreso deseo de Sara no hubo música de órgano,  ni marcha nupcial-, la pareja y los padrinos tomaron asiento, para escuchar la plática del abad dom Justo. A continuación, y tras las obligadas preguntas que el rito impone, dio comienzo la misa de velaciones, durante la cual comulgaron los novios.
En el presbiterio tomaron asiento, en el lugar de honor, el embajador de España en el Qirinal, señor Sánchez Bella, acompañado de su esposa. En el lado de la Epístola se acomodaron los testigos de la ceremonia: vizconde de Tuy, marqués de Santa Rita, don Emilio de la Guarda y el doctor Azcona.
Siempre seguida por el relampagueo de los  flash y los focos cegadores de NO-DO, los novios pasaron a la sacristía, donde firmaron el acta matrimonial. En breves minutos, y en una dependencia aneja, Sara cambió su atuendo de novia por un severo traje negro, de ceremonia, y cambió su monumental pamela por la tradicional mantilla negra española, para acudir, en unión de su esposo, a la audiencia privada que les había concedido Su Santidad Pablo VI y que para nuestra actriz –según confesó después- ha sido el acontecimiento más emocionante de su vida.


Don José Vicente Ramírez y García de Olaya haciendo su entrada en el templo dando el brazo a la madre de Sarita Montiel, madrina en la ceremonia. 


La famosa actriz en otro momento de la ceremonia de su enlace matrimonial en el templo romano de Nuestra Señora de Montserrat. 


Los novios reciben sus alianzas matrimoniales. Ofició la ceremonia el abad mitrado del Valle de los Caídos, dom Justo Pérez de Urbel.

El Papa retuvo a la feliz pareja durante más de quince minutos. Regaló a Sarita un rosario de oro y a José Vicente una medalla del Concilio. Además se interesó por los proyectos de la actriz.
Después, al mediodía, en la intimidad, con los familiares, llegados para la boda, y un reducido grupo de amigos, Sara y José Vicente se reunieron a almorzar en el Gran Hotel.
Hasta su partida para Nueva York, vía Este –Sarita tenía el propósito de pasar por Moscú, para ver si podía cobrar lo que “allí” le deben por sus películas y sus discos-, el matrimonio tuvo sobrado tiempo de pasear por Roma y de posar para los fotógrafos en los obligados rincones de los itinerarios turísticos, incluido la Fontana de Trevi, donde, tanto Sarita como su marido, arrojaron la moneda, con la ilusión de volver, sin tanta prisa, a la Ciudad Eterna.


Momento en que los contrayentes reciben la Sagrada Comunión.




Después de contraer matrimonio, Sarita Montiel depositó su ramo de orquídeas en la tumba de Su Majestad el rey don Alfonso XIII.

“Es posible –me explicó Sara- que haga aquí una película, si llegamos a un acuerdo con los productores… Se trata de una versión de la vida de Claretta Petacci. El guión está hecho y ha sido sometido a la aprobación de la familia”.
El propósito de Sara es, como se ve, seguir trabajando en el cine, aunque desviándose un poco del cuplé. “Como en mis otras películas –me aclaró- en adelante compartiré la responsabilidad y el riesgo o la fortuna de producción. Aparte de la película sobre Claretta Petacci, tengo otras dos más en cartera”.


Ataviada con un severo traje y con la mantilla española, los nuevos señores de Ramírez se dirigen al Vaticano, donde fueron recibidos en audiencia privada por Su Santidad el Papa. 


ROMA (Especial para HOLA, de nuestro corresponsal
FRANCISCO NARBONA).


LA FOTO CCLVII


La diva en un evento. Eran mediados de los '60...


viernes, 22 de junio de 2012

FOTOGRAMAS - 8 de Mayo de 1964 - España

Agradecemos a Violeta Riscal el envío de esta revista.

Sólo 10 invitados a la boda de
SARA MONTIEL

La boda tuvo lugar en Roma el 2 de mayo y ofició el abad mitrado del Valle de los Caídos, fray Justo Pérez de Urbel. María Antonia (Sarita) vestía un conjunto de Balmain, regalo del marido, cuyo valor era de 125.000 pesetas, de tul color beige bordado en oro y plata. Alrededor del cuello, un collar de la casa Van Cleef. Una sola persona representaba a los familiares de la novia: su madre. Y una sola también, a los del novio: su hermano. Y sólo la propia Sara representaba al cine español. El ramo de la novia quedó depositado sobre la tumba de Alfonso XIII. La pareja fue recibida seguidamente por S.S. Paulo VI. Primera etaba del viaje de bodas: Moscú (de paso para el Japón y Estados Unidos).

Sara Montiel, la famosa estrella del cine español que ha hecho revivir los cuplés de los felices años veinte, se ha casado en la iglesia de Montserrat, de la Ciudad Eterna. La boda ha sido sencilla e íntima. Los novios, los padrinos y muy pocos amigos. Sara y su flamante marido han querido huir de la publicidad y del tumulto que rodea a los famosos en un paso tan trascendental como éste. Y lo han conseguido, porque el que Sara se haya hospedado en el Hotel Excelsior, de la Vía Véneto, con su nombre de pila, en lugar de inscribirse en el registro con su nombre artístico, ha supuesto una gran dificultad para los informadores italianos.




Riguroso secreto
El treinta de abril llegó Sara a Roma acompañada de su madre, dos días antes de la boda exactamente. Su prometido, José Vicente Ramírez Olalla, ‘Chente’, estaba en la capital de Italia desde unos días antes, ultimando los preparativos de la boda.
La noticia de ésta se conoció con tres días de anticipación. Me enteré de ella cuando realizaba la información de la boda de la princesa Irene de Holanda y del príncipe Carlos Hugo. Desde el mismo aeropuerto telegrafié a Madrid.
El riguroso secreto con que la gentil Sarita y ‘Chente’ han llevado a cabo todos los preparativos de la boda no me sorprendió lo más mínimo. La propia Sara me dijo, no hará más de un par de meses, que no quería publicidad en su boda. Que no se conocería la fecha ni el lugar de la misma, hasta que la ceremonia estuviera muy próxima.

Una pareja de novios cualquiera
Y han cumplido su palabra. La discreción con que se han efectuado los preparativos es digna de elogio y muy difícil de hallar en el mundo del cine.
Vi a Sara, en Roma, la víspera de la boda. Estaba nerviosa, igual que José Vicente. Viéndoles charlar, ultimando su viaje, parecían una pareja de novios cualquiera, como tantas otras que hay por el mundo.
En el saloncito contiguo al dormitorio se veía su traje de novia, recién llegado de París, donde ha sido confeccionado por Pierre Balmain. Toda una joya. Un auténtico modelo creado por el famoso modista para Sarita. Tanto el abrigo como el vestido sin mangas están realizados en un tejido de encaje de plata y oro, al igual que la pequeña pamela y los zapatos. Todo ello ha costado a ‘Chente’, ya que de un regalo suyo se trata, 2.100 dólares, ciento veinticinco mil pesetas.
Sarita, que ha querido eliminar de su boda todo espectáculo, uno de los motivos por los que ha elegido Roma para casarse, redujo de tal manera los invitados, que ésos no pasaban de diez. Y como dato curioso, la cinematografía española no estaba representada por ninguno de ellos.
-Soy una mujer nueva. Soy una mujer feliz como nunca lo he sido – ha dicho la estrella.
Porque, aunque la gente crea lo contrario, Sara Montiel nunca fue dichosa hasta este momento.
María Antonia Abad y José Vicente acudieron, la víspera de su boda, a la alcaldía de Roma donde formalizaron su matrimonio civil. Fueron solos, sin amigos ni fotógrafos. Confundidos entre muchas parejas de novios. Después dieron un paseo por los alrededores de la Ciudad Eterna montados en un coche de caballos. 



Orquídeas para ‘la chicha de las violetas’
Los italianos llaman a Sarita ‘la Ragazza di la Violetta’, pero ella apareció en la Iglesia de Montserrat llevando un ramo de orquídeas que depositó, una vez finalizada la ceremonia, junto a la tumba que guarda los restos del último rey de España.
Aunque la nave de la iglesia no es muy grande, aparentaba ser mucho mayor por lo desierta que estaba a la hora de la boda. De los pocos invitados a la ceremonia, la mayoría se encontraban en el presbiterio, por su calidad de testigos. Sólo los hermanos de Sara y los señores Gómez Acevo, la condesa de Santa Engracia e Inés Gómez Duque, ocupaban los primeros bancos, adornados con flores blancas.
En lugar destacado, y al lado del Evangelio, se encontraban los embajadores de España en Italia, señores de Sánchez Bella, y frente a éstos, los testigos: vizconde de Túy, el marqués de Santa Rita, don Ignacio Balenciaga y don Pedro Juez.
Ofició nada más y nada menos que fray Justo Pérez de Urbel, abad mitrado del Valle de los Caídos, que también asistió a la boda de la princesa Irene y del príncipe don Carlos, y que ha vuelto de nuevo a Roma, especialmente, para casar a María Antonia.



Vuela un sombrero y aparece una mantilla
Aunque dicen que todas las novias lloran, Sarita supo tragarse las lágrimas que pugnaban por salir y no dejó de sonreír un solo momento a José Vicente, que aparecía serio y triste por la ausencia de su familia, representada por su hermano Luís, que fue padrino. Como madrina actuó la madre de Sarita que, una vez finalizada la ceremonia, perdió el control de la emoción y se colgó materialmente del cuello de su hija, derribándole el sombrero.
Ya convertidos en marido y mujer, María Antonia besó amorosamente a su esposo en presencia de todos los fotógrafos, dirigiéndose a continuación a la sacristía para la firma de los esponsales. Inexplicablemente fue prohibida la entrada a la prensa, que quedó gratamente sorprendida cuando, minutos después, volvió a abrirse la puerta apareciendo Sarita completamente transformada. Habían desaparecido su traje de novia de plata y oro, su pamela y su collar de brillantes y rubíes. María Antonia lucía un vestido negro y se tocaba con la mantilla española. El motivo de aquella transformación era el siguiente: Su Santidad el Papa Pablo VI les había concedido una audiencia para las doce. Y eran las doce menos cuarto.


Texto: JAIME PEÑAFIEL
Fotos: EUROPA PRESS


EL RECORTE LXX
...si bajo fue el número de invitados a la boda, todo lo contrario fueron los días de luna de miel y de recuerdos comprados... Esto nos contaba la revista Lecturas el 19 de Junio de 1964. Una estrella....

SARA MONTIEL,
a su regreso del viaje de novios



El quimono que Sara Montiel muestra en esta instantánea es uno de los muchos caprichos que ha adquirido en este famoso viaje, el más inolvidable de su vida, al que partió con las maletas vacías con objeto de traérselas llenas de recuerdos y regalos… Su marido adquirió también un quimono, pero de ‘judoka’. Sara Montiel visitó Tokio y el norte del Japón, pasando posteriormente a Hong-Kong, ciudad que la sorprendió por la increíble mezcla de razas y colores y su extraordinaria vitalidad. Otra de las muchas ciudades visitadas –siempre apresuradamente- por el matrimonio, fue Copenhague, coincidiendo precisamente con la decapitación de la famosa ‘sirena’ del puerto, que fue privada de su cabeza por una pandilla de gamberros.



Sara Montiel acaba de regresar de su viaje de luna de miel, que ha durado seis semanas. Para ella y su marido, José Vicente Ramírez Olalla, demasiado poco tiempo, pero los compromisos profesionales de Sara impidieron prolongarlo más. En la foto, la deliciosa Sara Montiel, en una perfecta actitud de ‘ceremonia del té’ japonesa. De los lugares visitados por la pareja, ha sido el Imperio del Sol Naciente el que más ha impresionado a Sara Montiel, especialmente por la poesía de sus tradiciones y la belleza de sus extraordinarios paisajes.



Antes de emprender este viaje, en el nuevo piso de Sara Montiel existía ya una clara influencia japonesa, tal como las puertas recubiertas de laca y ciertos objetos típicos de aquel lejano país. Esta cabeza, de mármol cromatizado, que representa a un legendario ‘samurai’, es otro de los muchos objetos adquiridos por Sara en su viaje de novios. En breve, Sara Montiel se incorporará a los Estudios cinematográficos de París para iniciar el rodaje de ‘La dama de Beirut’, y esta precipitación ha sido lo único que ambos han sentido en este viaje.



En Rusia visitaron Moscú –en cuyo ‘metro’ famosísimo dieron varias vueltas-, ciudad que hizo a Sara Montiel un recibimiento cordialísimo. A propósito del cine americano, la famosa actriz afirma que Hollywood le pareció una tumba, con casi todos sus Estudios cerrados y su apenas producción. El cine europeo ha ganado por la mano, según afirma la protagonista de ‘Samba’, al norteamericano, que ha sido casi totalmente arruinado, de una parte, por la fortísima competencia de la televisión, y de otra, por la escasez de películas de auténtico interés argumental y humano.



De cada una de las ciudades visitadas, Sara ha traído un recuerdo distinto. Así quedó maravillada del extraordinario nivel de vida observado en Estocolmo y demás ciudades suecas, del mismo modo que la impresionó la magnífica belleza de la fábrica de cristales de Praga, famosa en el mundo entero. En total, el viaje de novios de José Vicente Ramírez Olalla y su esposa, Sara Montiel, ha representado más de cincuenta mil kilómetros.



Leningrado, Hawai, Los Ángeles, San Francisco, Nueva York (en cuya Feria mundial fueron agasajados por el Comisario, señor García Sainz, y de cuyo Pabellón Español corrobora Sara Montiel la creencia de que es el mejor de toda la exposición), y otras varias ciudades, fueron visitadas por este matrimonio en su largo viaje de novios. Muchos regalos y caprichos han sido adquiridos por ambos para sus amistades y su piso de Madrid: sedas japonesas, ceniceros de piedras preciosas de las minas del Cáucaso, alfombras orientales, objetos utilitarios ‘made in U.S.A.’ para el hogar… Pero Sara, siempre tan femenina y elegante, ‘cargó la mano’ en las lujosas tiendas de modas de la Quinta Avenida, de Nueva York, donde hizo acopio de esto que siempre la ha ‘chiflado’: los sombreros. En estas dos fotografías, Sara Montiel luce, con su proverbial belleza, dos modelos exclusivos adquiridos en dicha ciudad norteamericana, y que vienen a enriquecer su ya valiosa colección.


De nuestro corresponsal en Madrid: PEDRO LUIS CAMPOS TEJON
Fotos: M. Cuadros


LA FOTO LXX



La diva en la película 'Samba'. Film que rodó meses antes de su boda con José Vicente Ramírez Olalla.