viernes, 12 de septiembre de 2014

CINE MUNDO - 25 de Mayo de 1957 - España


La diva aparece sólo en la portada. Esto es lo que se dice de ella:
LLEGA SARA MONTIEL
Procedente de Hollywood, ha llegado a nuestra capital, para agradecer personalmente al público y a la crítica la acogida que le ha sido dispensada recientemente por su brillante actuación en "El último cuplé".
Foto Warner Bros


EL RECORTE CLXXXV
"El último cuplé" inmortalizó a Sara Montiel para siempre y sus reposiciones a lo largo de los años siempre contaron con alguna entrevista de la estrella. El 29 de Enero de 1972, la revista Semana recogía un reportaje en el que Sara contemplaba a Sara en la pantalla a raíz de tres películas suyas emitidas por TVE. Entre ellas, su mítico film. 


SE HAN PASADO POR LA TELEVISION
“LOCURA DE AMOR”
“EL ULTIMO CUPLE”
Y “MI ULTIMO TANGO”
SARA MONTIEL
ha revivido sus primeros años de triunfo

Fueron tres noches de intensa emoción.
-¿Lloró?
-Pude haber llorado…
Y sonríe por primera vez. Sonreiría (también reiría) muchas veces más en el transcurso de la entrevista. ¿Cómo es la sonrisa de María Antonia Abad? Es una sonrisa hecha de melancolía y nostalgia. También de malicia y desafío. Pudo haber llorado…
-No por mí, que yo soy fuerte, y ya hay pocas cosas en la vida que consigan hacerme llorar… Es que me acordaba de mi pobre madre. ¡Hubiera sido tan feliz volviendo a ver mis primeras películas! He pensado mucho en ella estas noches…
Estoy ante una mujer que, digan lo que digan sus detractores, los que no la conocen más allá de los focos y las cámaras, es todo sentimiento. “Sé con quién me gasto los cuartos”, suele decir. A veces le obligan a sacar las uñas, bien afiladas… Esta noche, no. Esta noche, Sara Montiel es, más que nunca, María Antonia Abad, nacida en un lugar de la Mancha del cual sí quiere acordarse, Campo de Criptana: tierra de sueños, ilusiones y quimeras.
La pequeña pantalla del televisor se inunda con la gracia, la belleza y la picardía de María Luján, protagonista de “El último cuplé”. Y Sara Montiel se siente orgullosa de sí misma; no puede ocultarlo. (Ni quiere).
-¡Estás maravillosa! –exclama José Rubio.
-¡Bravo, María Antonia! –la felicita Vicente Parra.
-¡Formidable! –se le escapa a la madre de Vicente.


Ya en sus primeras películas, tres de las cuales hemos visto recientemente en la pequeña pantalla, los directores destacaban la gran belleza de Sara Montiel en audaces y comprometidos primeros planos. En las fotografías que les ofrecemos en esta página también destaca la personal belleza de nuestra gran estrella. 


PRIMERA NOCHE: “LOCURA DE AMOR”
Porque Sarita quiso ver sus “viejas” películas junto a sus buenos amigos. Y allí estuvimos nosotros, en casa de Vicente Parra. ¿Por qué en casa de Vicente Parra? Se nubló la altiva sonrisa de Sara cuando nos explicó con voz quebrada por el sentimiento.
-Vivo en casa de Vicente Parra desde hace varios meses. Somos buenos amigos de toda la vida y vecinos desde hace varios años. Mi casa estaba en este mismo edificio, varias plantas más arriba. Cuando murió mi madre pensé que no me sería posible vivir allí más tiempo, a solas con su recuerdo. Intenté resistir, superar la crisis… No pude. Y decidí vender el piso. Vicente, amablemente, me invitó a vivir en su casa hasta que encuentre la mía propia, ya sin el recuerdo de mi madre entre sus paredes… Quizá me traslade a un chalet, en las afueras de Madrid. Quiero tranquilidad…
Aquí en casa de Vicente Parra, ahora su casa, ha vivido Sara tres noches de inolvidable emoción. Tres películas suyas, proyectadas por TVE dentro del ciclo dedicado al cine español, han despertado en ella mil y un recuerdos que permanecían, si no dormidos, sí aletargados… Primero, “Locura de amor”.
-Cuando Juan de Orduña me llamó para encarnar a la mora Aldara no se me ocurrió pensar, ni por equivocación, en que mi vida cambiaría fundamentalmente a partir de entonces…


“Locura de amor”, el mayor éxito del cine español de todos los tiempos (todavía sigue exhibiéndose con creciente éxito), abrió a Sara Montiel las puertas de América, Méjico, Argentina… y Hollywood, meta soñada de todas las estrellas del mundo. En La Meca del Cine encontraría Sara grandes éxitos internacionales… y el amor: contrajo matrimonio con el famoso director Anthony Mann.

SEGUNDA NOCHE: “EL ULTIMO CUPLE”
-Varios años después regresé a España para visitar a mi familia… Entonces surgió de nuevo en mi camino Juan de Orduña, que me ofreció el papel protagonista de “El último cuplé”, una película en que nadie creyó en los años cincuenta. Juan hizo la película con cuatro perras, pero con mucha inteligencia y sensibilidad. ¡Y ahí están los resultados!
-¿Usted cantaba?
-Yo siempre he cantado, aunque pocos lo sabían. Estaba decidido que los cuplés los cantaría una famosa cantante de entonces, que me doblaría en los números musicales. Pero Orduña disponía de tan poco dinero que no pudo dar a aquella cantante el dinero inicial que exigía. La orquesta del Gran Teatro del Liceo de Barcelona estaba preparada en el estudio. Y los coros. ¿Qué hacer? Juan me llamó urgentemente al hotel. “¡María Antonia, ven a toda prisa!” Fui y me dijo que tenía que cantar yo. “De acuerdo, pero a mi manera”, condicioné. Se bajaron los tonos sobre la marcha…y canté.
Y toda España cantó durante varios años los antiguos cuplés que en la voz, en la mirada y en la figura de Sara Montiel cobraban nueva e insospechada vida. Su voz grave y sensual, su mirada maliciosa, su resplandeciente belleza, hicieron de Sara Montiel la estrella más internacional del cine español.
-¿Quién canta en España los cuplés mejor que usted?
Me mira con sorpresa. Hay mucha guasa escondida en esta mirada…
-No conozco a nadie que los cante mejor que yo. No digo que yo sea la mejor. Digo que si hay alguien mejor… yo no lo conozco.


Todos están contentos. Vicente besa a Sara, mientras José Rubio no oculta su entusiasmo.


Fueron tres veladas de intensa emoción ante el televisor. Sara, que vive ahora en el piso de Vicente Parra, reunió a un grupo de amigos para ver sus tres películas en televisión. En nuestra fotografía vemos a Sara con Vicente Parra, José Rubio y la madre de Vicente. 




cuplé”?
-Cien mil pesetas, ni una más. Ya digo que nadie creía en esta película. Orduña la vendió por dos reales. ¡Luego ganaron con ella millones y millones!
Por cierto, además de fama… ¿les debe usted a los cuplés muchos millones de pesetas?
-¿Yo? Los productores se han forrado con mis películas. Yo, no. Hombre, no trabajo por dos cincuenta, pero las grandes fortunas han ido a parar al bolsillo de otros. Yo he ganado para ir tirando…

TERCERA NOCHE: “MI ULTIMO TANGO”
No sabe o no puede estarse quieta. Aprovecha los intermedios para ponerse en pie y dar breves paseítos alrededor de la mesa, accionando “a la italiana”, soltando su pintoresca conferencia con el gracejo, a veces desgarrado, que le caracteriza.
-He sido y sigo siendo una jornalera…
Y se queda tan fresca.
Suena el teléfono una y otra vez en casa de Parra. Admiradores anónimos de Sara que desean felicitar a su ídolo. Llegan telegramas. También flores. Como si estuviéramos viviendo una triunfal noche de estreno. Y Sara, tan orgullosa, tan altiva, tan satisfecha de sí misma. En la pantalla, “Mi último tango”.
-¡María Antonia, cómo te estarán poniendo! –dice de pronto, poniendo gesto de espanto.
-¿Quiénes?
-Algunas colegas mías. Las que no me perdonan mis éxitos y mi belleza.
Ahora estalla una carcajada en el salón. La carcajada triunfal de una mujer muy segura de sí misma.
-¿La envidian?
-La envidia es un pecado muy extendido en este país.
-¿Le preocupa que la envidien?
-Por el momento, no. Dentro de diez o quince años… ya veremos.
Vemos un bellísimo primer plano de Sara.
-¿Cómo se ve en la pantalla?
-¡Fenomenal!
-¿Qué significó “Mi último tango en su carrera”?
-Con “La violetera” marcó el comienzo de mis películas musicales de gran espectáculo. Nunca, hasta entonces, habían utilizado los productores españoles tan grandes presupuestos. Y empezaron a venir los galanes extranjeros… Raf Vallone, Maurice Ronet… “La violetera” dio solamente en Méjico dos millones de dólares. ¡Soy la estrella española que más divisas ha proporcionado al país!




Sara revivió sus primeros grandes éxitos. En este reportaje recogemos las íntimas sensaciones de nuestra gran estrella ante sus películas. 

CONTENTA Y TRISTE
Como Brigitte Bardot en Francia, Los Beatles en Inglaterra, Sofía Loren en Italia… Pero Sara, según ella, no es ahora ni rica ni pobre, sino todo lo contrario… ¡Con el Fisco hemos topado, Sancho!
En “Mi último tango”, Sara bailaba un “tangazo” con Carlitos Gardel, encarnado en la pantalla por el argentino Milo Quesada. Y cantaba tangos célebres con acento porteño.
-Me gusta mucho que la gente haya programado ahora mis películas de hace años. Como estoy en ellas guapísima y canto muy bien, el público joven que no pudo verlas, entre otras razones porque no eran toleradas para menores, comprenderá por qué soy quien soy. ¡Por qué sigo siendo la primera!
Tres noches de intensa emoción. Tres noches triunfales. Sara está lanzada… Televisión Española la ha reclamado para realizar un gran “show” musical de una hora de duración que aquí veremos en febrero, en blanco y negro, y en otros países –afortunados ellos- en color. Es como si Sara Montiel quisiera reafirmar su “aquí estoy yo”, que lanzara a los cuatro vientos hace veinte años.
-Estoy encantada por todo –dijo al final de las tres noches-. Y un poquito triste porque en estos años han muerto muchas personas queridas, y me acuerdo de ellas…
María Antonia Abad pudo haber llorado…

Hebrero SAN MARTIN
(Fotos J. Larrú)



SARITA, MADRINA DE LA HIJA DE SU PELUQUERA


A Sara le encantan los niños. Ella lamenta no haber sido madre, pero no pierde ocasión de mostrar su cariño hacia los pequeños. Hace unos días fue madrina del segundo hijo de su peinadora, Ester Martín, que lleva peinando a la famosa estrella once años. La ceremonia se celebró en la parroquia del madrileño barrio de La Estrella, y, junto a Sarita, actuó de padrino Vicente Parra. Sara hizo un regalo de rumbo a su ahijada, y en la calle hubo tumulto en honor de nuestra gran estrella, de palpitante actualidad debido a la revisión televisual de tres de sus películas.


LES FUERON IMPUESTOS LOS VIP’S DE ORO EN UNA FIESTA DE GALA
SARA MONTIEL
Y ANTONIO MINGOTE, “personas muy importantes” de 1971

Sara Montiel y Antonio Mingote, "personas muy importantes", de 1971, tras recibir los Vip's de Oro, abrieron el baile de gala. 

Sara estuvo en la fiesta acompañada por Vicente Parra, su actual "casero", pues, como es sabido, desde que vendió su piso vive en el del actor. 


Sarita cantó uno de sus más famosos cuplés. 


LA FOTO CLXXXV


"Si tú me quieres mi niño, cariño, yo te daré un clavelito bonito..."

lunes, 1 de septiembre de 2014

PASEO - 12 de Enero de 1957 - España


NUESTRA PORTADA
Sarita Montiel, la artista cinematográfica española, viene hoy a nuestra portada. Se trata de una figura notable de nuestro cine, cuyos buenos triunfos españoles se han visto rubricados por una favorable campaña en el extranjero. 

(Foto Diego Segura)


EL RECORTE CLXXXIV
Con motivo de su 50 aniversario, la revista Diez Minutos añadió a sus números la sección "Toda una vida en Diez Minutos". En ella se hacía una semblanza de los grandes personajes que habían acaparado sus portadas e interiores a lo largo de sus 50 años. También le tocó a nuestra Sara Montiel. Esta es la que hicieron de ella. Era el 2001. 



SARA MONTIEL
una estrella con una vida de película
Se retiró del cine hace 24 años, pero conserva las maneras de las antiguas actrices de Hollywood. Se ha casado tres veces y ha adoptado dos hijos. 

Portada del día 20-X-56
Ha sido la más internacional de nuestras actrices. Por su trabajo y su vida, ha ocupado un lugar importante en nuestras páginas. 

María Antonia Alejandra Vicenta Isidora Abad, de nombre artístico Sara Montiel, o simplemente Saritísima, nació (10-3-1928) en plena Mancha, entre los molinos de viento que poblaban Campo de Criptana, cuando el invierno daba sus últimos coletazos. A la niña, de ojos grandes y oscuros, el destino le tenía reservado un futuro especial.
Su humilde cuna le azuzó a realizar sus sueños. Tenía una ventaja: era preciosa. Aprendió a leer y escribir a los 17 años. La enseñó Miguel Mihura, con quien se quiso casar. Su primer sueldo en “Mayra, te quiero para mí” fue de 3.000 pesetas, pero era difícil abrirse camino en España. Decidida, emigró a los 20 a México. Se hizo una estrella a la vez que absorbía las enseñanzas de los intelectuales españoles emigrados tras la guerra civil. Enamoró a León Felipe, pero lo dejó por Hollywood.
En 1954 llegó a la meca del cine. De esta etapa destacan “Yuma” y “Veracruz” compartiendo cartel con Gary Cooper y Burt Lancaster. En 1957 se casó dos veces con Anthony Mann, una de ellas “in artículo mortis”, porque el cineasta había sufrido un infarto. El matrimonio apenas duró. Ese mismo año protagonizó “El último cuplé”, que la lanzó definitivamente.
José Vicente Ramírez Olalla se convirtió (2-6-64) en su segundo marido, y Pepe Tous (31-7-79) en el tercero. El empresario mallorquín la dejó viuda en 1992. Habían adoptado dos niños, Thais (1979) y Zeus (1983). Tras un período de soledad reanudó su relación con Giancarlo Viola, su compañero en “La dama de Beirut”, a quien estuvo unida de 1965 a 1970.
Ahora, siguiendo la moda, ha puesto un cubano en su vida. Tony Hernández, de 38 años. En esta relación hay más amistad que frenesí, pero de Saritísima se puede esperar todo.


1.Su mirada era demoledora
2.Con el gran Gary Cooper compartió protagonismo en "Veracruz"
3.Una ingenua "Violetera"
4.Con Armando Calvo, en "El último cuplé"
5.Con el poeta León Felipe, en México
6.Esposa de Anthony Mann, entró en Hollywood
7.El día de su boda con "Chente" Ramírez
8.Con Pepe Tous y sus hijos adoptivos, Thais y Zeus
9.Dice que Severo Ochoa fue más que amigo
10.Giancarlo Viola, un amor recuperado
11.Tony Hernández, su amigo cubano
12."Mujer fatal". Sara siempre ha cultivado un estilo propio de mujer fatal. En lugar de la sofisticada boquilla, ella fuma un sensual cigarro habano
13.Dosificando el destape
14.Fue amiga de la gran Lola Flores
15.Tampoco hay rivalidad con Rocío Jurado
16.Con Pepe Tous, saludando a los Reyes
17.Sus hijos ya son mayores y Sara posa orgullosa entre ambos: Zeus y Thais


LA FOTO CLXXXIV


Entre Hollywood y "El último cuplé", la diva, guapísima, jovencísima y muy sensual para el objetivo de Vicente Ibáñez. 

sábado, 30 de agosto de 2014

LA SETTIMANA INCOM ILLUSTRATA - 28 de Septiembre de 1957 - Italia


LA NOSTRA COPERTINA

Sarita Montiel è una giovane e avvenente cantante spagnola che ha nel suo paese una grandissima popolarità. Scoperta dai produttori di Hollywood ha già fatto un viaggio in America, dove ha preso parte al film Serenata, insieme al famoso tenore Mario Lanza. La carriera cinematográfica di Sarita Montiel è stata rápida e molto brillante. Nel secondo film, che s´intitola La tortura della freccia, la bella spagnola sostiene la parte della protagonista. A Hollywood Sarita ha trovato anche la felicità. In questi giorni è diventata la moglie del famoso regista Anthony Mann. Sarita Montiel ha ventinove anni. Suo marito ne ha cinguantuno.


EL RECORTE CLXXXIII
Por sus bodas de oro, la revista Diez Minutos en un número especial, editado el 18 de Mayo de 2001, eligió al personaje más relevante de cada década. De los '50, evidentemente, la elegida fue Sara Montiel. En esta entrevista, la diva manchega recordaba su época en Hollywood y el inicio de su fama internacional a partir de "El último cuplé".  


1952 – SARITÍSIMA SE RECASÓ CON ANTHONY MANN
Segunda boda civil de Sara Montiel  y Anthony Mann. El enlace se celebró en la mansión de unos amigos de Hollywood.


Sara Montiel se casó con Anthony Mann dos veces. La primera, el 30 de marzo de 1957, en artículo mortis, pues el director de cine había sufrido un infarto. La segunda, en Hollywood, el 26 de agosto de 1957. Mann dirigió a Mario Lanza y a la manchega en “Dos pasiones y un amor” (1955). Se enamoró de ella en el rodaje. Se separaron tras protagonizar Sara en España “El último cuplé”, en 1957, película que la catapultó a la fama y la convirtió en un sex-symbol.
La Montiel se instaló en México en 1950. Allí rodó “Cárcel de mujeres” (1951), “El enamorado” (1951), “Ella, Lucifer y yo” (1952), “Soy gallo donde quiera” (1952), “Frente al pecado de ayer” (1954), “Yo no creo en los hombres” (1954). Ese mismo año intentó la conquista de Hollywood. Intervino en “Veracruz”, con Gary Cooper y Burt Lancaster (1954), “La ambiciosa” (1954), “Dos pasiones y un amor” (1955), “Yuma” (1957). En España protagonizó “El último cuplé”, con Armando Calvo, y a las órdenes de Juan de Orduña (1957), “La violetera” (1958) y “Carmen la de Ronda” (1959).


 Sara Montiel
“Me he sentido querida por los hombres y por las mujeres”
Se ha ganado a pulso ser considerada una de las grandes artistas de este país. Adelantada en todo a su tiempo, fue la primera latina en triunfar en la Meca del Cine. Después regresó a España para convertirse en el sex-symbol español de los años 50 con “El último cuplé”

El director de cine americano Anthony Mann se convirtió en el primer marido de Sara. Su unión se rompió cuando ella regreso a trabajar a España. 

Sara Montiel puede presumir de muchas cosas: de llevar más de cincuenta años en activo y cosechando triunfos, de seguir tan estupenda como cuando empezó y, sobre todo, de haberse convertido en la primera artista latina en triunfar en Hollywood. Esta manchega universal tuvo la suerte de trabajar con grandes estrellas del celuloide cuando apenas era una niña y ella misma ha logrado convertirse en uno de los mitos de nuestros días. Su exitosa carrera ha ido acompañada de una rica vida personal en la que no han faltado románticas historias de amor.
En los años 50 estabas en el apogeo de tu carrera y triunfando en Hollywood, ¿ qué recuerdos conservas de esa época?
Tengo unos recuerdos maravillosos. ¡Imagínate! Yo llegué a México en el año 50 y en el 54 ya estaba haciendo de protagonista con Gary Cooper y Burt Lancaster en “Veracruz” y poniéndome a la cabeza de las actrices latinas. México significó muchísimo para mí. Llegué allí y se me abrieron todas las puertas, la gente fue maravillosa y me dio oportunidades estupendas para llegar a ser famosa y convertirme en Sara Montiel. En España desde el 44 hasta el 50 no tuve ninguna oportunidad de hacer una película de protagonista. Cumplí 20 años y me fui. En México me hice un nombre. Tengo unos recuerdos tan maravillosos que me nacionalicé mexicana. Tengo dos nacionalidades: la española y la mexicana.
¿Recuerdas cuál fue tu primer sueldo?
Fue de 3.000 pesetas con “Mayra, te quiero para mí”, película en la que hacía dos sesiones como colegiala. Luego en “Empezó en boda” me pagaron 7.000 pesetas.


La artista conserva la belleza que le ha granjeado grandes admiradores entre todos los públicos. 

Gary Cooper, Burt Lancaster… fueron dos de tus parejas en la pantalla, ¿cómo se sentía una jovencita con 20 años que había llegado a Hollywood desde un pueblecito de La Mancha trabajando con dos mitos del cine?
Eso lo llevamos en España en la sangre. Desde los conquistadores como Pizarro, Hernán Cortés… los españoles llevamos algo dentro, un espíritu especial de conseguir lo que queremos lograr. Me imponía trabajar con ellos, pero yo tenía mucho amor propio. No me sentía como una pobrecita, sino que me creía que era alguien. Yo trabajaba en el cine muy bien, había estudiado muchísimo. No tenía ningún complejo al estar al lado de los grandes. Hice una amistad maravillosa con Cooper. Todo el equipo técnico me adoraba y tengo unos recuerdos increíbles.
Procedes de una familia humilde y habías aprendido a leer y a escribir en esa etapa, ¿alguna vez te habías imaginado que llegarías a ser una gran estrella?
Con 17 o 18 años empecé a leer y escribir cuando conocí a Miguel Mihura, que me enseñó a juntar las letras. No me imaginaba lo que iba a pasar. Pero yo quería llegar a ser estrella y ser una gran cantante en el cine y lo conseguí.
¿Te arrepientes de no haberte instalado en Estados Unidos en ese momento?
No. En Estados Unidos hice de india, de mexicana y de piel roja y me dije: “Antonia, esto no es para ti”. Cuando hice las películas que tenía contratadas, vine a España, hice “El último cuplé”, que fue un auténtico bombazo, y ya no me interesó volver a Hollywood porque allí hubiera seguido haciendo de india. Te encasillaban en un tipo de papel. Actualmente, los latinos que trabajan en América también tienen que tener mucho cuidado porque les pasa lo mismo.
¿Cómo se veía España desde Hollywood?
Era como si no existiera. Estuve seis años viviendo fuera y echaba de menos mi tierra porque yo tengo toda mi familia aquí.
¿Cómo era la situación política y social en ese momento?
Eran momentos difíciles porque había muchísima censura y dictadura. Era ridículo que no existiera el divorcio, que no se pudiera hacer una película en la que la protagonista se suicidaba porque estaba prohibido por la iglesia y te excomulgaban. En mi propio país a mí me llamaban la amante del americano porque me había casado por lo civil con Anthony Mann. Estaban muy atrasados. Los que eran un poco de izquierdas lo pasaban muy mal.
¿Te sentías un poco como la Cenicienta?
Toda mi vida ha sido un poco la de la Cenicienta. Me han dejado a un lado en  ocasiones, me han puesto zancadillas, pero al fin el zapato era de mi medida.


En esos años fue cuando viviste tu historia de amor con Anthony Mann.
Sí y me casé con él. Primero fue en artículo mortis ya que le dio un ataque al corazón. Su hija, a la que yo le llevaba sólo cinco años, me dijo que me casara con él porque esos eran nuestros planes. Y así lo hice. Él se recuperó y unos meses después nos volvimos a casar porque él pudiera vivir su boda.
¿De los hombres que han pasado por tu vida de cuál guardas un recuerdo mejor?
De todos guardo un buen recuerdo porque todos me han querido muchísimo. A veces he sido cruel con ellos sin darme cuenta porque cuando eres muy joven piensas que la juventud puede con todo y no es así. No borraría a ninguno de los hombres que han pasado por mi vida. Con Miguel Mihura llevé una gran decepción porque no se quiso casar conmigo. Él era soltero y yo también. Pero él tenía 42 años y yo, 17. Me dijo que yo era una nena y no podía hacerme eso. Fue un acto de amor muy grande y lo hizo porque me quería, pero en ese momento yo casi me muero de pena.
Con “El último cuplé” te convertiste en un sex-symbol, ¿te sentías envidiada por las mujeres y admirada por los hombres?
Siempre me he sentido querida por las mujeres y por los hombres. Y no digo lo que he gustado a los homosexuales. Soy una diosa para ellos y me enorgullece muchísimo.
Siempre has demostrado ser una mujer adelantada a tu tiempo, ¿te ha costado muchos disgustos?
Muchos, porque siempre me he adelantado a mi tiempo y no me comprendían, pero yo seguía erre que erre. Y sigo igual. Tengo 73 años y no hago una vida de una mujer de esa edad. Mucha gente no comprende cómo puedo estar así físicamente y moralmente, pero me siento viva por dentro y por fuera. Y no me extraña nada que un hombre se enamore de mí.
En ese momento la mentalidad de la gente era más cerrada, ¿cómo crees que hubiera sido tu juventud si hubiera transcurrido en estos tiempos?
Si llego a vivir mi juventud ahora habría sido maravilloso. Lo difícil era ser como yo soy hace muchos años.
¿Cómo te has llevado con la fama?
Bien. La gente me ha respetado mucho. No critico a nadie y no hablo mal de nadie. Antes de tener hijos no escupía al cielo y después de tenerlos menos todavía. Soy una persona muy normal, cariñosa, quiero mucho a mis amigos.
¿Te han ido acompañando los mismos amigos en toda tu trayectoria?
Conservo buenos amigos desde hace 45 años. Tengo también amigas mucho más jóvenes que yo. Siempre me he rodeado de gente más joven y gente que no pertenece a mi profesión.
Cuando echas la vista atrás, ¿hay algo de lo que te arrepientas?
No puedes pensar qué cosas podías haber hecho y que cosas no. Pero siempre me he arrepentido de haberle dicho a León Felipe que no le quería. Me adoraba y me tenía en un altar y se volvió como loco. Pero era muy joven y no tenía ninguna experiencia.


DIEZ MINUTOS ha reflejado siempre tu trayectoria y tu vida, ¿qué recuerdos tienes de la revista?
Recuerdo muchísimo a la gente que trabajaba en la revista cuando yo me hice famosa, como Agustín Trialasos y Antonio Cuenca. Los consideraba casi como hermanos por la amistad que hicimos. Siempre se han portado muy bien.
¿Sueles guardar los ejemplares en los que apareces?
Sí, pero sólo las páginas en las que salgo yo porque de lo contrario no tendría donde meter las revistas.
¿Qué deseo mandas a la revista ahora que celebra su 50 aniversario?
Que cumpla otros 50 años y que los cumplamos todos con paz y sin tanto crimen.
¿A qué personajes has seguido y sigues con especial atención?
Estoy enamorada de Kevin Costner. Es mi galán, pero no le conozco. A Giancarlo le digo que es con el único con quien le pondría cuernos.
¿Cuál sería la mejor noticia que te gustaría que diéramos de ti?
Que tengo salud, aunque la vida nadie la tiene comprada.
¿Cuáles son tus deseos para el futuro?
Ver a mi hija acabar su carrera y que se establezca y a mi hijo también. Son pequeños y me necesitan. Quiero vivir unos años más por ellos.


 LA FOTO CLXXXIII


Auténtico tesoro fotográfico. La diva, nuestra Sara Montiel, durante su época gloriosa de Hollywood. 

martes, 26 de agosto de 2014

FOTOGRAMAS - 2 de Julio de 1954 - España


La diva aparece sólo en la portada.

EL RECORTE CLXXXII
Aunque en los últimos años de vida Sara Montiel siempre declaró no haber tenido ningún romance con Gary Cooper, no dijo lo mismo décadas atrás. Sea como fuere su rodaje americano le dio para muchas entrevistas y muchos 'chascarrillos' en prensa y programas de televisión. Este recorte es de la revista Lecturas con fecha de Junio de 1988. 

El sábado 10 los veremos juntos en “Veracruz”
SARA MONTIEL
recuerda su romance con
Gary Cooper

Sara Montiel y Gary Cooper besándose en una secuencia de "Veracruz". La escena se repetiría en la vida real. 

Han pasado treinta y cuatro años y Sara Montiel nunca pudo imaginarse que la misma película que le supondría el lanzamiento internacional en el mundo del cine, le traería también una relación que duró algo más de un año con Gary Cooper, un monstruo sagrado del cine americano.
María Antonia Abad, bautizada en el cine como Sara Montiel, ya tenía a sus espaldas una larga experiencia artística en el cine mexicano. Pero 1954 fue un año de suerte para la artista manchega: la Columbia, productora de la película “Veracruz” le ofreció interpretar un papel al lado de Cooper, “el actor de las piernas largas” y de Burt Lancaster.
El apasionado romance nació en San Miguel Allende, un pueblo mexicano en el que tuvo lugar el rodaje. Sara Montiel sólo tenía 26 años de edad, frente a los 51 del maduro actor, por entonces casado con la multimillonaria Verónica Balfe, de la que tuvo una hija.


Sara tenía en aquella época 26 años mientras que Gary Cooper ya había cumplido los 51. En "Veracruz", la actriz encarnó a la mexicana Lina. Arriba, los actores en un descanso del rodaje. 

En la rica y agitada vida de la actriz, este episodio tuvo su importancia. En su recuerdo quedaron muchos fragmentos de esa relación que Sara Montiel, narró en su día en sus memorias, publicadas por LECTURAS. Estas son sus propias palabras:
“A Gary Cooper le conocí el primer día de llegar a ese pueblo mexicano. Yo estaba en la tienda de campaña que se había habilitado como sala de maquillaje. A mi lado, casi estirado en un sillón de barbero había un hombre que tenía el rostro tapado con algunos paños y sus piernas, estiradas, eran larguísimas. Gary se incorporó y mirándome me dijo: ‘¿Tú eres la Montielito?’. Así me bautizó y así siguió llamándome siempre”.

“Gary siempre me llamaba Montielito”
Una mutua corriente de simpatía se estableció entre el actor y la joven estrella española, que se acrecentaba a medida que se evidenciaba el rechazo entre Sara y Burt Lancaster: “Burt Lancaster y yo nos miramos antes de dirigirnos la palabra y nuestro rechazo fue mutuo. Se creó, desde el principio, un distanciamiento entre los dos”, explica Sara.


En la actualidad, Sara Montiel es feliz junto a Pepe Tous, su tercer marido y junto a Thais y Zeus, sus hijos adoptados. 

Para la artista manchega, trabajar al lado de dos mitos consagrados era un sueño dorado. Sara encarnaría en “Veracruz” el papel de la mexicana Lina.
El actor de las piernas largas ayudó mucho a Sara en su debut internacional. En primer lugar con el idioma. Así lo recuerda ella: “El primer día de rodaje yo estaba muy nerviosa y Gary Cooper lo notó. Me cogió del brazo, me llevó aparte y me dijo: ‘Vamos a ver, Montielito: ensayemos la escena’. Mi nerviosismo y mi inglés deficiente pusieron la guinda y en lugar de decir lo que había en el guión, ¡¿Quieres luchar tú conmigo y con mi gente?’, lo que hice fue preguntarle: ‘¿Quieres hacer el amor conmigo’? Gary gritó: ‘¡Síiiii!’”.
En los descansos del rodaje, la joven Sara Montiel enseñó al actor a palmear al estilo flamenco. El rodaje de “Veracruz” llegó a su fin en el verano de 1954, un año mágico en la vida de la actriz.


"La atracción que sentíamos, adquirió plenitud durante la gira que realizamos juntos por los Estados Unidos", explica Sara. 

Pero la simpatía y atracción que unía a ambos actores tuvo la ocasión de desarrollarse unas semanas más tarde. Así es como Sara Montiel lo recuerda: “Esa atracción sexual que se había mantenido latente durante el rodaje adquirió su plenitud a lo largo de la intensa campaña publicitaria que Gary y yo realizamos por todos los Estados Unidos, asistiendo a los estrenos de “Veracruz”. En las distintas ciudades, Gary me decía: ‘Hazte la enferma y así deberán suspender la recepción’. En Chicago, nos escapamos y nos refugiamos en un cine. Estábamos tan cansados que nos quedamos dormidos, yo con mi cabeza apoyada en su hombro. Me despertó un murmullo que iba en aumento y al entreabrir los ojos vi la sala del cine iluminada y decenas de rostros sobre nuestros cuerpos mientras el murmullo decía: ‘Es Gary Cooper, es Gary Cooper’”.
Sara Montiel explicó así su romance con el actor: “Entre él y yo hubo una atracción física, pero no amor. Hacíamos el amor sin amarnos, pero si deseando el contacto físico. Durante el año que estuvimos juntos, Gary me enseñó a cantar algunas canciones en inglés y me ayudó mucho con su profesionalidad. Nuestra amistad perduró muchos años después. Y cuando ya estaba enfermo y aterrizó en Madrid, camino de Roma, me emocionó saber que nada más poner los pies en el aeropuerto preguntó a los periodistas que le esperaban: ¿Dónde está la Montielito?”.


"Veracruz" lanzó a Sara Montiel al estrellato internacional. Con Gary Cooper mantuvo una larga amistad durante muchos años. 

Desde la película de “Veracruz” han transcurrido muchos años y el éxito ha sonreído a esta artista manchega. En la actualidad, a sus 60 años de edad cumplidos el pasado 11 de marzo, Sara Montiel es una gran artista y una mujer feliz con su marido Pepe Tous, su tercer marido y con sus dos hijos: Thais y Zeus de 9 y 5 años de edad respectivamente. Treinta años después, Sara Montiel ha dicho: “Gary Cooper fue un gran compañero al que nunca olvidaré”.


LA FOTO CLXXXII


La internacional Sara Montiel durante su época en Hollywood. 

sábado, 23 de agosto de 2014

CÁMARA - 1 de Julio de 1945 - España


La estrella aparece sólo en la portada. 


EL RECORTE CLXXXI
Sara lo logró. Consiguió ser la súper-estrella que soñaba desde niña. La propia estrella recordaba su infancia en esta entrevista que concedía a la revista Miss en su número de 27 de Septiembre de 1974. 

ERASE UNA VEZ UNA NIÑA…
LLAMADA
SARA MONTIEL

"...cuando algo me gustaba, que yo veía que era fino, que venía bien a la vista, decía ¡vapo, vapo! Fueron las tres primeras palabras que yo aprendí: mamá, papá y guapo". 

El modista, supervigilar las obras en el piso que acaba de vendar a un amigo, un próximo estreno, el teléfono que no para de llamar, homenajes que le rinden en su pueblo natal, homenaje que le brinda un ‘ballet’ extranjero, los parientes cuyo afecto llama… y hay que acudir; el perrito, el amor, la amistad…, un carrusel girando en torno a Sara Montiel y ella que va y viene, desplazándose en medio de tanto requerimiento. Una mujer de nervio, de temple, que camina firme, erguida en esa seguridad que le ha dado la plenitud de su vida, la ausencia de frustraciones y ese algo de consentida que viene desde muy atrás, desde su misma cuna, desde cuando nadie osó contratarla…, y creo que no miento al decir que hoy tampoco. Quienes la rodean pareciera que no piensan en otra cosa que en tenerla a gusto.
Sara Montiel, la mujer de hoy, aparece en esta ocasión muy bien dispuesta, a nuestra entrevista, vestida románticamente en tonos rosa, cuadrillé y bordado, hasta el suelo; espléndidamente maquillada porque luego asiste a un homenaje, el del ‘ballet’ aquél que citó antes, la gruesa trenza de costumbre… ¡y a conversar, que agrada, de sus tiempos de niña! Los recuerda con absoluto placer, como toda su vida, la que quiere y aprecia en todos sus momentos, aceptando las condiciones vividas en cada uno, sin lamentos, con pura naturalidad. Estas son sus palabras:
-Soy hija de viudos y tengo hermanos de padre y hermanos de madre. La mayor estaba ya casada cuando yo nací. Vine un poco de improviso, porque, claro, mi padre, con tres hijos y mi madre con un hijo, pues… el matrimonio no quería tener más hijos y demoraron tres años hasta que llegué yo. Ante la negación de padres y familiares, pues mire usted, por dónde tenía que ser yo la que verdaderamente venía con el pan debajo del brazo. Fue en Campo de Criptana, soy manchega. Pero me crié allí muy poquito, estuve hasta los dos años de nacida y luego me llevaron a Orihuela, provincia de Alicante, donde en realidad me crié. La gente de allí es maravillosa, estupenda; tenía unas vecinas muy buenas y las tengo aún porque viven, gracias a Dios… Era una calle muy estrecha, la calle de la Acequia y la calle del Vado, una calle muy, muy estrecha y de gente muy humilde…, apenas entraba el sol; o sea, que en verano era una calle fresquita y en invierno bastante fría, aunque en Orihuela no hace demasiado frío.
-¿Cómo recuerdas Orihuela?
-Orihuela es uno de los pueblos más… más bonitos de España, que está, como tú sabes, rodeado del río Segura y tiene una huerta que es una maravilla. El pueblo está puesto a la falda de una montaña muy grande, muy grande, muy moruna en donde hay un castillo moro que me encantaba, porque de pequeñita me gustaba subir con mi hermano, el mayor, lo que me daba una gran alegría, y me hacía la idea de que yo era una princesa mora… ¿Y dónde me iba a imaginar que después, con los años, interpretaría un papel en una película que me iba a hacer, no famosa, pero sí lo suficiente para conseguir la película “Locura de Amor”, en la que hacía de princesa árabe?
-¿Cómo llenabas tus días de pequeña?
-Tengo un gran recuerdo. Desde muy chica, desde los tres o cuatro años, he estado siempre jugando en la calle con sábanas, o mejor dicho, con colchas de mi madre y manteles; manteles de esos de pueblo, de mujeres de pueblo a las que les gustan las flores, todo bordado. Los ponía como cortinas y me hacía mi teatro y cantaba todas las canciones. Eran los tiempos de Imperio Argentina, entonces la más famosa en España… y, no sé, siempre toda mi familia pensando que yo había nacido distinta a los demás, a todos mis hermanos; mi hermana, la más pequeña de mi padre; su madre, al nacer ella, murió de parto, y mi madre, al casarse con mi padre, la recogió con once meses de edad y aunque me llevaba cuatro años, es con quien me he criado más junta. Su vida ha seguido el curso normal, se ha casado, tiene sus hijos; los demás eran ya mayores, y sólo uno, José, estaba soltero. Hemos estado muy unidos toda la familia, hemos honrado a al padre y a la madre, nos ha gustado comer juntos y cenar juntos, estar reunidos en la mesa. Pero éramos gente muy humilde y la comida no era… así… muy espléndida, porque era imposible y menos después de la guerra: estábamos allí mi madre, mi padre, mi hermana Ángeles y mi hermano José. Mi padre vendía vinos al por mayor y mi hermano le ayudaba, aunque era muy pequeño. Yo no podía ayudarlo en absoluto y Ángeles, a mi madre, sí un poquito. A los ocho o nueve años, después de la guerra, me pusieron en un colegio de las dominicas, muy humilde, que pagaba entonces mi padre, creo que eran 15 pesetas. Claro que no eran las escuelas de ahora. Entonces la gente humilde  no podía estudiar, ni podía tener carrera, ni nada. No como ahora, que el obrero tiene muchas más posibilidades de ganar dinero, que está mejor puesto y todo es más fácil para llegar a ser alguien. A mí me pusieron en los párvulos un poco al… “aeiou”.


Antoñita vivió esa vida de pequeña sin dramas, sin experimentar complejos o traumas, sin ver un padre abandonado o una madre desdichada, siempre feliz con su familia. Consciente de vivir en la humildad, pero muy unidos, de forma muy sana y muy buena. Dormía ella junto a su hermana Ángeles en una habitación, José en otra y, por supuesto, sus padres en otra también. Tenían un comedor pequeño que hacía, además, las veces de sala de estar. A los cinco o seis años ya sabía leer porque su padre le había enseñado y éste se sentía muy feliz cuando Antonia le leía el periódico dando tanto énfasis a cada frase.
-¿Y de juegos… qué?
-Jugar… jugar, lo que se llama jugar, no he jugado. He estado siempre cogiendo cortinas para jugar al teatro, para cantar. Cogía unas sábanas de mi madre, le ponía unos volantes en el ruedo y unas cintas encima para adornarla y así me hacía una falda, toda cosida a mano. O sea, me interesaba el vestuario, las telas, los colores y adornarlo todo y no sé de dónde sacaba las ideas, porque en Orihuela no había ningún  museo, ni lo hay, creo. A mí me gustaba mucho la pintura.
-¿Te gustaba ya contemplar cuadros?
-Sí, yo me hacía siempre amistades, dijéramos… con gente pudiente, gente rica, para ir a los palacios, porque hay en Orihuela muchos palacios, hay muchos condes, muchos marquesados y todo esto. Me hacía mucha ilusión para ir a ver pinturas…y, claro, yo sabía que era en estas casas en donde yo podía ir a contemplarlas. Por ello me llevaba mi padre a las casas donde él vendía el vino; por ejemplo, a la casa de los marqueses de Robalcava, o de Arneva, y yo me iba… y era por ver, pues, las telas de las paredes, las pinturas y los muebles. Quería observar cómo estaban amuebladas las casas, saber de qué época eran, de qué estilo, a qué rey pertenecía y me recreaba en todo esto, que era otra cosa…, que no tenía yo en mi casa para mirar. Entonces, cuando algo me gustaba, que yo veía que era fino, que venía bien a la vista, decía… “¡vapo, vapo!”, significando que aquello era guapo. Fueron las tres primeras palabras que yo aprendí: mamá, papa y “vapo”.
-¿Recuerdas específicamente alguna pintura que te interesase mucho?
-Sí, fue un Goya, el primer Goya que vi aquí en el Museo del Prado. Me quedé horas contemplándolo.
-¿Y otras cosas que te gustaran mucho, de comer, por ejemplo?
-El melocotón con vino, que a mi padre le gustaba muchísimo y yo a su lado comiendo lo mismo y las sandías, que me gustaban mucho también…, y las naranjas sobre todo; las naranjas, a las que me une un especial vínculo. Desde muy chica mi hermana y yo nos pusimos a trabajar envolviendo naranjas. Cada naranja que envolvíamos en papel fino la íbamos tirando a una caja de madera de esas de los almacenes. Nos daban una peseta al día  y por ello a la naranja le tengo un gran agradecimiento, es algo importante en mi vida, porque fue el primer dinero que yo gané.
-¿Lo gastabas con libertad ese dinero, o qué hacías con él?
-Ayudaba a la casa. Mi hermana y yo reuníamos dos pesetas al día. Entonces costaba el litro de leche una y cincuenta, y comprábamos el litro de leche para mis padres.
-¿Qué llevabas puesto en aquel tiempo, cómo recuerdas tus vestidos?
-Bueno, yo he sido muy sencilla para mis vestidos. Sólo me ha agradado lo bello y mis exigencias están dirigidas nada más que a lo estético. Más que el vestido mismo, me gustaban los colores: el blanco, el negro y el verde turquesa.
-¿Y la cabecita, qué ideas la llenaban?
-He sido siempre muy amante de los animales. Tendría unos tres añitos y le hice un entierro a un gato. Fue así. ‘Cascabel’, mi gato, se murió y mi hermana, la mayor, quiso esconderlo para que yo no me enterase. Estuve dos días y dos noches sin dormir. Lloré tanto esos dos días que llamaron al médico para saber qué ocurría conmigo y yo en mi media lengua pedía a mi ‘Cascabel’, que no aparecía. Entonces mi hermana hubo de ceder y traérmelo muerto. Yo lo enterré y desde ese mismo momento quise ser médico. Desde entonces se me metió en la cabeza aprender algo para ayudar a la persona física. Y, efectivamente, ya de mayor, estuve estudiando para traer niños al mundo, pero no como doctora, sino como matrona, en obstetricia y me dieron mi certificado acreditándolo. Además, sirvo como para una enfermera maravillosa. Eso fue en México. Tuve la suerte de que llegué allí con diecisiete años y tuve muchísima amistad con León Felipe, el gran poeta español y también con don Alfonso Reyes; mi madre y yo vivimos con ellos dos años; eran muy mayores ya, y León Felipe me preparó bastante porque tenía mucha ilusión de que yo llegase a tener un nombre. Me preparó, dijéramos, intelectualmente. Él me enseñó a leer, a saber leer, o sea, a saber elegir. ¡Y en muy buenas manos estuvo! Ya empecé a leer todo el teatro griego, toda la literatura española rica, de los buenos; luego empecé a leer literatura rusa, es decir, comencé a prepararme.
Volviendo a la infancia, esta pequeñita se mostraba muy distinta, como ella se esfuerza en demostrarlo, del resto de su familia, de su padre y su madre. Tenían buen cuidado de elegir o comprar especialmente platos más buenos para ella y a la vez de presentarle sus tortillas bien hechas y todo agradable a la vista, pues de otro modo, la niñita apartaba el plato y no lo quería. Su padre, hasta consiguió una almohada de plumas para durmiera mejor, pues sabía que lo que no era fino, lo que era duro o molesto, Antoñita no lo soportaba. De pronto les preocupaba que la hermana Ángeles no se sintiera desplazada por estos tan especiales cuidados, pero no ocurría así, puesto que la misma “Angeletes”, como la llamaba Antonia, contribuía a estos halagos.
-¡Pero bueno, muchacha, tú eras muy regalona!
-No, regalona, no. Pero sabían que yo era distinta… Te diré, los primeros dineros que yo gané siendo ya Sara Montiel, los usé comprando a mi madre una jarra de cristal tallado…, ¡de cristal tallado!, y a mi padre un sombrero y unos zapatos nuevos, porque él siempre le gustaba llevar los zapatos muy lustrosos y a mí siempre me gustaba verlo con los zapatos muy limpios y la camisa y el sombrero, impecables.
-Otra vez tu niñez, por favor. ¿Qué te animaba al comenzar un nuevo día?
-He sido una niña muy optimista y a la vez muy pesimista. O sea, un contrasentido. No he sido la ¡huah…!, es decir, todo fenomenal. No. Estaba siempre ansiando y suponiendo que todo iría muy bien, pero también estaba reparando en lo que iba, desde ya, mal. Veía que mi padre, con sus constantes ataques de asma, se mataba a trabajar; estaban muy enfermos mi padre y mi madre y no se conseguía nada. Era una vida muy pobre, muy dura, o sea, muy mal. Mi madre, de sábanas, me hacía un vestido; tenía unas manos maravillosas, era muy pulcra, muy fina y de una cosita nos hacía a mi hermana y a mí, pues, maravillas. De pequeñita las sandalias que usaba mi hermana, las iba usando luego yo…, entonces yo siempre quería llegar a algo, y decía: “llegaré a ser una gran artista y haré muchas cosas y conseguiré mucha para mi familia”. Y de pronto pensaba: “¡No. Voy a ver si puedo estudiar y sacar alguna beca… a ver si…!”, y todo esto con cinco años.
De este ensimismamiento la sacaba, en su oportunidad, el llamado adorado de su padre: “¡Princesa, ven acá!”. Eran los momentos en que se sentía ella muy importante: cada vez que su padre se fumaba uno de los tres cigarrillos que gastaba al día y le pedía que ella se los encendiera. Tendría seis o siete años. A su madre también la unía una gran camaradería, una tremenda amistad con ella, quien la comprendía y animaba a seguir adelante.
-¿Y en qué disentían tú y tu madre?
-Mira, yo era muy personal y, por ejemplo, mi madre me quería llevar siempre con flequillos, el pelo muy corto y rizado con tenazas, que me lo rizaba ella y me quemaba las orejas cada vez. El flequillo me molestaba mucho en los ojos, pero para darle gusto a mi madre lo llevaba al salir de casa y a los pocos pasos, aunque fuera con ella, siempre me lo quitaba. Entonces mi madre me daba unos manotones y esto era lo que yo no podía soportar. Era la única cosa que tenía en contra de mi madre y decía: “cuando sea mayor me peinaré y me arreglaré como yo quiera”.
-Como la mayor parte de los niños, ¿tenías miedo de algo?
-De la oscuridad. Pero yo creo que eso tiene una razón. Cuando chica me daban una especie de barraqueras, podríamos decir; de llorar y llorar… por algo que no podía conseguir y que no me podían dar. Pero no por rabia, no sé si me explico. Lloraba inconscientemente, pero por algo concreto. Te daré un ejemplo: Tendría, pues…, cuatro años, pues Dios mío, no tendría más y recuerdo vagamente el escenario, pero el hecho, muy bien. Había tenido la difteria y llevaba un babero, me imagino que me lo ponían. Yo he sido muy limpia desde chica, muy limpia, muy señorita, y el babero me gustaba usarlo muy planchado y mi madre, ¡pues claro, con razón, me lo ponía y me dejaba todo el día con el babero que se ensuciaba! ¡Porque si la pobre mujer no tenía otro para cambiármelo, pues cómo me lo iba a cambiar! Pero de todas formas cogía yo una barranquera cuando venía el médico a verme para saber cómo seguía de la enfermedad, que me metía en un cuarto, pero a oscuras y me decía que el Rey vendría por mí si no era buena y me callaba. Seguramente por ello es que a la oscuridad es a lo que más miedo tengo.
En Orihuela había poco movimiento artístico, pero no fue obstáculo para que Antonia, nuestra Sara de hoy, pudiera ver más de una vez a Imperio Argentina y a Concha Piquer. Dos cantantes muy importantes: una en zarzuela y la otra como figura internacional. Allí veía la niña, más que nada, cine. No salió de Orihuela hasta el año cuarenta y cuatro, en que la llevaron a Valencia y luego a Madrid. Aquí pudo ver ya bastante teatro, ingresar al Conservatorio de Madrid a Declamación y estudiar con doña Anita Martos. Pero, ¿dónde encajan las raíces de sus primeros contactos con el teatro?...
-Me presenté en una obra de teatro en Orihuela: “Muñeca de trapo” y canté la canción del mismo nombre que me quedó para siempre como sobrenombre y esa actuación me dejó una impresión maravillosa.
-¿No te asustaba enfrentarte al público?
-No, no me asustaba; al contrario, disfrutaba porque yo siempre en la calle, en cualquier plaza, en la plaza del Ayuntamiento, en cualquier sitio de Orihuela, había un remolino de gente… ¡y ya, “la hija de Quintana está cantando, la pequeñita de Quintana ya está cantando”! Cuando yo me ponía a cantar, me hacían bailar y yo era feliz con eso, porque había nacido para cantar y bailar. 
-Háblanos de tus picardías.
-En Orihuela, en las calles del Vado y La Acequia, vivíamos en una casa de un solo piso; es decir, la planta baja y nosotros encima en el otro piso, con dos balcones a la calle, esos balcones pequeños. Me asomaba y cuando no veía a nadie bajaba con unas tijeras, porque siempre me ha gustado mucho cortar, sé corte ahora también, y cogía las colchas y las sábanas bonitas, las faldas que tenía la gente mayor… ¡Vamos, gente mayor, para mí que tenía cinco o seis, eran los de dieciocho años! ¡Claro!..., y las cortaba la ropa tendida y corría a hacerme faldas para mí. Hacía como una especie de plisado, las plegaba y las hilvanaba, las adornaba con aplicaciones de otros colores, ¡cortadas también por ahí!, y quedaban preciosas.
-¿Y aquella gente, cómo reaccionaba?
-Las vecinas levantando las manos llamaban a mi madre que se asomara al balcón: “¡Mariiiíaaa, tu hija, que me ha estropeado la ropa, la falda de mi otra hermana, y que tal que cual! ¡Mariiiía, que tu Antonia me ha cogido las tijeras y me ha cortado…!” o sea que era una cosa, de miedo. También había dos o tres personas que no me gustaban en su aspecto físico porque eran sucias. Eran gente sucia que pasaba por la calle y llamaban a mi madre desde la puerta del balcón; “¡Maríaaa!”… y se entretenían hablando y a mí me caían muy mal. ¡No sé por qué me tenían que caer mal!, pero cogía cubos de agua y desde adentro, ¡buac! Les echaba los cubos de agua y se alarmaban todas y daban voces: “¡ay, María, pero tu hija, ay pero ésta, pero hay que tu, tu, tu, tu pequeña… pero es que esto… ¡un diablo!, ¡pero es que no se puede aguantar!” Y mi madre conmigo, ¡azotes habidos y por haber!
-¿Sentiste amor por un pequeño cuando niñita?
-¡Sí, sí, sí! Yo tenía siete años y Pepito tenía, pues, nueve años. ¡Ahora lo he visto hace muy poco tiempo. (Sonríe con ternura, y su expresión se endulza llegando a mostrar una mirada casi, casi de niña.)
-¿Qué pasaba entre vosotros, te miraba, te regalaba un caramelo, qué?
-Me regalaba cintas de colores que a mí, por cierto, me gustaban mucho. Yo me he hecho casi siempre trenza con cintas de colores, ahora he tirado cintas de colores que me compré este verano para la trenza, que torcido cada cadejo con cintas de un color diferente queda muy bien. Pepito me regalaba siempre cintas que pedía a su madre comprar para mí, eran vecinos nuestros; le decía: “Mamá Dolores, así se llamaba su madre, mamá Lolica, dame una cinta para Antoñita, para, para la trenza de Antoñica”, que yo llevaba, por cierto muy larga. Y ese fue mi amor… ¡huy, el amor de mi vida, sí!
-¿Recuerdas otros vecinos?
-¡Sí, sí, sí, muchísimo! Estaba Montserratica, que yo la quiero muchísimo; era a la que le hacía todas las trastadas más grandes, a la que le cogía las tijeras y eso… y la pobre también Remedios, una mujer muy amiga de mi madre, una mujer maravillosa, con un marido estupendo. Me gustaba mucho porque ella trabajaba de pantalonera, de hacer pantalones, y una hermana de aquel novio mío, también, este importante Pepito. Era muy guapa la mayor, y siempre iba con su ropa muy bien planchada, y Remedios igual, siempre muy pulcras, muy bien arregladas.
-¿Qué condición te ha caracterizado desde niña hasta ahora?
-No he podido nunca con la mentira. He tenido una cierta intuición, una extrasensibilidad…, la veo venir, a la mentira… (esto lo dice con orgullo que no ofende pero que le da una seguridad y un porte de reina cuando lo asegura). Me ha dolido y me duele mucho cuando tú haces un bien a esas personas, o hacia, esas personas, desinteresadamente, porque haces el bien desinteresadamente, y luego la gente no es como tú esperabas. Esto lo he experimentado desde muy niña.
Antonia Abad Fernández adora su infancia y la extraña. Fue feliz entonces a pesar de que no tuvo el dinero, la fama, ni el prestigio de hoy; ni el nombre, ni la categoría, ni la casa, ni nada de lo que materia significa y de lo que el éxito involucra y dice ella con sinceridad y agradecimiento profundo hacia sus padres, hacia la vida: “pero esa felicidad no se compra con dinero ni con nada, esa dicha de los padres contigo y tu niñez…, además yo nunca he querido ser libre en el sentido como es hoy día la juventud, que quiere apartarse de los padres y estar ya viviendo su vida… ¡no, no, no, porque creo que eso es una equivocación! La niñez la tenemos que tener todos, vivirla, es muy hermosa. Yo la he vivido.
-¿Cuál es la vivencia de niña que mayormente te gusta recordar?
-Ver a mi madre y a mi padre en una segunda fila de un teatro de Orihuela, el Teatro Circo, aplaudiéndome y llorando de alegría porque yo había salido en el teatro y había hecho los movimientos bien y no me había equivocado en ninguna frase de tantas en “La muñeca de trapo”. Esto sí me acuerdo y me acordaré toda mi vida, que era muy pequeñita y estaba allí feliz sobre el escenario y que trabajé con ese traje azul lleno de adornos, con capota y un lazo grandísimo acá… ¡en el centro de la cabeza! Me ponían mi flequillo, mi pelo rizado, mi lazo y mis calcetines blancos, mis zapatitos, ¡y ya, una muñeca!



"Desde muy chica, desde los tres o cuatro años he estado siempre en la calle jugando con sábanas o, mejor dicho, con colchas de mi madre, y manteles de esos de pueblo. Los ponía como cortinas y me hacía mi teatro y cantaba todas las canciones...".

Y le ha gustado el molde de una muñeca a Sara Montiel, porque va adornada, muy femenina, luce bordados, colores y diseños románticos, collares que le van bien a su estilo y el pelo libre, para trenzarlo, cogerlo en moño o soltarlo nuevamente. Es que no aguanta que la tiranice ni su propio cabello y algo de esa autoridad que alimentaron en su hogar desde pequeña, le ha quedado como manera porque atraviesa su sonrisa que puede ser dulce, una mirada directa, cargada de voluntad que no necesita palabras aclaratorias.

Por Nora Ferrada


LA FOTO CLXXXI


Una jovencísima Sarita Montiel posa ya para el objetivo de Gyenes.