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sábado, 20 de abril de 2019

GACETA ILUSTRADA - 5 de Abril de 1.958 - España


La diva aparece solo en la portada. En el sumario se dice de ella:
PORTADA: Sara Montiel, en "La Violetera", superproducción en Eastmancolor de Benito Perojo, que se estrenará en diversas ciudades de España el Domingo de Resurrección.
Foto: Simón López


EL RECORTE CCCXXI
En Enero de 1.991 la artista recibía todo un homenaje por la reposición de "La violetera". Así lo recogía la revista Semana. 

Con motivo de la reposición de
“La Violetera”, a los 32 años de su estreno
Homenaje a
SARA MONTIEL
“Me siento muy feliz y muy querida”
*Ni hablar de retirarse: “Quien nace artista, muere artista”

Espectacular, como siempre, Sara Montiel posó junto a su marido, Pepe Tous, la noche en que se repuso "La Violetera". 

El Ministerio de Cultura, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, la Sociedad General de Autores y la Universidad Complutense se unieron para dedicar un homenaje a Sara Montiel con motivo de la reposición de la película “La Violetera” y en reconocimiento a la importante labor que ha desarrollado la gran estrella española a lo largo de su intensa y prolífica carrera profesional.
En el cine madrileño Capitol se dieron cita importantes figuras de la industria del cine y de la cultura para asistir al reestreno de esta película que ha sido elegida entre las muchas que hizo Sara por considerarla –según palabras de la propia distribuidora- “la más completa desde el punto de vista artístico y comercial y la que más se adapta a los días de hoy”.
La mítica manchega llegó puntual a la cita, espléndida y pisando fuerte, como sólo ella sabe hacerlo.
-Estoy emocionada ante todo esto –dijo-. Me siento muy querida y muy feliz y tengo que decir –añadió haciendo gala de su fino sentido del humor- que agradezco doblemente ese homenaje; primero, porque me lo hacen, y segundo, porque estoy viva para disfrutarlo.
Sara recordó la época en que fue rodada “La Violetera”, dirigida por Luís César Amadori, en 1958.
-¿Es tu mejor película?
-Es quizá la que hice más a gusto, la mejor de mi etapa dorada, porque en ella ya tenía el reconocimiento y el apoyo de los productores y del público. “La Violetera” significa cosas muy importantes, muy íntimas en mi vida. Sin embargo, fue “El último cuplé”, de Juan de Orduña, la película que me dio la fama, y no puedo dejar de reconocer que también tengo recuerdos muy entrañables de ella, a pesar de que el rodaje fue de los más precario, porque nadie creía en nosotros y nadie nos daba ni un duro.
-¿Volverías a elegir y convencer a tu galán en el caso de que por fin decidieras regresar al cine?
-Sí. Reconozco que soy tremendamente mandona, y lo volvería a hacer. Lo de que vuelva al cine no está tan claro, a pesar de que mi marido, Pepe Tous, no deja de insistir para que acepte las ofertas que me hacen. No me arrepiento de haberlo dejado en 1975, porque en aquellos años comenzaron a hacerse desnudos de manera injustificada y además muy feos; como eso no iba ni con mi cabeza ni con mi estética, decidía apartarme porque aquello no era para mí.
-¿Tienes ganas de retirarte y hacer una vida más tranquila?
-El que nace artista muere artista, y yo no puedo dejar mi vocación. Dedico a mi familia todo el tiempo que puedo, a mis aficiones y a mis amigos, pero todavía no quiero dejar el escenario, porque es mi vida, y todavía me quedan suficientes fuerzas y energía para seguir en él. Cuando sienta que lo tengo que dejar, me dedicaré a dirigir y producir espectáculos musicales al estilo americano, y creo que lo haré bien, porque he aprendido mucho de esto a lo largo de mi vida.
-¿Te encuentras totalmente restablecida de tu reciente caída cuando representabas “Saritízate”?
-Todavía estoy en tratamiento médico, pero ya me encuentro mucho mejor. En cuanto me den el alta volaré a Brasil, donde tengo concertadas unas galas. Mientras tanto, descanso e intento reponer fuerzas, porque creo que, además de mi familia, me debo a mi público.

A.   B.
Fotos Galo Rivera


LA FOTO CCCXXI


La espectacular actriz en una escena de "La violetera". 

viernes, 29 de junio de 2018

GACETA ILUSTRADA - 9 de Mayo de 1.964 - España


SARA MONTIEL
se casó en Roma
Ritual toledano en una boda romana: Dom Justo Pérez de Urbel une las manos de Sara y José Vicente

Eran, exactamente, las diez y veinte minutos de la mañana del sábado 2 de mayo de 1964 cuando Dom Justo Pérez de Urbel preguntaba a la mujer que estaba arrodillada frente al altar mayor de la iglesia española de Montserrat, en Roma:
-María Antonia Abad Fernández, ¿quieres por esposo al señor don José Vicente Ramírez García-Olalla?
Los micrófonos recogieron la respuesta segura de la desposada, que dijo con voz clara y firme:
-Sí, quiero.
Después, a la pregunta siguiente (¿Te otorgas por esposa…?), María Antonia contestó únicamente “Sí”, olvidando la palabra “otorgó”; pero ni que decir tiene que ningún canonista entenderá que hubo con ello defecto formal en la ceremonia. Terminó la triple indagación respondiendo con igual firmeza el “Sí, lo recibo” y ocho minutos más tarde los que ya eran marido y mujer se cambiaban los anillos de desposorio. Los “flashes” y las cámaras cinematográficas funcionaron frenéticamente en aquel instante, mientras el órgano dejaba oír los sones tradicionales de Mendelsohnn. A partir de ese justo momento, Sarita Montiel era señora de Ramírez García – Olalla.


Españoles eran los novios y nombre español tenía la iglesia de Montserrat. Les casaba Dom Justo Pérez de Urbel, abad de la basílica del Valle de los Caídos.




Al fondo, a la derecha, aparecen el embajador don Alfredo Sánchez Bella y su esposa. Junto a Sara y José Vicente los padrinos, la madre de la novia y el hermano del novio. 

El ramo de la novia no llegó a tiempo
Media hora antes de la ceremonia visité a Sarita en su habitación 351 del hotel Excelsior. Vestida con un traje bellísimo de plata y oro, modelo de Jean Balmain, regalo del novio (su precio: 2.000 dólares; es decir, 120.000 pesetas), estaba realmente guapa. Un sombrero de ancha ala, con flores, prestaba especial encanto a su rostro. No había en ella signos exteriores de nerviosismo, aunque me dijo que no había podido dormir en toda la noche.


Sara a los pocos minutos de terminada la ceremonia con el traje negro de rigor en las audiencias pontificias.

-¿Cómo pasaste esa tu última noche de soltera?
-Cené aquí, en el hotel, con fray Justo Pérez de Urbel y mis familiares, que acababan de llegar de Madrid. Y con Chente, claro está… Luego estuvimos charlando mi madre, mis hermanas y yo hasta las cinco de la mañana en la habitación.
Sobre el cuello de Sara, un espléndido collar de rubíes y platino, como única joya de su aderezo nupcial. Llega el padrino: es el hermano del futuro esposo. No llega, en cambio, el ramo y la novia se impacienta. Una prima suya sale a comprar otro de emergencia.
-¡Qué raro! Tengo encargados dos ramos y no han traído ninguno.
Invaden la habitación varios fotógrafos de prensa. Poses divertidas, dirigidas siempre a la estrella. Sabe mucho Sarita de fotogenia y conoce la suya mejor que nadie, como es natural.
-Prefiero que me toméis este perfil… Por favor, ésta, de abajo arriba… No; sin “flash”, no, aunque sea en el balcón, faltará iluminación completa a la cara.


Sara conversa animadamente con Dom Justo Pérez de Urbel. 

Su ya próximo cuñado llama por teléfono al hotel donde se aloja el novio. Ya ha salido hacia la iglesia. Son las 9’45 de la mañana.
-Tendremos que ir saliendo. No conviene retrasar la ceremonia porque tenemos hora dada para la audiencia con el Papa…
-Sí, claro. ¡Pero ese dichoso ramo…!
Hay que preguntarle algo a Sara.
-¿Estás muy nerviosa?
-Chico, ni lo sé… ¡Ahora que caigo! Anoche, por fin, me olvidé de arreglarle las patillas a Chente. Y las tenía demasiado largas. Es que, ¿sabes?, yo le arreglo el pelo siempre…


El brindis del almuerzo nupcial. 

Estamos esperando el ascensor cuando llega la prima con el ramo. Un bouquet de orquídeas.
-Es precioso.
-Sí, ya puede serlo. Doce orquídeas, veinticinco mil liras. O sea, 2.500 pesetas.
-¡Qué barbaridad!
Abajo, en el gran “hall” del Excelsior, más fotógrafos. Mientras llega el coche, “flashes” sin parar. La gente que pasa por vía Venetto se queda mirando con curiosidad. Un muchacho silba y comenta:
-“Che meraviglia, la ragazza…”
La ceremonia
Muy poca gente en la iglesia. Sara no quiso que estuvieran presentes más que los familiares. En total 17 personas asisten como invitadas a la ceremonia. Hay, en cambio, 23 fotógrafos. Un paisano conocido llega mediado el acto para curiosear: es Luís Miró, entrenador que fue de la Selección española de fútbol y ahora preparador de la “squadra” del Roma. A la izquierda del altar se sienta el embajador de España en el Quirinal, don Alfredo Sánchez Bella, con su esposa. Enfrente, los testigos. Solamente son cuatro: don Ignacio Balenciaga; don Pedro del Alcázar, vizconde de Tuy; don José Jiménez Mendoza y don Julián Azcona. Revestido, con mitra y báculo, Dom Justo Pérez de Urbel comienza a oficiar la misa.


Sara y Vicente cortan el monumental pastel de bodas.

Los fotógrafos toman posiciones junto al altar. Cuando se ilumina el primer “flash”, Sarita vuelve ligeramente el rostro hacia la izquierda –donde están las cámaras- y sonríe. Terminado el Evangelio, Dom Justo pronuncia una breve plática. “El bella cosa el matrimonio…”, dice para comenzar. Sara y Chente se miran a los ojos y sonríen.
Llega el momento de los “síes”. Los fotógrafos avanzan hasta colocarse junto a Dom Justo, materialmente sobre él. No hay manera de contenerlos. Y se empujan unos a otros, en busca del plano más interesante. En algún momento parece que van a derribar los reclinatorios donde están arrodillados los novios. Alguien pone un micrófono junto a los labios de Sara para recoger sus respuestas. Un círculo de hombres cargados con cámaras rodea enteramente al grupo; los invitados no pueden ver nada. Por fin se cambian los anillos, se ofrecen las arras y sigue la ceremonia. Comulgan los novios y la madre de Sara, que es la madrina de la boda.
Terminada la misa, los señores de Ramírez García – Olalla se acercan al altar donde reposa el cuerpo de S. M. el Rey don Alfonso XIII y depositan sobre la tumba el ramo de la novia. Después pasan a la sacristía para firmar el acta. Aquí se ha prohibido rigurosamente la entrada a los fotógrafos y periodistas. Por especialísima deferencia hacia nuestra revista, estamos tan sólo Herter y yo. Sarita sigue sonriente y tranquila.
La madre de Sara recuerda:
-Se está haciendo tarde para la audiencia del Papa…
-En seguida me cambio, mamá…
Efectivamente, tarda poco. Y allá se van, camino del Vaticano.



En la sacristía, firmando las actas de matrimonio civil. 

Acabó en boda
Justamente ahora se cumplen 20 años de la primera película que Sara Montiel interpretó como protagonista. Se titulaba “Empezó en boda” y junto a ella intervenía Fernando Fernán – Gómez. La dirigió un italiano, Raffaelo Matarazzo. Con este film estrenó María Antonia su seudónimo artístico de Sarita Montiel; ese que, al cabo del tiempo, daría la vuelta al mundo entre los sones de unos cuplés puestos nuevamente en circulación por su voz apasionada.
“Empezó en boda”. Y en boda termina; sólo que ahora de verdad. En el Gran Hotel se celebra la comida nupcial. Los mismos invitados que en la iglesia, como es lógico. Sara sonríe de continuo; su marido no tanto. Debe ser persona seria este José Vicente. Seria y agradable.
-¿Dónde vais de viaje?
-Queremos ir a Moscú. Pero hasta el lunes no sabremos seguro si estará arreglado el papeleo…
Levantan las copas de champaña para el brindis. Se besan. Aplauden los invitados. La madre de la novia llora, como es de rigor. Ha llegado un telegrama del alcalde de Campo de Criptana, felicitando en nombre del pueblo a su paisana. Una última pregunta para Sarita:
-¿Por qué no te has casado en España?
-¡Uff! ¿Tú te imaginas el barullo que se hubiera organizado? Y nosotros queríamos una boda tranquila, sin tumultos…
Salgo a via Bisolatti. Parece que el aire de Roma traiga aroma de violetas. Parece que todo el mundo vaya cantando por lo bajo de aquello de “Le vi por la calle…”. Asombra no ver en las carteleras el anuncio de “El último cuplé”.
Lo que pasa es que, a estas horas, Sara Montiel está viviendo en la realidad la más hermosa historia que nunca pudo escribir para ella ningún guionista.
Enhorabuena, María Antonia.


Vizcaíno Casas
(Roma, mayo de 1964)
Fotos: Herter y Keystone


EL RECORTE CCLXXXIII
Si el matrimonio con José Vicente Ramírez - Olalla fue, más o menos, austero, no fue igual el viaje de novios. Mes y medio recorriendo el mundo y comprando algunos de los objetos más míticos que la diva conservó hasta el final. Esto contaba a la revista Ondas en su número de 1ªquincena de Julio de 1.964. 


SARA MONTIEL
REGRESÓ DE SU LARGA LUNA DE MIEL
EL MATRIMONIO RAMÍREZ – OLALLA RECORRIÓ, EN MES Y MEDIO, 50.000 KILÓMETROS, VISITANDO SEIS PAÍSES

Imitando a una "gheisa", Sarita se arrodilla ante el biombo de su casa. 

Nada más saber que Sarita Montiel y su marido habían vuelto a Madrid, llamamos por teléfono a su domicilio. Pero una voz nos dijo: “La señora está descansando; piense que dar la vuelta al mundo en sólo cuarenta y cinco días no es nada cómodo”. Al cabo de dos días, la actriz se brindó a recibirnos. En sus primeras palabras, ya se intuía que era tremendamente dichosa.
-Por ahora, lo único que puedo decir es que soy feliz, muy feliz. Que estos días me han parecido cortísimos viajando con “Chente”.
Como todo el mundo habrá adivinado, “Chente” es su esposo, don José Vicente Ramírez Olalla. Sarita nos recibe en su piso del 107 de la calle de San Bernardo. Desde la planta séptima se divisa gran parte de Madrid. Un piso lujoso, sin estridencias, donde cada objeto conserva su valor. En el centro, un piano, y sobre él un teléfono dorado, que lo trajeron del Japón.


Este es el teléfono japonés que se trajo. 

Sarita viste traje azul veraniego. Su chispa y ocurrencia surgen a flor de labios en la actriz, con más ingenio que cuando la despedimos antes de partir para Roma.
-En mes y medio hemos recorrido en avión casi cincuenta mil kilómetros, visitando seis países. Pero, de verdad, es agotador un viaje así.
En su deseo de contarlo todo, Sarita pasa de un país a otro. Nos habla de Roma…
-Yo conocía la Ciudad Eterna por haber ido en otras ocasiones. Esta vez me pareció más bonita y más encantadora. El motivo de haberme casado allí es porque desde hacía varios días esperábamos la audiencia del Papa. Por eso, nada más que terminaron de firmar los testigos en la sacristía de la iglesia de Santiago y Montserrat, allí mismo me cambié de traje y acto seguido nos fuimos al Vaticano.
-¿Qué fue lo que más le impresionó del Papa?
-Sus ojos; son los ojos de un elegido. El Papa, cuando nos hablaba, parecía como si nuestra vida le hubiese importado de siempre. Mi sorpresa fue enorme al recordarme el proyecto que desde hacía tiempo abrigaba yo de encarnar en la pantalla la vida de Eva Lavallière. Yo apenas salía de mi asombro; casi no hablaba. Él sonreía siempre y procuraba de todas las formas desechar nuestra turbación.
-¿Fue ese el recuerdo más agradable de su luna de miel?
-Por supuesto; nunca lo olvidaré. También para mí fue de gran emoción el cariño y la simpatía de los italianos, de la Prensa y de la radio. Mi boda se transmitió en directo a toda Italia. Al salir de la iglesia había una multitud enorme que me aplaudía sin cesar.
-¿Cuántos invitados fueron a su boda?
-Unos treinta y cinco o cuarenta. Eché de menos a muchas personas queridas de España. Al final de la comida alcé mi copa y todos en pie brindamos por ellos.


Los micrófonos de Radio Madrid estuvieron presentes en el regreso de Sarita. 

RECUERDO DE LA EUROPA ORIENTAL
Sarita Montiel habla y habla; tiene mucho que contar de su luna de miel recorriendo el mundo. Da la impresión de que quiere decirlo todo en un minuto. De Roma fue a Checoslovaquia. Allí visitó Praga, la capital.
-Lo primero que hice fue visitar la sala española en el Palacio de Hradchany, en el Parque del Palacio Real, es una maravilla del siglo XVII. Asistí al estreno de mi película “La violetera”, y, al día siguiente, cuando paseaba por una de las pintorescas islas-parque formadas en el río, la gente me reconoció y empezó a aplaudirme.
Sarita Montiel aprovechó su luna de miel para asistir al estreno de algunas de sus películas en varias capitales del mundo. Lo mismo que en Checoslovaquia, ocurrió en Dinamarca y en otros países del norte de Europa.
-Me ha impresionado el Norte de Europa; sobre todo los países escandinavos; disfrutan de un nivel de vida muy alto y no he apreciado clases sociales distintas. Ese nivel de vida es igual para todos.


Realizado con conchas exclusivamente, este cuadro le recuerda a Sarita su visita al archipiélago de las Hawai. 

Una de las cosas que más impresionó a la Prensa madrileña fueron unas fotografías venidas desde Moscú, en que Sarita aparecía fotografiada con su madre. La verdad, nos extrañó a nosotros mucho, y pedimos una aclaración.
-Fue un error de apreciación –confiesa ella-. Esa señora que estaba a mi lado no era mi madre, sino Gala, la guía rusa que siguió nuestros paseos por Moscú y que nos habían impuesto nada más salir del aeropuerto. Ella fue quien nos marcó nuestra vida en Rusia, la que nos llevaba de un sitio a otro… ¡Pobrecilla…!; sólo tenía treinta años y qué estropeada estaba. Cuando nos despedimos de ella lloraba de tal manera que a mí también se me saltaron las lágrimas.
“LA VIOLETERA”, ESTRENADA EN RUSIA
El termómetro marca en el piso casi treinta y nueve grados. El calor se mete hasta en los mismos huesos. Sarita Montiel procura airearse con la palma de la mano, y suspira.
-¡Qué diferencia hay de Moscú a Madrid! Allí la gente va abrigada hasta las orejas. Como no hay taxis ni nada que signifique derroche, hay que guardar cola para tomar el autobús, y es inaguantable. Ir de un sitio para otro, siguiendo un horario concienzuda y minuciosamente establecido, sin posibilidad de volver a ver la misma cosa dos veces, a veces resulta molestísimo. Pero a nosotros todo nos parecía maravilloso.
También estuvo en Leningrado y otras ciudades. Los peliculeros moscovitas la homenajearon varias veces, una de ellas en el Teatro – Volchoy, donde se estrenó “La violetera”.
-Una de las cosas que allí compré fueron unos zapatos, artículo de primera necesidad y que allí escasea muchísimo. Espera un momento, te los voy a enseñar.


"Estos son los zapatos rusos que me costaron mil quinientas pesetas".

Al poco rato vuelve con un par de zapatos rusos, de un color y de una línea nada europeos. Allí son los zapatos más elegantes, los que usan las esposas de los dirigentes.
-Y esto –prosigue- ocurre lo mismo con el vestido y con todo aquello que tenga un poco que ver con la moda. Los zapatos me costaron veinticinco dólares.
-¿Qué impresión te causaron los rusos?
-Los rusos apenas si conocen los adelantos de la vida occidental y están contentos con su suerte. Sin embargo, yo intuí en ellos una predisposición para la melancolía, la tristeza, como si echaran de menos algo. En el trato con nosotros fueron amabilísimos, conocían mis películas y tarareaban mis discos. He comprobado que el único cine español que se conoce por el mundo se llama… Sarita Montiel. Las cosas, como son. Bueno, esto no lo pondrás.
JAPÓN, HOLLYWOOD Y NUEVA YORK
Sarita lo mismo nos deja boquiabiertos con una de sus ocurrencias como abandona con premura el salón para volver al cabo del rato con un cachivache en las manos, aunque esos cachivaches cuesten alrededor de los cien dólares.
-Esta muñequita de madera, que en vez de muñeca parece un estilete de marfil, la compré en Tokio; y este budita barrigudo, en Nagasaki. Todo es auténticamente japonés, incluso este teléfono que compré en Nueva York.
A nuestro lado hay un biombo chino, adornado con figuras rocambolescas y misteriosas. Este motivo lo aprovecha Sarita para fotografiarse.
-Japón –confiesa- me ha gustado mucho por su colorido y por el carácter de sus ciudades y de sus gentes, tan distinto a lo que nosotros conocemos. Estoy muy contenta porque he comprobado que allí me conocen hasta los gatos, lo mismo que en Rusia.


Este delicado jarrón es otro recuerdo de Tokio. 

En su afán de abarcarlo todo, como temiendo que se le fuesen los días, para no volver más, Sarita voló de un continente a otro. Del Japón al archipiélago hawaiano, aunque ella confiesa que es muy mono, pero no le llegó a interesar por su parecido con las islas del Caribe, que ella conoce tan bien. América, donde ella cosecho sus primeros éxitos, le pareció falto de encanto y Hollywood le produjo tristeza, al comprobar que la mayoría de los Estudios estaban cerrados y la Fox había vendido sus terrenos. Como unos turistas más, Sarita y José Vicente Ramírez Olalla, visitaron el pabellón español en la Feria Mundial de Nueva York. Verse rodeada de tantos españoles y comprobar que la representación de su Patria era la primera y la mejor de todas, sirvió para que la emoción se asomase a sus ojos en forma de lagrimitas llenas de encanto y satisfacción.
-¿Cuándo empiezan de nuevo sus trabajos cinematográficos?
-Dentro de unos días comenzará el rodaje de mi próxima película. Se llama “La dama de Beirut”, y me gustaría formar pareja con Charles Boyer, pero el hombre es ya tan mayor…
Ha vuelto Sara Montiel de su viaje de bodas. La señora de Ramírez Olalla ha estrenado felicidad.

RAFAEL DE LA TORRE
(Fotos: NAYLO)


LA FOTO CCLXXXIII


Otra del día de su boda con José Vicente Ramírez García - Olalla. 

jueves, 14 de junio de 2018

LECTURAS - 19 de Julio de 1.963 - España


SARITA MONTIEL
ESTRENA PISO

La famosa estrella Sara Montiel se encuentra estos días dando los últimos toques de decoración a su nuevo piso, un magnífico ático con vista a la Plaza de España. El piso, amplísimo, está todavía falto de numerosos detalles, que la actriz quiere completar antes de emprender su nuevo viaje a América. Sara señala, en el gran salón, la falta de alfombras, cuadros, y lámparas eléctricas.


El rincón predilecto de la casa. A la izquierda de la fotografía, un mueble chino del siglo XIX, verdadera maravilla de maderas preciosas y lacas, adquirido por la estrella en Formosa. Ante el sofá, una mesa de cristal cuyos pies son dos elefantes de rica cerámica, una de las últimas compras, hechas por la estrella para su nuevo piso.


Uno de los más interesantes motivos de decoración de la casa lo constituye esta puerta, cuyo panel superior está totalmente ocupado por una preciosa y antigua laca china, con pájaros, en relieve, de marfil. El resto de la puerta está hecha en talla de madera, también con motivos chinos.


Finalmente, Sara Montiel parece meditar. Hay una larga carrera de triunfos en su vida, pero también pesadumbres, desesperanzas y sacrificios, sobre todo en sus difíciles comienzos. La historia de Sara Montiel es la de una mujer que ha sabido trabajar ahincadamente y que siempre ha querido dar más y más de su arte a los espectadores. Una frase suya es: “Nunca tuve pretensiones de Cannes ni Mostras; lo único que he querido siempre ha sido entretener y llegar al corazón de mi público”. Sara Montiel emprenderá viaje, dentro de un par de meses, a Brasil, para rodar la película “Samba”, en la que junto a algunas canciones españolas, interpretará piezas del rico folklore brasileño.


El gran espejo, que llega hasta el suelo y se enfrenta con otro similar situado en la pared opuesta, engrandece y da una alegría excepcional al cuarto de baño principal, decorado con lujo y, al tiempo, con sencillez. Obsérvese el gracioso decorado que adorna el espejo principal, así como el lujoso candelabro que ilumina parcialmente la habitación.


La cocina, funcional y decorativa, constituye una de las mejores muestras del “genio creador” de Sara Montiel, que ha impuesto en el nuevo piso su sello personal. Toda vivienda constituye un conseguido equilibrio de estilos, pero la cocina es absolutamente moderna y práctica, pintada en azul y decorada con un “bodegón” realizado en gresite que le da una gracia peculiar.


Otro aspecto del salón-comedor, en el que, como en el resto de la casa, faltan todavía muchos detalles. La mesa del fondo, cuyo tablero es de mármol con incrustaciones de ricas piedras, tiene el principal mérito en su pie, de tres columnas de mármol de Carrara, que quedará complementada con un aparador a juego con ella. La pared en que se apoya Sarita es imitación a baldosas.


Dos monumentos nacionales: Sara Montiel y, al fondo, el Real Palacio de Oriente, visto desde la terraza posterior. La finca posee piscina para uso de los copropietarios. Sara Montiel tiene fijada su residencia permanente en Madrid, aunque posee una casa en Méjico y otra en Hollywood. Sara Montiel parece hallarse muy a gusto en su nuevo domicilio y así nos lo demuestra encaramándose a la repisa del balcón, que aunque protegida por la barandilla no deja de ser una actitud arriesgada por parte de la actriz, quien muy a pesar del peligro se muestra muy tranquila.

(De nuestro corresponsal en Madrid, Pedro Luís Campos Tejón. Fotos M. Cuadro en exclusiva)


EL RECORTE CCLXXXII
En 1.963 Sara Montiel estrenaba nuevo piso y presentaba al mundo a su flamante prometido: José Vicente Ramírez Olalla. Aquí una reseña del, ya también difunto, segundo y fugaz marido de la diva. Es de Gaceta Ilustrada, 28 de Octubre de 1.963. 


BODA EN ENERO
SARA MONTIEL
tenía un secreto:
JOSÉ VICENTE

Sara y José Vicente Ramírez Olalla en la terraza de un bar de Madrid. 

Se casa Sara. Bueno, se casa también José Vicente Ramírez Olalla, y como muy tarde, a primeros del año que viene. Unos dicen que en enero, otros que en marzo. Tampoco se sabe exactamente el lugar donde habrá de efectuarse la ceremonia. Unos dicen que en El Escorial, otros que en la ermita bonita de una Virgen del Norte. María Antonia Abad es de Campo de Criptana, como ustedes saben. José Vicente Ramírez Olalla es de Bilbao: un bilbaíno legítimo, un muchacho fenomenal y un gran corazón. Se conocieron no hace mucho. Total, un año. Fue un día emocionante para los dos. Lo recordarán siempre. José Vicente fue invitado a casa de unos amigos del barrio madrileño de la Florida, en la carretera de La Coruña: “Lo pasaremos bien –le dijeron-. Es una pequeña fiesta privada. Todos llevarnos pareja, pero a ti te la encontraremos allí, no te preocupes”.
José Vicente fue. Y se encontró con su pareja. La única mujer que estaba sola, como él, era María Antonia Abad. Chente –José Vicente- había visto muchas veces a Sara Montiel en el cine –aunque no en “El último cuplé”- y la reconoció enseguida.


Al volante de su "Seat" Ramírez Olalla es jefe de Relaciones Públicas de esta marca de automóviles - el novio se dirige, con Sara Montiel, a una 'boite' de la capital. 

Desde entonces no dejan de salir un solo día. Y de eso hace ya un año aproximadamente. A Sara, primera estrella del cine español, ya la conocen los españoles.
En un próximo reportaje, “G. I.” contará muchas cosas de ella. Hoy corresponde hablar de José Vicente, de Chente. Se trata de un muchacho espléndido, que está en la frontera de los treinta y dos años, a quien se le resisten todas las maquinillas eléctricas y hojas de afeitar. Tiene espaldas anchas; es irónico y sentimental. José Vicente tiene los títulos de licenciado en Derecho y en Ciencias Económicas por la Universidad de Deusto. Habla muy bien inglés, aunque no mejor que Sarita, según confiesa él mismo. Chente es un tío serio, un vasco auténtico que en ningún momento quiere convertirse en el “novio de la estrella”. Es el novio de María Antonia Abad, y ya es suficiente.
Con cariño, sin embargo, ni melosos, Sara y Chente salen a la calle, van a los estrenos –aunque él pasa auténticos malos ratos- bailan, cenan en algún club o en algún lugar elegante y, todos los domingos, van a misa juntos, a una iglesia del barrio de Quevedo donde vive Sara. Ya andan haciendo proyectos para su próximo piso, que por lo visto lo tienen previsto en el madrileño paseo del Cisne o quizá en la Avenida del Generalísimo, cerca de la Plaza de Castilla.


José Vicente contempla admirado a su novia, que luce el suntuoso sombrero con que aparece en uno de sus films. 


La ya popular pareja en un rincón de la casa que será su hogar. 

Chente no había ido nunca a los Estudios Cea, hasta hace sólo un par de días, que fue a recoger a Sara que se veía en las pruebas de su última película, “Samba” junto con el director Rafael Gil. A Chente no le gustó todo el barullo que se ha armado con lo de su próxima boda. No es de esos hombres a quienes encante el jaleo. No se vende Ramírez Olalla a la publicidad por un plato de lentejas. Pero no tiene más remedio que aceptar lo que ve venir. Los periodistas últimamente llaman a su teléfono –al de Sara- le envían telegramas y hasta le montan guardia para verle entrar o salir. Chente aguanta todo y, a veces, sonríe ladinamente como si llevara boina, como hacen los vascos.
-Hasta ahora no estuve enamorada jamás. Estoy escribiendo en verdad el mejor capítulo de mi vida –dice Sara.
Hubo flechazo y fuego lento. Este es un amor sólido. No es el fogonazo brillante de la “estrella” y el hombre de posición con presencia física y cuenta corriente. Es un amor profundo y sincero y, lo que es mejor, es un amor serio, sin tatachines, al que no se había dado publicidad precisamente por eso: “Porque querían respetarlo en su auténtica belleza y naturalidad”. Sin embargo, tras esta “marabunta” actual, tras esta tormenta de fotografías, de primeras páginas, de cintas magnetofónicas, de películas, asomará la aurora sobre el paisaje íntimo de los dos. Desde hace ya algunos meses, unos amigos sabíamos “el romance”. Pero no quisimos “reventarlos”. Se sabe positivamente, con arreglo a los más viejos cánones periodísticos, que un amor así, aireado, de repente puede dar al traste con la felicidad inicial de dos personas. Pero aquí no hay ya miedo.
Dicen por ahí que Sara y José Vicente se han casado ya. No es cierto. A Sara le gustaría que les echara las bendiciones Fray Justo Pérez de Urbel, que conoce muy bien a los dos. Sara estos días anda muy nerviosa porque anda preparando sus maletas, sus trapos, las páginas de su guión con destino a Brasil, hacia donde saldrá dentro de muy pocos días. Chente irá a Río de Janeiro quizá a finales de año para pasar una semana junto a Sara. Pero ahora, de momento, no. José Vicente ha de seguir aquí, al pie del cañón en sus despachos, tanto en su profesión, como en sus negocios de construcción y edificaciones. Casi todos los días José Vicente escribe artículos sobre economía. Tiene un auténtico estilo periodístico en su pluma. Tres coches en su garaje y los tres de la casa “Seat”: dos “seiscientos” y un “mil cuatrocientos” blanco en el que se le ve ahora frecuentemente con Sara. Hasta hace poco, los dos iban siempre en el “seiscientos”.
Ahora andan buscando muebles, cuadros y cosas bellas para su nueva casa. Lo que no saben seguro es dónde se van a casar y cuándo lo harán. Solamente un grupo de amigos tendrán noticia de ello y, eso sí, cuantos fotógrafos y periodistas lo deseen; porque los dos sienten un estupendo afecto hacia quienes llaman sus “compañeros”. Como excelente técnico en relaciones públicas que es José Vicente, es muy popular entre la gente de la prensa española.


La 'estrella' en su casa recientemente adquirida. Se dice que el matrimonio residirá en un nuevo piso que adquirirá en una céntrica avenida de Madrid. 

A Chente le encanta el fútbol; claro que solamente cuando juega el Atlético de Bilbao, del que es un estupendo “hincha·. Es sólo entonces, cuando José Vicente pierde su flema vasca y hasta se le encienden las orejas. No lleva encima ni una sortija, ni un alfiler de corbata. Tiene un gran aire deportivo. Sara le compra las camisas y le coloca en su sitio el nudo de la corbata. No se sabe si le canta al propio tiempo alguna de esas canciones a media voz…
Durante muchos días, he hablado con ellos dos de todas estas cosas. El periodista que suscribe estaba presente en ese despacho de la calle de Ferraz donde se comunicó a Sara y a Chente que “había sido anulado el matrimonio civil de la ‘estrella’ con Anthony Mann, celebrado en los Estados Unidos”. Chente no dijo más. Sonreía. Sara tenía los ojos más hermosos que nunca y le dio un beso en la mejilla. Un beso pequeño, suave y delicado. Luego bebimos todos una botella de champaña.
La “estrella” ha encontrado el amor. Se le nota. Se le ve. Y se entiende. A sus treinta años de edad, Sara Montiel, ha encontrado, después de tantas historias de amor en el cine, después de tantas lágrimas y tantos suspiros falsos, un auténtico hombre para su vida. Y es por eso por lo que hay júbilo en el corazón de María Antonia Abad. A pesar de todo, “estas cosas debe saberlas todo el mundo”.

Texto: TICO MEDINA
Fotos: VERDUGO


LA FOTO CCLXXXII


Acompañada en el, por entonces, recién comprado piso de Plaza España.