Mostrando entradas con la etiqueta Vivir es un placer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vivir es un placer. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de diciembre de 2024

ACTUAL - 26 de noviembre de 2000 - España


Sara

lo cuenta todo

La actriz y cantante manchega descubre el relato completo de su vida en las memorias tituladas “Vivir es un placer”

MIGUEL VICENS. Palma


Sara Montiel y su hija vestidas de payesas mallorquinas en una imagen de 1980.

Sara Montiel ha hecho memoria y el escritor Pedro Manuel Víllora ha prestado su pluma y oficio a la artista manchega. El resultado del ejercicio se llama Vivir es un placer, acaba de salir a la calle y es un libro publicado por la editorial Plaza&Janés, una biografía que se lee como una novela trepidante y por la cual desfilan relevantes actores, escritores, artistas, científicos, intelectuales y políticos.

Sara Montiel se desnuda en 416 páginas, descubre con reflexiones, opiniones y anécdotas cada episodio y circunstancia histórica que le ha tocado vivir, desde su nacimiento en Campo de Criptana hasta la muerte de su último marido, el mallorquín Pepe Tous, y los difíciles años que vivió después del suceso; desde su triunfo cinematográfico hasta su relación con Franco y el franquismo; desde la historia de los hombres a los que amó hasta su vida en Mallorca.

La obra es un friso de notables en el que junto a la actriz y cantante aparecen pintores como Dalí, Miró, a quien visitó con frecuencia en Son Abrines, Tàpies, Diego Rivera o Frida Kahlo; escritores como León Felipe, que se enamoró perdidamente de Sara y fue su mentor intelectual, Octavio Paz, Rafael Alberti, Arthur Miller o Ernest Hemingway, que le enseñó a fumar y con quien tuvo un romance tan breve como apasionado e intenso; estrellas españolas como Imperio Argentina, María Félix, Amparo Rivelles, Dolores del Río, Fernando Fernán Gómez o Jorge Mistral; y mitos de Hollywood como su primer marido, Anthony Mann, Cary Grant, Burt Lancaster, Ava Gardner, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Alfred Hitchcock, Clark Gable, Marilyn Monroe, James Dean o Gary Cooper, con quien desmiente el romance que se le atribuye. “Si hubiese querido hubiese hecho el amor con Gay Cooper, pero no quise”, relata.

En el centro del friso Sara Montiel ha querido colocar a su madre, a quien quiere rendir tributo con el libro. “Estas memorias y esa vida, mi vida, están dedicadas a la persona que me ha acompañado siempre y a quien más he amado: mi madre”.

En su biografía, la actriz y cantante descubre lo que ha admirado de los hombres a los que ha amado. “Eso se lo habré dicho a mi madre ochenta y ocho mil veces”, cuenta. “Y yo soy igual que ella: tengo que enamorarme del hombre para poder estar con él. Y de un hombre me enamoro si lo admiro primero, pero no por su físico, porque he estado con hombres que físicamente no valían nada, como Miguel Mihura. También ha habido excepciones, como Severo Ochoa, que era impresionante, pero aun así me llevaba veintitrés años, con lo cual me doblaba la edad. Los hombres que a mí me han gustado han sido mayores e inteligentes. (…) Tenía clarísimo que yo no hablaba con un tonto o mediocre. Siempre me he fijado en la cabeza, en el talento, y tengo que admirar a la persona tanto para el amor como para la amistad. A mis amigos los tengo que admirar”, manifiesta.



Entre los romances de la actriz llama la atención el que mantuvo con Severo Ochoa, porque hasta el momento era un episodio intuido sólo por algunas personas próximas a su entorno y desconocido por la mayoría del público. A esa relación apasionada, intensa y clandestina el libro dedica dos de los veintisiete capítulos.

“Al amor de mi vida lo conocí en Nueva York en 1951. Muy poca gente lo supo entonces y a muy poca gente se lo he dicho después. Es algo que siempre he creído conveniente que permaneciera oculto. Nadie se habría visto beneficiado de haberse sabido esta historia, y en cambio había una tercera persona a quien se le habría dañado cruelmente y sin necesidad. Una mujer a la que siempre he respetado y que no merecía sufrir por mi causa”.

“Luego, cuando esta mujer falleció, lo sentí mucho, porque había sido una excelente compañera y él quedó muy triste y solo sin ella. Ninguno de ellos vive ya, y es ahora cuando puedo contarlo, porque mi vida estaría incompleta sin él”, justifica.

El relato de Sara Montiel se mezcla con momentos importantes de la historia que la autora recuerda a su manera, como testigo circunstancial de los hechos. Así cuando habla del “amor de su vida” comenta: “En 1959, yo estaba haciendo Carmen la de Ronda cuando supe que a Severo Ochoa le habían dado el Premio Nobel de Fisiología y Medicina gracias a sus investigaciones sobre aquellas enzimas de las que tanto me había hablado”. En otro pasaje de las memorias afirma: “Conocí a Castro y supe que algo se estaba preparando en Cuba, algo grave, y que Cuba iba a cambiar. Lo que no podía saber es que iba a cambiar tanto. Por eso no he vuelto ni quiero volver”.

El autor de Por quién doblan las campanas también se enamoró perdidamente de la protagonista de El último cuplé. Sara Montiel llamaba a Ernest Hemingway simplemente Ernesto. “En casa de los Gómez Mena conocí a Ernest Hemingway”, relata. “Y aunque yo estaba con Severo, Ernesto y yo estuvimos juntos una vez. Sin embargo, no se puede decir que por eso engañase a Severo, porque yo no estuve con Ernesto por amor. Mi amor era para Severo; por Ernesto sólo sentí una mezcla de deseo sexual y admiración”, justifica.

En una fiesta del 18 de julio, Sara Montiel y Anthony Mann fueron invitados por Franco junto a otras personalidades al acto conmemorativo que se celebró en el palacio de La Granja. “Franco me vio de lejos y me dijo: Venga usted, violeterilla; venga usted aquí”, mientras el director norteamericano sufría un ‘oloroso’ ataque de gastroenteritis.

“En aquel mundo labré mi carrera y aquel mundo quiso aprovecharse de mí”, narra la actriz. “Franco me utilizó. Cuando mis películas se convirtieron en auténticos bombazos en la Unión Soviética y sus países satélites, me mandaron a Rusia y a Rumanía. A Rusia fui a cambio de petróleo y a Rumanía a cambio de madera”.



Por los años de matrimonio con Pepe Tous y las amistades que mantiene en la isla, Mallorca tiene una importante presencia en las memorias de Sara Montiel. “Hice amistad con María Dolores Miró, hija de Joan Miró. Y tengo otros cuatro amigos más en Palma: mis titis María Serra del Foro, María Antonia Masanet y Maruja García Nicolau, que fue Miss Europa en 1962; y no puedo olvidarme de mi querido Jaume Matas –subraya la actriz-, el actual ministro de Medio Ambiente, que siempre me prestó su apoyo incondicional. Son íntimos míos de verdad: los he tenido cuando los he necesitado y han estado totalmente abiertos a mí y yo a ellos”.

Sin embargo, la relación de Sara Montiel con la isla ha tenido también momentos no tan agradables. “Cuando nos unimos, la sociedad de Palma le dio de lado a Pepe. Pepín Tous era el soltero de oro, un buen partido, y le reprocharon que se emparejase con una mujer casada. Incluso me acusaron de arrimarme a él por su dinero”, recuerda la actriz.

 

FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO XXVII DEL LIBRO

“VIVIR ES UN PLACER” (PLAZA&JANÉS)

La vida con Pepe y sin Pepe

La vida con Pepe Tous funcionó de maravilla, porque había una química estupenda. Tal vez no tanta como con Giancarlo, pero sí de otra manera. Pero él era un hombre que se enamoró de Antonia. Sara Montiel no le interesaba para nada.

Pepe no era admirador mío. La única película que realmente le gustaba de las que había hecho era El último cuplé; un poco también La violetera. Ya con él hice Varietés, y esa sí le agradó mucho, porque hablaba del mundo que conocía bien. Pero, en general, a él le gustaba un tipo de cine más intelectual y menos romántico. Y si le gustó El último cuplé no fue por mí, sino porque independientemente de mi actuación había un gran trabajo de Juan de Orduña, que había sabido hacer una película espléndida.

Cuando lo conocí, él todavía dirigía su periódico, Última Hora, que salía desde 1892. Vivía en el ático del mismo edificio, en un piso que había arreglado para casarse con la novia que tenía, y cada mañana, a las siete, bajaba a la redacción; y no subía hasta las tres y media o cuatro de la tarde. Por su trabajo no quería venirse a vivir a Madrid, así que fui yo quien se sacrificó para vivir con él, en lugar de sacrificarse él para vivir conmigo. Ahora bien, esto fue algo que yo comprendí sin necesidad de hablarlo. En ningún momento me dijo que, o vivía en Madrid, o me quedaba en Palma.


Sara Montiel, Pepe Tous y los hijos de la pareja, Thais y Zeus.

También tenía una sala de fiesta desde 1965, Tagomago. Luego la vendió y compró otra que se llamaba Rosales. A esas salas llevaba a los mejores artistas del momento. Y viajaba mucho a Milán para asistir a la ópera, y al Liceo para contratar artistas cuando en febrero terminaba la temporada operística de Barcelona.

Además tenía tres cines, y prácticamente sólo conocía Madrid de venir a hacer los contratos con los distribuidores. Donde realmente había hecho vida había sido en Barcelona.

(…)

Al no vivir en Madrid dejaba de estar en el ambiente. Así me fui retirando un poco, pero él se dio cuenta. Entendió que me iba quedando aislada y que su ligazón con el periódico nos impedía determinadas libertades. Por eso lo vendió en 1977, aunque quedándose con un tercio de las acciones. Entonces ya pudimos viajar juntos, ir de un sitio a otro…

(…)

Con Pepe tuve varios abortos, y decidimos adoptar. Hicimos solicitudes en muchísimos sitios, y en febrero de 1979, cuando me había quedado nuevamente embarazada, nos llamaron de Brasil. Muy poquito antes, en 1978, recibí la anulación de mi matrimonio, con lo cual volvía a estar soltera después de catorce años. Hasta entonces pensábamos en adoptar sólo bajo su nombre, pero ahora ya pude hacerlo bajo el mío. De nada habría servido que nos hubiésemos casado de inmediato, porque la ley brasileña impedía la adopción a las parejas que llevasen casados menos de cinco años; en cambio, los solteros podíamos hacerlo.

Con el nuevo aborto apenas ocurrido, vi nacer a mi hija. Estuve en el parto, le di el primer baño y el primer biberón, y le di mis apellidos: Tahis Abad Fernández, hija de la madre soltera Antonia Abad Fernández. El 30 de julio ya nos casamos, y entonces Pepe le dio sus apellidos, reconociéndola como hija.

(…)

Durante dos años vivimos encima del periódico. En 1972 compramos la casa de Na Burguesa, donde estuvimos hasta el 1988, en que bajamos al Paseo Marítimo porque el colegio quedaba demasiado lejos y, además, los amigos de mis hijos no subían hasta allí porque los padres no se atrevían a llevarlos en coche, y es que había una carretera con un kilómetro de curvas peligrosas.

Cuando nos unimos, la sociedad de Palma le dio de lado a Pepe. Pepín Tous era el soltero de oro, un buen partido, y le reprocharon que se emparejase con una mujer casada. Incluso me acusaron de arrimarme a él por su dinero.

(…)

Luego hice amistad con una persona maravillosa, que es María Dolores Miró, la hija de Joan Miró; y al mismo tiempo con la tía María Luisa, una admiradora que fue a visitarme con dos sobrinos pequeños y quedamos como amigas. Y tengo otros cuatro amigos más en Palma: mis titis María Serra del Foro, María Antonia Masanet y Maruja García Nicolau, que fue Miss Europa en 1962; y no puedo olvidarme de mi querido Jaime Matas, el actual ministro de Medio Ambiente, que siempre me prestó su apoyo incondicional. Son íntimos míos de verdad: los he tenido cuando los he necesitado y han estado totalmente abiertos a mí, y yo a ellos.

A Pepe ese rechazo no le hizo mella alguna. Él era muy educado, muy buena gente y estupendo, pero para eso le importaba la gente tres bledos.

Pepe era un hombre muy libre en vestir. Le gustaban las camisas de muchos colores. Era tan alegre que parecía más ibicenco que palmesano.

Se preocupó mucho por mi imagen. Me asesoraba, me daba consejos sobre lo que tenía que cantar y lo que tenía que ponerme. Como él viajaba mucho a Miami y Milán, me compraba muchos vestidos que, sin verlos yo, me venían perfectos y eran todos preciosos: para actuar, para vestir, para la calle…

Él se encargó de todo conmigo: la publicidad, la prensa, el teatro… Fue para mí un empresario perfecto; disfrutaba y además ganábamos mucho dinero juntos.


Quería que volviese al cine, pero después de Cinco almohadas para una noche y tras la muerte de Franco me negué, porque el cine de los años setenta era horrible. Me ofrecían muchísimo dinero por no hacer nada más que enseñar los pechos en la pantalla, pero eso no era el cine para mí.

(…)

Él impulsó mi carrera musical. Si después de dejar el cine he seguido veinticinco años manteniendo mi nombre, ha sido gracias a él. Me puso a trabajar sin parar sobre el escenario. Me preparaba los espectáculos, las orquestas… La segunda parte de mi vida artística, al dejar el cine, se la debo a él.

Jamás tuvimos una crisis, tal vez porque fuimos el uno al otro cuando ya no éramos niños, sino con una edad suficiente para saber en qué consiste la vida en común.

Pepe y yo contrajimos matrimonio para darle un apellido a Thais. Él tenía mucho sentido de la familia, y a mí me pareció bien legalizar nuestra situación. Pero el día de la ceremonia llegó sin que yo me enterase.

Llevaba tanto tiempo viviendo con Pepe y levantándome de la cama a su lado a las diez de la mañana, que el 30 de julio amaneció para mí como otro día cualquiera. Pepe se levantó, fue al cuarto de baño y permaneció allí mucho rato.

-¿Adónde vas?

-Al Teatro Balear, amor; a dejarlo todo preparado.

Me bajan el desayuno, cojo a la niña y nos vamos a la piscina. Se hacen las dos, las tres de la tarde, y a las cuatro seguía en la piscina. De pronto, salen Antonia y la señora Bárbara:

-Señora, que es muy tarde ya. ¿Cuándo se va a arreglar?

-¿Cómo que cuándo me voy a arreglar? No creo que el señor venga ya a comer.

-Pero señora que son las cuatro y a las seis tiene que irse usted a casarse.

Se me había olvidado totalmente. Recogí la ropa de la niña, la mía, me fui a la peluquería, porque tenía todo el pelo mojado. Me vestí y me maquillé allí como pude, y, por supuesto, llegué tarde.

Hacía un calor espantoso, y estaban todos los invitados esperándome en el palacio de justicia.

-Ya pensábamos que te habías arrepentido –me dijeron cuando llegué.

El juez fue muy simpático. Nos tendió el papel para firmarlo, pero alargamos un poquito los trámites para que los fotógrafos pudieran hacer su trabajo. Entonces, Pepe dijo a la gente que no habíamos podido bautizar a Thais ese mismo día por la mañana, como era nuestra intención, porque lo había prohibido el señor obispo de Mallorca, ya que  no nos íbamos a casar por la iglesia sino por lo civil.

-¡Hijo de puta! – gritó Terenci Moix.

Y al día siguiente, los alrededores del palacio arzobispal aparecieron llenos de carteles: “No dejéis que los niños se acerquen a él”, se leía en ellos.

Pero todo se solucionó gracias al obispo de Barcelona, que nos dio permiso para bautizarla allí. Y es que, aunque no fuese creyente, tenía interés en bautizarla por mi madre, que tampoco había sido muy católica pero sí había creído en Dios y habría sido una alegría para ella. No le dimos una educación católica ni a Thais ni a Zeus, pero quisimos que estudiaran todas las religiones para que pudiesen elegir por sí mismos.

(…)

Cuando Pepe murió, estuve tres años en tratamiento con un psiquiatra de Barcelona. Fue una muerte espantosa, porque su enfermedad apareció de repente y sin ninguna posibilidad de cura. Y él no supo que se iba a morir, pero yo sí.

(…)

Todo era tan creíble que se murió sin enterarse, acostado, después de comer. Estábamos en la cama. Él estaba recostado sobre el lado izquierdo, porque en el derecho tenía el catéter con el cuentagotas de la droga, que él creía que era algo para limpiarle el intestino.

(…)



EL RECORTE CCCLXXVIII

En marzo de 1988, esta revista, que desconocemos, publicaba este "documento" en el que la estrella reseñaba los seis momentos más importantes de su vida en el umbral de su sexagésimo cumpleaños. 


DOCUMENTO

La legendaria artista cumple 60 años

SARA MONTIEL

Sara Montiel cumple el próximo día 10 sus primeros 60 años. Desde la atalaya de esa edad, la que fuera gran estrella del cine español, hoy convertida en leyenda, reflexiona sobre aquellos seis momentos que marcaron su vida. Fechas unidas a León Felipe, el gran poeta que la educó; a Anthony Mann, el hombre que le abrió las puertas de Hollywood, y, sobre todo, al filme El último cuplé, con el que le llegó el éxito y la fama. Sara reconoce haber sido una privilegiada de la fortuna que ha obtenido todo lo que se había propuesto en la vida.

“Seis fechas que dejaron huella en mi vida”


En la plenitud de su madurez, Sara Montiel no se arrepiente de las decisiones tomadas a lo largo de su vida. 

León Felipe

11 de mayo de 1950

La noche en que conocí a León Felipe en casa del doctor José Puche, el especialista en endocrinología y nutrición, en cuyo hogar nos hospedábamos mi madre y yo en México, supe que era un hombre que me iba a marcar, y mucho.´

Yo era una jovencita de 22 años recién cumplidos que no llevaba más de quince días en la capital mexicana. Había emigrado a América con el objetivo de triunfar en Hollywood, la meca del cine, vía México.

León tenía entonces sesenta y cuatro años. Vivía exiliado con su esposa, Berta, desde el final de la guerra civil española y era uno de los grandes poetas contemporáneos.

Durante aquella cena, una cena de exiliados y emigrantes, sentí que entre León y yo iba a haber algo muy fuerte. Soy una mujer intuitiva. No me equivoqué. Me convertí, casi instantáneamente y durante los cuatro años que estuve en México, en su musa y en su obra. Porque León fue para mí el gran Pigmalión.

León me educó, me hizo conocer el teatro griego y el clásico, me abrió los ojos a la poesía, a la música clásica, al ballet –la primera vez que vi una representación fue con él-, a una dimensión nueva de la vida desconocida hasta entonces para mí.

Me llevó, incluso, a aprender arte dramático con el gran maestro Sekisano, un japonés que había enseñado a Marlon Brando y otras estrellas de Hollywood y que se había ido a vivir a México al casarse con una mexicana. León, es verdad, se enamoró de mí. Fue una pasión desaforada que nunca llegó a materializarse, pero que se convirtió en un poderoso motor creativo en la última etapa de su vida. Fui su último tranvía. Y Berta, que era una mujer muy inteligente, así lo comprendió y admitió. Lo amaba mucho.


León Felipe. El poeta León Felipe, exiliado en México tras la guerra, se enamoró de Sara Montiel y la convirtió en su musa. 

León pensaba que yo era más un animal de teatro que de cine, espectáculo al que consideraba un arte menor, e influyó decisivamente años más tarde en mi negativa a firmar un contrato leonino de siete años con la Columbia. “¡Ni hablar. ¿Qué se han creído? Dos años, si acaso, y eso es mucho”, me dijo por teléfono casi a gritos.

León confiaba en mí. Sabía que llegaría. Murió en octubre de 1968, en México. Había visto El último cuplé incontables veces y se conocía todas mis películas. Me hizo un poema maravilloso que guardo como un gran tesoro.

Anthony Mann

14 de septiembre de 1955

Mi relación con Tony pasó por dos fases: admiración y amor. Mi admiración nació en México cuatro años antes de conocerle, cuando vi su película La historia de Glenn Miller. Y fue en aumento el 14 de septiembre de 1955, cuando me lo presentaron en Hollywood durante una comida de trabajo en el restaurante para ejecutivos de la Warner Bross. El almuerzo tenía como fin que nos conociéramos los que íbamos a trabajar en Serenade –Dos pasiones y un amor se llamó en España-. Aquel día se hizo realidad el sueño de mi vida. No hice caso a nadie. Sólo tuve ojos para él durante toda la comida; pero ni entonces ni durante el rodaje, en el que Mario Lanza hacía de protagonista masculino, ocurrió nada. Fue después de que acabáramos el rodaje de la película cuando me declaré durante una cena en un restaurante japonés de Santa Mónica. Tony se mostró un poco reticente. La diferencia de edad, me llevaba veintinueve años, le preocupaba bastante. A mí no me importaba nada.

Tony y yo no nos casamos hasta marzo de 1957, y en artículo mortis, en Nueva York. A Tony le había dado un fuerte ataque al corazón y estaba al borde de la muerte. La ilusión de nuestro matrimonio le dio las fuerzas necesarias para salir adelante.

Si León me dio cultura, Tony me dio seguridad en mí misma, me enseñó todo lo que hay que saber sobre el cine.

Tony me abrió las puertas a un mundo al que nadie en España tuvo acceso. Conocí a todo Hollywood en pie de igualdad. Conté con la amistad de seres como David Lean, Gary Cooper, Alfred Hitchcock, Orson Welles, Elia Kazan, Marlon Brando, y un largo etcétera. Influyó mucho sobre el tipo de mujer que yo tenía que interpretar.

Yo le daba a él, a cambio, ilusión, vida. Era como una potente dinamo de energía. En mí bullía descontrolada la vida. Y ese fue el problema al final. Yo quería vivir y él estaba de vuelta de todo. Tropezábamos, a veces, en el trabajo. La Warner me ofrecía películas, yo las rechazaba y Tony me echaba la bronca diciéndome que no llegaría nunca a nada si seguía así.

Tony y yo nos separamos no porque no nos quisiéramos, sino porque viajábamos en dos trenes de diferentes velocidades. Y yo necesitaba seguir mi ritmo. Fue una etapa, junto con la de León, de aprendizaje y formación personal y profesional muy enriquecedora. Cuando me enteré años más tarde por un periódico que Tony había muerto de un infarto, me desmayé y sentí un dolor desgarrador dentro de mí. 


'El último cuplé'. Fue una película que se rodó a trancas y barrancas, pero que consagró a Sara y la catapultó a la fama. 


Alfred Hitchcok. Sara tuvo una especial relación con el genio del suspense, que le fue presentado por Anthony Mann. 

“El último cuplé”

4 de mayo de 1957

Puede resultar chocante, pero yo me enteré del éxito de El último cuplé tres días antes de que éste sucediera. Kappy y Philip Jordan, dos amigos de Tony, me habían estado haciendo una carta astral y aparecieron, de pronto, muy acalorados el 4 de mayo por la mañana.

“Sara, tu vida está a punto de cambiar”, me dijeron. “Tienes una gran estrella y un gran porvenir”. Yo me eché a reír. “Dinero vas a tenerlo todo. Maridos, tres. Hijos, muchos –tuve once abortos-. Y el éxito te va a llegar arrollador. Estamos asustados”, me confesaron.

Yo me lo tomé un poco a sorna. Estaba pasando por una etapa no muy buena. Acababa de rodar en España El último cuplé y no había eudado a gusto. Muchos problemas. El sabor de boca resultante no era bueno. Tenía, por otra parte, a Tony reponiéndose de su infarto. Eran tiempos de tragedia y esperanza.

No se equivocaron. El día 7, de madrugada, Enrique Herrero, padre, me llamó confirmándome el éxito: “Antonia, no sabes lo que es ‘El último cuplé’. La próxima Sissi se llamará Sara Montiel”, me dijo.

A la semana siguiente recibí otra llamada, ésta de Cesáreo González y Benito Perojo, proponiéndome un contrato de 140 millones de pesetas –cuatro millones de dólares de entonces- por cuatro películas.

Me marché a España el 20 de junio. No se habían equivocado los hermanos Jordan. Paré la circulación en la Gran Vía madrileña. A mi paso se formaban auténticas manifestaciones. La gente se mataba por encontrar un asiento para ver mi película.

El último cuplé fue lo más importante de mi vida artística. También la película que más trabajé y sudé, todo gracias a Juan de Orduña, que creyó en mí.

Fue un doble éxito, como actriz y como cantante, que acepté con toda naturalidad porque estaba convencida de que me iba a llegar tarde o temprano. Aprecié, sobre todo, el hecho de que se me reconociera que sabía cantar. Porque nadie, hasta entonces, creía en mí. Y les demostré que podría hacerlo tan bien o mejor que nadie.


Gary Cooper. Durante el rodaje de 'Veracruz', que coprotagonizaron junto a Burt Lancaster, Sara y Gary Cooper, mantuvieron un idilio que se transformó en amistad con los años. 

La muerte de mi madre

24 de julio de 1969

Aunque sabía que padecía un cáncer de huesos irreversible que la tuvo postrada en cama durante ocho meses, su muerte fue para mí como un mazazo. No pude, ni he podido, aceptar nunca la muerte de mi madre, María Vicenta Fernández.


Con su madre. La muerte de su madre, María Vicenta Fernández, hundió a Sara en un período de locura. 

Yo me encontraba en Moscú cuando me avisaron de que estaba agonizando. Me había desplazado allí con otros compañeros para recibir la medalla Lenin, por ser la mujer extranjera más famosa de la Unión Soviética, durante la semana del cine español que se estaba celebrando. El telegrama que recibí me hundió en una profunda crisis nerviosa. Las autoridades soviéticas, como me habían prometido en Madrid antes de viajar a Moscú, pusieron a mi disposición un avión que me llevó en pocas horas junto al lecho de muerte de mi madre. Me acompañó en el avión María Mercader, la esposa de Vittorio de Sica.

Aún tuve tiempo para estar unas horas con ella. Falleció a la madrugada siguiente de llegar yo a Madrid. Fue brutal. En muy poco tiempo había perdido a dos seres muy queridos. Primero, Tony; luego, mi madre.

El dolor fue tal que me quise suicidar tirándome por el balcón. Era un décimo piso, pero Esther Martín, mi peluquera y amiga, lo impidió sujetándome por las piernas. Puede vivir, en principio, a base de calmantes. Nunca he sentido un dolor como el que sufrí al haber perdido a mi madre. No me enteré prácticamente de nada. Estaba ida por completo.

Marujita Díaz me ayudó mucho. Me llevó a su casa. Pasaba el día con Maruja y la noche con mi hermana Elpidia. Por la tarde visitaba la tumba de mi madre en el cementerio de San Justo. Un día me di cuenta de que había una tapia que estaba en obras por la que se podía entrar en el cementerio cuando estaba cerrado.

Empecé a mentir a Maruja y a Elpidia. A Maruja le decía que me iba a casa de mi hermana y a Elpidia le decía que me quedaba con Maruja. Lo que hacía, en realidad, era irme a dormir sobre la tumba de mi madre, colocando encima un abrigo de visón. Así estuve tres meses, agosto, septiembre y octubre de 1969. Hasta que me descubrieron.

Una mañana, uno de los enterradores me sorprendió refugiada en la cripta de los marqueses de Urquijo, que estaba abierta. Había llovido la noche anterior. Me sacó de allí y me llevaron a casa.

Estuve durante varios meses en tratamiento psiquiátrico bajo la supervisión del doctor López Ibor. Yo no entendía el porqué, puesto que consideraba la cosa más normal del mundo dormir por la noche sobre la tumba de mi madre. Como yo no reaccionaba del todo me tendieron una  trampa. Me hicieron sentir una responsabilidad fuerte sobre mis hombros, para olvidar. Así me presenté en el teatro por vez primera en mi vida con Sara Montiel en persona, en la Zarzuela, de Madrid.

Yo salía como una autómata al escenario, no me enteraba. Llevaba como un piloto automático. La terapia resultó, qué duda cabe, y empecé a remontar el dolor y volver a vivir. 


La estrella de Sara la convirtió en foco de la noticia, acaparando las portadas de las grandes revistas. 


De su matrimonio con Vicente Ramírez, Sara no guarda buenos recuerdos. Fue para ella uno de esos errores que se cometen en la vida. 


Anthony Mann. Por 'Tony', como cariñosamente le llama, se interesó al ver una película suya. Luego se enamoró de él durante el rodaje de 'Serenade'. 

Pepe Tous

28 de febrero de 1970

Lo de Pepe Tous y yo no fue un flechazo, como se suele decir. Fue un amor que entró poco a poco y que me llenó, y me sigue llenando, como nada antes lo había hecho. Conocí a Pepe en el transcurso de la gira que estaba haciendo por España con mi espectáculo Sara Montiel en persona. Pepe, que era el empresario del Teatro Balear, donde se iba a poner en escena, me estaba esperando en la escalerilla del avión con un ramo de flores.

Justo es decir que yo no había sido nunca santo de su devoción. La verdad es que le era indiferente. Pero a mí me gustó, y yo le gusté. Nos llevó al hotel a la señora Inés, quien me vestía y siempre estaba conmigo, como una segunda madre, y a mí.

Curiosamente, la señora Inés me comentó en la habitación que Pepe era muy majo, el soltero de oro le llamaban en la isla. Pero pensamos que estaría casado y no le dimos más vueltas.

A mí, Palma de Mallorca no me atraía demasiado. Tenía un mal recuerdo de mi viaje con Vicente Ramírez, mi segundo marido, y no quería estar más tiempo del necesario. Pero esa misma tarde cobré un nuevo interés. Me enteré de que Pepe estaba soltero.

Yo llevaba relaciones con Giancarlo Viola, un ingeniero de explosivos italiano, desde hacía siete años. Nuestra relación era, y nunca mejor dicho, una relación explosiva, con continuos altibajos, peleas y follones.

Yo sentía que necesitaba en mi vida estabilidad, amor, formar una familia, tener hijos. Y Pepe encarnaba lo que yo quería. Nos enamoramos y encontré la vida. Era el hombre de mi vida, lo que siempre había estado buscando.

Puede resultar paradójico, y lo es, que haya terminado con un hombre de mi edad, yo que siempre me he sentido fuertemente atraída por hombres mayores que yo. Quizá es porque he superado aquel complejo de Electra que me han dicho que tenía.

La entrada de Pepe Tous en mi vida fue determinante. Dejé a Gianca, me quité el luto y me fui a vivir con él seis meses más tarde. No podía casarme, ya que estaba legalmente casada con Vicente. Eso, por fin, lo hicimos el 30 de julio de 1979.

Con los niños tuvimos una mala época. Yo me quedé en estado y perdí un hijo a los seis meses y tuve que abortar porque padecía una enfermedad llamada edema de King. Me cogió con 42 años. Pero, gracias a Dios, todo se arregló. Tenemos ahora dos hijos maravillosos, Thais, que tiene 9 años, y Zeus, que tiene 4, los dos adoptados en Brasil. Con ellos lo tuve todo. Me hice como madre, mujer y artista. 



Su familia. Sara reconoce que conoció a Pepe Tous justo cuando necesitaba un cambio radical. Tienen dos hijos adoptados: Thais, de 9 años, y Zeus, de 4. 


Mis 60 años

10 de marzo de 1988

Cumplir 60 me parece la cosa más maravillosa del mundo. Mirando hacia atrás, el balance me parece netamente positivo. Me siento una privilegiada de la vida por haber vivido tan intensamente, por haber conocido y haber sido amiga de personas tan importantes, por haber tenido acceso adonde sólo unos pocos elegidos pueden llegar y por haberme tocado la diosa del éxito con su varita.

Sé que ya no soy una estrella, que estoy mucho más arriba, que soy un mito; pero un mito que trabaja, que va a tener dentro de poco una serie de nueve programas de una hora en TVE y que va a sacar un nuevo elepé, Purísimo Sara, con canciones de Carlos Berlanga, Joaquín Sabina y Alberto Cortez. ¿Qué más puedo pedir?

A quien corresponda, gracias.

 

Transcripción. CARLOS BERBELL



LA FOTO CCCLXXVIII


Sara Montiel el día de la presentación de sus memorias 'Vivir es un placer'. Corría el año 2000.

domingo, 12 de marzo de 2017

HOLA - 19 de Marzo de 2.008 - España


La popular artista, siempre sorprendente
SARA MONTIEL
Ochenta años, ochenta velas y sus dos hijos al lado
“He vivido y continúo viviendo muy intensamente, que es lo más gracioso”

Sara Montiel con su clásico cigarro puro y sus espectaculares joyas, posa en su ático de Madrid al cumplir ochenta años. 

Tiene, el aire de quien ha pisado Hollywood y la silueta de Gary Cooper en la retina. Ochenta años de historia viva nos contemplan. Intensa y emocionante. También triste. Que hay de todo en la vida de esta manchega universal, Dulcinea para sus grandes amores. Ochenta velas, ni una más ni una menos, aguardan dando lumbre a la sombra de sus hijos, Thais y Zeus.
-Ochenta años como ochenta soles, Sara.
-Pues mira. Gracias a Dios, voy cumpliendo años. Recuerdo que cuando celebré los sesenta y mi marido Pepe Tous me dio un fiestón, me dije a mí misma: “A ver si llego a los ochenta!”.
-Pues aquí estás.
-Sí, he llegado.
-Harás algo especial.
-Mi pueblo me pone una estatua en Campo de Criptana, mi tierra natal, el próximo veintinueve de marzo. Y luego también inauguraré el molino ‘El Culebro’, que lo han restaurado porque es del siglo once y se estaba cayendo. Aparte, el Museo Sara Montiel.


Momentos antes de apagar las ochenta velas de la tarta en su casa de Madrid y rodeada por sus dos hijos, Thais y Zeus. 

-Ochenta años muy intensos.
-Mucho. Porque he vivido, gracias a Dios, muy intensamente. Artísticamente y como mujer. Y lo más gracioso es que lo estoy viviendo ahora también.
-Con todos mis respetos, Sara, no es lo mismo vivir la vida a los ochenta que a los veinte.
-Por supuesto que no. A los veinte no piensas nada, no oyes nada.
-Pongamos a los cuarenta entonces.
-Eso ya es otra cosa, que están más cerca de los ochenta.
-Mujer, tanto como muy cerca…
-Me refiero a que puede ser un poco parecido en la manera de pensar. Yo tengo la suerte de que me voy deteriorando poquito a poquito. Pasan diez años, y un poquitín; pasan otros diez, otro poquitín. Son genes que se tienen, qué quieres que te diga.
-Si tú lo dices, Sara…
-Fíjate si me encontraré bien que ha venido un empresario maravilloso empeñado en que trabaje con él. Quiere que me presente en varios sitios de España y luego, en septiembre, en la Gran Vía de Madrid.
-Te has “liado la manta a la cabeza” seguro.
-Yo le he dicho que sí.
-Eres una valiente, Sara.
-Pero sólo es un sí momentáneo, porque estoy indecisa todavía. Lo único que tengo que hacer es irme a Melilla para ensayar con mi maestro de canto. Ya son veinte años los que llevamos trabajando juntos.
-Tú eres una artista muy seria, y si dices sí, es que sí.
-¡Por supuesto! Yo no hago “play-back”, sino que canto en vivo con mi orquesta, con mis coros. Por eso tengo que prepararme bien.


Sara Montiel, que tiene intención de regresar a los escenarios próximamente, sopla las velas de la gran tarta con la ayuda de sus hijos. 


Thais ríe divertida mientras le da un poco de tarta a su madre. 

“DE AQUÍ A LIMA”
-Habrá habido algún acierto a lo largo de todos estos años, pero también errores.
-Y muchos.
-Siempre hay uno mayor que otro.
-Casarme con el cubano, que no sé por qué lo hice.
-Pues si tú no lo sabes…
-De todas formas, creo saberlo, aunque no lo puedo decir, porque se trata de algo muy íntimo y privado.
-A lo mejor querías demostrarte a ti misma que aún tenías capacidad de seducción, Sara.
-Por ahí no van los tiros, porque yo he tenido tíos más importantes que el cubano “de aquí a Lima”.
-Pero lo de Tony Hernández ya forma parte de tu pasado.
-¡Por supuesto que ya lo he olvidado! Enseguida le mandé a “freír monas”.
-Y hasta hoy.
-Bueno, cuando se murió mi hermana me llamó el chico para darme el pésame.
-Mira, un detalle.
-Las cosas como son.
“SI TU ME DICES VEN, LO DEJO TODO”
-Giancarlo.
-Mira, precisamente ayer mismo estuve hablando con él por teléfono.
-Parece como el Guadiana.
-¿Qué dices? Él siempre ha estado ahí. Siempre. Yo no le llamo, él me llama a mí.
-Y ahí sigue.
-Ahí.
-Como dice el bolero: “Si tú me dices ven, lo dejo todo”.
-Lo mismo.
-Pero nunca te llegaste a casar con él.
-No lo veía claro.
-Te refieres como marido.
-Que no lo veía claro, y ya está.
-Tiene éxito con las mujeres.
-Bueno, sí, pero no era por eso. ¡Y mira que mis hijos le quieren! Zeus y Thais le conocen desde el noventa y tres, cuando apareció en la televisión allí, en Barcelona, al año de morirse mi marido.
-Quieres decir que tus hijos siempre han estado al tanto de tu vida pasada.
-Siempre.
-No sé por qué me da, Sara, que tienes por ahí algo.
-Fijo.
-Pues tú dirás.
-Tengo un africano hace ya tres años.
-Del Norte…
-No, de Marruecos, del Sur. Llevamos ya tres años juntos. Lo que pasa es que yo ya no digo nada. Fíjate que acaba de estar aquí cinco días y no se ha enterado nadie…


La popular artista brindando con sus hijos: "Thais y Zeus continúan viviendo conmigo. ¿Cómo van a dejar un hotel de cinco estrellas así porque sí?"

“UN COMPLEJO RESIDENCIAL EN EL ATLAS”
-¿Y quién es él?, como dice José Luís Perales en una de sus más famosas canciones.
-Es arquitecto, y está haciendo un complejo residencial en la cordillera del Atlas.
-Revela por lo menos su apellido.
-Bobet. Es de padre francés y madre española. Pero viene muy poco por aquí. Yo le conocí en Marruecos.
-Más joven que tú.
-Tiene cincuenta y seis años.
-No se te ocurrirá casarte otra vez.
-Pero, ¿qué dices?
-Conociéndote, Sara…
-¡Que no! Está divorciado. Es muy majo. Tiene los ojos claros.
-Tendrán tus hijos que dar el “visto bueno”.
-No lo conocen.
-No ha ido todavía a tu casa.
-Qué va. La experiencia es la madre de la ciencia.
-Lo dices por tu experiencia anterior.
-Por eso.
-Hablando de tus hijos: Zeus va como un cohete en su carrera musical.
-¡Como un auténtico cohete! Ni te lo imaginas. Trabaja con Oscar Gómez, y creo que su disco saldrá por abril o mayo. Está ahora grabando.
-He leído que es un chico muy romántico.
-Claro que lo es. Lo que pasa es que uno de sus primeros amores le salió “rana”, y entonces él era muy jovencillo.
-No me digas más.
-Y entonces, claro, ahora es más precavido a la hora de volver a enamorarse.
“LO QUE LE GUSTAN SON LAS LETRAS”
-Porque Thais estudió en Londres.
-Terminó Derecho hace mucho tiempo, pero no ejerce. Acaba de cumplir veintinueve años.
-No le gustan las leyes, entonces.
-No, no le gusta el Derecho. Va a Londres de vez en cuando. Seguramente se va a aquedar a vivir allí en el Discovery Channel.
-Como presentadora.
-Pienso que en un programa divulgativo. Thais hizo un máster sobre Shakespeare en Cambridge. Es una erudita en ese autor. Lo que a mi hija le gusta de verdad son las letras, la Historia, leer…
-Pero los dos continúan viviendo contigo.
-¡Cómo van a dejar un hotel de cinco estrellas así porque sí!
-Sólo te falta un nieto.
-Como es tan rara hoy la juventud… De pronto tienen hijos como de pronto no los tienen.
-Serías una abuela divertida.
-Yo sería una abuela sensacional. Una abuela cañón. Pues como soy.
-Mira que tienes vitalidad…
-Tengo una mentalidad muy abierta. La he tenido toda mi vida. Por ejemplo, me llevo de cine con los chicos de quince, de dieciséis, de dieciocho años… Hablo con ellos normalmente, como si yo fuera de su edad.


Sara Montiel y Thais posando delante del famoso cuadro de la artista que está en el salón de su casa y que ha dado la vuelta al mundo. "Mi hijo, Zeus, va como un cohete en su carrera como cantante", asegura la cantante, a quien van a erigir una estatua en la localidad manchega de Campo de Criptana (Ciudad Real), su tierra natal. 

“MUY DURO PARA UNA MADRE MAYOR COMO YO”
-Te ha tocado a ti bregar sola con tus hijos.
-Cuando murió mi marido, mi hija tenía trece años y mi hijo nueve. Tuve que entrar de lleno para levantarlos y cuidarlos.
-Sola.
-Sola. Eso fue muy duro para mí. Es muy duro para una madre ya mayor como era yo. Porque dices: “Bueno, me he quedado viuda con cuarenta y cinco años y tengo a mis hijos”. Pero es que tenía sesenta y cinco años cuando murió mi marido.
-Hablemos de cosas menos tristes, Sara, que estamos en tu cumpleaños.
-Te contaré que, de vez en cuando, me hago un regalo a mí misma.
-Una joya, dime que me equivoco.
-Pues mira, hace poco vi una sortija preciosa de brillantes y me dije a mí misma: “Mira, como ésa no la tengo”.
-Y cayó.
-¡Vaya que si cayó!
-Hablando de alhajas. ¿Sabes que va a abrir Tiffany en Madrid?
-¡Qué bien! Pero yo ya tengo un collar, unos pendientes y una pulsera de Tiffany. Me las regaló Tony Mann, mi primer marido.
-No te falta de nada, Sara.

Texto: TICO CHAO
Peluquería: MANUEL ZAMORANO
Maquillaje: CATI


EL RECORTE CCXXXIX
Si en el año 2.008 la diva cumplía 80 maravillosos años, en el 2.000, a la edad de 72, hacía un repaso por su dilatada vida y carrera profesional en su libro de Memorias. Así se expresaba la artista para la revista Magazine (La Vanguardia) en su número de 4 de Febrero de 2001.


SARA MONTIEL
una diva en su santuario



Con batín de seda de Christian Dior, perrito de aguas y cigarro habano, Sara Montiel posa en su dormitorio. 

A-no-na-da-da, a-bi-ga-rra-do, mo-rro-co-tu-do… Sara Montiel parece tener debilidad por los vocablos polisilábicos, enfáticos y recargados, unos vocablos que en su boca suenan aún más polisilábicos, enfáticos y recargados y que concuerdan perfectamente con las extensiones anaranjadas de su cabellera, con las larguísimas uñas postizas azules e imposibles y la copa de plata (vacía) que sostiene en la mano cuando nos recibe. “Hola-a-a… ¿No ha venido José Martí?”. Un muro recubierto de espejos, instalado al fondo del salón para crear la sensación de espacio, duplica la irrepetible figura de doña Sara.
Ya en el rellano de su apartamento –el ático de un edificio moderno en el corazón del barrio madrileño de Salamanca-, un retrato suyo de grandes dimensiones advierte que se está entrando en territorio saritísimo. Tras llamar a la puerta y obtener el huraño consentimiento de un perrillo de aguas, el visitante se encuentra súbitamente desbordado por los más variados estímulos ópticos, una especie de último cuplé de la decoración lujosa y abigarrada que desanima cualquier voluntad de establecer un inventario más o menos exhaustivo.
Todo tiene aire caro y de otra época, incluso un papel de Miguel Barceló –una especie de gato despatarrado y violento, fechado en 1.981-, al que hacen compañía un icono ruso y un rancio óleo de Palmaroli.
Desde el fondo del pasillo, tapizado de arriba abajo con retratos de la artista en diversos momentos de su larga carrera, llega el inconfundible resoplido de una olla exprés. “¿No ha venido José Martí?”.
El reportero José Martí Gómez es una de las personas que mejor conocen a Sara Montiel. Es más, podría asegurarse que Martí conoce incluso a María Antonia Abad. Durante muchas tardes, José Martí escuchó pacientemente a ambas para redactar unas “Memorias” que se publicaron por entregas, y con gran éxito de público, en un semanario de actualidades mundanas y sentimentales. Martí fue testigo de primera mano del insólito cambio que se operaba en María Antonia Abad, una criatura sencilla, manchega y entrañable, cuando Pepe Tous, su marido, interrumpía los coloquios con el reportero-biógrafo para anunciar una visita, tal vez el empresario de un teatro mexicano, el representante de una casa discográfica… Entonces María Antonia Abad se levantaba, hacía una cosa rara con la boca y, convertida repentinamente en Sara Montiel, estrella internacional, mito ibérico y superlativo, decía: “Hola-a-a”.
No, José Martí no ha venido esta tarde a Madrid, donde cae una lluvia de todos los diablos y en las emisoras de radio que sintonizan los taxistas se debaten, como si fueran cuestión de Estado, los amoríos de Sarita Montiel y un premio Nobel de Fisiología y Medicina, recientemente aireados por la primera en la versión 2000 de sus recuerdos. No ha venido José Martí y de María Antonia Abad parece no haber ni rastro en este apartamento decorado hasta la asfixia. Todo es Sara Montiel. El maquillaje feroz, el traje de noche para la tarde, el chal de pedrería roja, los zapatos negros con tacón alto y pompones emplumados, la joyería pesada y el generoso arrastre de vocales.


En las paredes no cabría ni un sello de correos. Los ciento cincuenta y tres cuadros –confesados- que posee la artista forman una de las pinacotecas más caprichosas nunca vistas: dibujos de Picasso, Casas, Guayasamín y Gutiérrez Solana; óleos de Urgell, Sorolla, Pruna y Cittadini; un retrato de la propietaria firmado por Roca Fuster –“mi preferido”-, alguna concesión al género abstracto y desproporcionado y unas payesitas mallorquinas de Coll Bardolet, prueba fehaciente de que la artista vivió muchos años en Mallorca, donde una casa no es una casa que se respete si en alguno de sus rincones no cuelgan, enmarcadas, algunas de las miles de payesitas minimalistas que pintó Coll Bardolet.
-Afuera, en la terraza, hay una piscina, pero no se puede salir a ver porque llueve- nos informa Sara Montiel mientras atiende con irreprochable profesionalidad a las peticiones de Montserrat Velando.
-No se preocupe; yo me entretendré mirando cosas.
Sofás, butacones, divanes y otomanas dan buena cuenta de la superficie inmobiliaria. El resto se lo disputan mesitas bajas, mesitas y muebles relativamente chinos, cubiertos de laca negra. Hay cuernos de marfil tallado y licoreras de Bohemia; estatuillas belle époque, arts déco y precolombinas; huevos de jade y ónices de formas caprichosas; jarrones, jarras, jarritos, cántaros y ánforas; una mesa de cristal sostenida por unos funcionales elefantes de cerámica y una colección de unos doce caniches del mismo material que parecen ladrarle a una lamparilla modernista.
Sobre la mesa de comedor, una urna de cristal protege un exuberante bodegón de flores y pájaros, ambos exóticos y disecados; en los exiguos lugares de paso acechan los miembros de una desperdigada sillería de maderas nobles dispuestos a hacernos tropezar innoblemente… Un paraíso del antidiseño. La pesadilla de un patoso.
Contra todo pronóstico, Sara Montiel insiste en ser fotografiada como una odalista traviesa y sensual. Convierte la chalina en chador, se arremanga con todo desparpajo las largas faldas negras y se deja caer de través en un butacón. “¡Antoñita! ¿Te has mareado?”, pregunta un amigo recién llegado al encontrarla en tal posición. “Llevo cincuenta y seis años de carrera i-nin-te-rrum-pi-da; soy una de las mueres más fotografiadas del mundo. Cuatro portadas en ‘Life’; tantas en ‘París Match’… ¡Qué sé yo! ¡La de fotos que me han hecho! Oye, que ahora no se te ha disparado el flash; vamos a repetir…”
El dormitorio es la apoteosis del estilo saritísimo. Un pasillo forrado de tejido damasquinado preludia una habitación en la que los elementos dominantes son un espejo veneciano –“comprado en Italia, claro”- un par de camas cubiertas por abullonadas colchas de raso blanco y un televisor de bastantes pulgadas. Para esta sesión de fotografías escoge un camisón de seda rosa de Christian Dior, un Montecristo del número cuatro y el perrito de aguas; nada más natural cuando una ha hecho el aprendizaje de estrella en el Hollywood de los años dorados, ha compartido cartel con Gary Cooper y Burt Lancaster y fue el propio Hemingway –“Ernesto; con él no fue amor, sino puro sexo”- quien le enseñó a fumar habanos prerrevolucionarios, cuando ella tenía apenas 22 años.
Nos sentamos a charlar en el salón, frente a una mesa baja de cristal abarrotada de objetos familiares: mandos a distancia (cuatro unidades), teléfonos móviles (tres), ceniceros de plata, puñados de calderilla, pañuelos de papel, cortaúñas, clips, recibos de empresas de mensajería, un platito de patatas fritas, colillas de puro… Ella habla de cosas glamurosas y lejanas –sus casas mallorquinas, sus amantes ilustres y maduros- mientras por la casa se esparce un olorcillo de casa española a las ocho y media de la tarde de un día lluvioso: olor a verdurita cocida.


-¡Hermana!- , grita de repente, en un fulminante relampagueo de María Antonia Abad; ¡Hermana, cena tú, que yo voy a salir!
-Mi hermana… Ocho años mayor que yo… La hemos des-hos-pi-ta-li-za-do recientemente… Fractura de meñisco –informa mientras se envuelve nuevamente en volutas de  humo y en los pliegues de su complicado personaje.
Volvemos a la Mallorca de Pepe Tous, pasando por California –donde tuvo una cocinera sureña que preparaba un “pavo americano que estaba de rechupete”-, Madrid –donde en una época le tiraban piedras por la calle si salía con pantalones- y aquel inolvidable Moscú soviético de otros tiempos en el que las masas obreras y campesinas se rendían clamorosamente a sus pies.
-Pepe Tous sigue estando muy presente… -le decimos, señalando las fotografías familiares repartidas por el salón.
-Sí; aquí lo tenemos, en ese jarrón…
-¿Disculpe?
-Ahí tenemos sus cenizas… En ese jarrón… Ahí está siempre.
-Euuuh… ¿Es un jarrón…? ¿Un jarrón chino?
-Chino, no, che-col-lo-va-co. De por-ce-la-na. Con incrustaciones de oro y de pla-ti-no.
Poco a poco van llegando los amigos que la sacan esta noche a cenar. La saludan con mucha zalamería y le preguntan si ya ha llamado a Umbral para felicitarle, si quiere ir el domingo a oír a Tamara, “a la de Farina, no a la furcia esa”, etcétera, etcétera…
Sara Montiel se enfunda en un elegante abrigo cerrado con cuello de pieles, pero los amigos la mandan a cambiarse, ipso facto y de arriba abajo. “Es que la llevamos a cenar a un sitio hippy, ¿sabes?”.
Afuera, la lluvia bate la terraza, la piscina doméstica, los muebles de jardín de hierro forjado y los arbolitos que crecen en enormes jardineras. Al enfilar el largo pasillo, dispuestos a abandonar el territorio Sarita, pasamos frente a la cocina, donde una señora mayor y circunspecta, recién hospitalizada, como un plato de judías verdes.
-¡Hermana! ¡No me esperes levantada!

Texto de: Emiliano Manzano
Fotos de: Montserrat Velando


LA FOTO CCXXXIX


Espléndida.