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viernes, 13 de diciembre de 2024

ACTUAL - 26 de noviembre de 2000 - España


Sara

lo cuenta todo

La actriz y cantante manchega descubre el relato completo de su vida en las memorias tituladas “Vivir es un placer”

MIGUEL VICENS. Palma


Sara Montiel y su hija vestidas de payesas mallorquinas en una imagen de 1980.

Sara Montiel ha hecho memoria y el escritor Pedro Manuel Víllora ha prestado su pluma y oficio a la artista manchega. El resultado del ejercicio se llama Vivir es un placer, acaba de salir a la calle y es un libro publicado por la editorial Plaza&Janés, una biografía que se lee como una novela trepidante y por la cual desfilan relevantes actores, escritores, artistas, científicos, intelectuales y políticos.

Sara Montiel se desnuda en 416 páginas, descubre con reflexiones, opiniones y anécdotas cada episodio y circunstancia histórica que le ha tocado vivir, desde su nacimiento en Campo de Criptana hasta la muerte de su último marido, el mallorquín Pepe Tous, y los difíciles años que vivió después del suceso; desde su triunfo cinematográfico hasta su relación con Franco y el franquismo; desde la historia de los hombres a los que amó hasta su vida en Mallorca.

La obra es un friso de notables en el que junto a la actriz y cantante aparecen pintores como Dalí, Miró, a quien visitó con frecuencia en Son Abrines, Tàpies, Diego Rivera o Frida Kahlo; escritores como León Felipe, que se enamoró perdidamente de Sara y fue su mentor intelectual, Octavio Paz, Rafael Alberti, Arthur Miller o Ernest Hemingway, que le enseñó a fumar y con quien tuvo un romance tan breve como apasionado e intenso; estrellas españolas como Imperio Argentina, María Félix, Amparo Rivelles, Dolores del Río, Fernando Fernán Gómez o Jorge Mistral; y mitos de Hollywood como su primer marido, Anthony Mann, Cary Grant, Burt Lancaster, Ava Gardner, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Alfred Hitchcock, Clark Gable, Marilyn Monroe, James Dean o Gary Cooper, con quien desmiente el romance que se le atribuye. “Si hubiese querido hubiese hecho el amor con Gay Cooper, pero no quise”, relata.

En el centro del friso Sara Montiel ha querido colocar a su madre, a quien quiere rendir tributo con el libro. “Estas memorias y esa vida, mi vida, están dedicadas a la persona que me ha acompañado siempre y a quien más he amado: mi madre”.

En su biografía, la actriz y cantante descubre lo que ha admirado de los hombres a los que ha amado. “Eso se lo habré dicho a mi madre ochenta y ocho mil veces”, cuenta. “Y yo soy igual que ella: tengo que enamorarme del hombre para poder estar con él. Y de un hombre me enamoro si lo admiro primero, pero no por su físico, porque he estado con hombres que físicamente no valían nada, como Miguel Mihura. También ha habido excepciones, como Severo Ochoa, que era impresionante, pero aun así me llevaba veintitrés años, con lo cual me doblaba la edad. Los hombres que a mí me han gustado han sido mayores e inteligentes. (…) Tenía clarísimo que yo no hablaba con un tonto o mediocre. Siempre me he fijado en la cabeza, en el talento, y tengo que admirar a la persona tanto para el amor como para la amistad. A mis amigos los tengo que admirar”, manifiesta.



Entre los romances de la actriz llama la atención el que mantuvo con Severo Ochoa, porque hasta el momento era un episodio intuido sólo por algunas personas próximas a su entorno y desconocido por la mayoría del público. A esa relación apasionada, intensa y clandestina el libro dedica dos de los veintisiete capítulos.

“Al amor de mi vida lo conocí en Nueva York en 1951. Muy poca gente lo supo entonces y a muy poca gente se lo he dicho después. Es algo que siempre he creído conveniente que permaneciera oculto. Nadie se habría visto beneficiado de haberse sabido esta historia, y en cambio había una tercera persona a quien se le habría dañado cruelmente y sin necesidad. Una mujer a la que siempre he respetado y que no merecía sufrir por mi causa”.

“Luego, cuando esta mujer falleció, lo sentí mucho, porque había sido una excelente compañera y él quedó muy triste y solo sin ella. Ninguno de ellos vive ya, y es ahora cuando puedo contarlo, porque mi vida estaría incompleta sin él”, justifica.

El relato de Sara Montiel se mezcla con momentos importantes de la historia que la autora recuerda a su manera, como testigo circunstancial de los hechos. Así cuando habla del “amor de su vida” comenta: “En 1959, yo estaba haciendo Carmen la de Ronda cuando supe que a Severo Ochoa le habían dado el Premio Nobel de Fisiología y Medicina gracias a sus investigaciones sobre aquellas enzimas de las que tanto me había hablado”. En otro pasaje de las memorias afirma: “Conocí a Castro y supe que algo se estaba preparando en Cuba, algo grave, y que Cuba iba a cambiar. Lo que no podía saber es que iba a cambiar tanto. Por eso no he vuelto ni quiero volver”.

El autor de Por quién doblan las campanas también se enamoró perdidamente de la protagonista de El último cuplé. Sara Montiel llamaba a Ernest Hemingway simplemente Ernesto. “En casa de los Gómez Mena conocí a Ernest Hemingway”, relata. “Y aunque yo estaba con Severo, Ernesto y yo estuvimos juntos una vez. Sin embargo, no se puede decir que por eso engañase a Severo, porque yo no estuve con Ernesto por amor. Mi amor era para Severo; por Ernesto sólo sentí una mezcla de deseo sexual y admiración”, justifica.

En una fiesta del 18 de julio, Sara Montiel y Anthony Mann fueron invitados por Franco junto a otras personalidades al acto conmemorativo que se celebró en el palacio de La Granja. “Franco me vio de lejos y me dijo: Venga usted, violeterilla; venga usted aquí”, mientras el director norteamericano sufría un ‘oloroso’ ataque de gastroenteritis.

“En aquel mundo labré mi carrera y aquel mundo quiso aprovecharse de mí”, narra la actriz. “Franco me utilizó. Cuando mis películas se convirtieron en auténticos bombazos en la Unión Soviética y sus países satélites, me mandaron a Rusia y a Rumanía. A Rusia fui a cambio de petróleo y a Rumanía a cambio de madera”.



Por los años de matrimonio con Pepe Tous y las amistades que mantiene en la isla, Mallorca tiene una importante presencia en las memorias de Sara Montiel. “Hice amistad con María Dolores Miró, hija de Joan Miró. Y tengo otros cuatro amigos más en Palma: mis titis María Serra del Foro, María Antonia Masanet y Maruja García Nicolau, que fue Miss Europa en 1962; y no puedo olvidarme de mi querido Jaume Matas –subraya la actriz-, el actual ministro de Medio Ambiente, que siempre me prestó su apoyo incondicional. Son íntimos míos de verdad: los he tenido cuando los he necesitado y han estado totalmente abiertos a mí y yo a ellos”.

Sin embargo, la relación de Sara Montiel con la isla ha tenido también momentos no tan agradables. “Cuando nos unimos, la sociedad de Palma le dio de lado a Pepe. Pepín Tous era el soltero de oro, un buen partido, y le reprocharon que se emparejase con una mujer casada. Incluso me acusaron de arrimarme a él por su dinero”, recuerda la actriz.

 

FRAGMENTOS DEL CAPÍTULO XXVII DEL LIBRO

“VIVIR ES UN PLACER” (PLAZA&JANÉS)

La vida con Pepe y sin Pepe

La vida con Pepe Tous funcionó de maravilla, porque había una química estupenda. Tal vez no tanta como con Giancarlo, pero sí de otra manera. Pero él era un hombre que se enamoró de Antonia. Sara Montiel no le interesaba para nada.

Pepe no era admirador mío. La única película que realmente le gustaba de las que había hecho era El último cuplé; un poco también La violetera. Ya con él hice Varietés, y esa sí le agradó mucho, porque hablaba del mundo que conocía bien. Pero, en general, a él le gustaba un tipo de cine más intelectual y menos romántico. Y si le gustó El último cuplé no fue por mí, sino porque independientemente de mi actuación había un gran trabajo de Juan de Orduña, que había sabido hacer una película espléndida.

Cuando lo conocí, él todavía dirigía su periódico, Última Hora, que salía desde 1892. Vivía en el ático del mismo edificio, en un piso que había arreglado para casarse con la novia que tenía, y cada mañana, a las siete, bajaba a la redacción; y no subía hasta las tres y media o cuatro de la tarde. Por su trabajo no quería venirse a vivir a Madrid, así que fui yo quien se sacrificó para vivir con él, en lugar de sacrificarse él para vivir conmigo. Ahora bien, esto fue algo que yo comprendí sin necesidad de hablarlo. En ningún momento me dijo que, o vivía en Madrid, o me quedaba en Palma.


Sara Montiel, Pepe Tous y los hijos de la pareja, Thais y Zeus.

También tenía una sala de fiesta desde 1965, Tagomago. Luego la vendió y compró otra que se llamaba Rosales. A esas salas llevaba a los mejores artistas del momento. Y viajaba mucho a Milán para asistir a la ópera, y al Liceo para contratar artistas cuando en febrero terminaba la temporada operística de Barcelona.

Además tenía tres cines, y prácticamente sólo conocía Madrid de venir a hacer los contratos con los distribuidores. Donde realmente había hecho vida había sido en Barcelona.

(…)

Al no vivir en Madrid dejaba de estar en el ambiente. Así me fui retirando un poco, pero él se dio cuenta. Entendió que me iba quedando aislada y que su ligazón con el periódico nos impedía determinadas libertades. Por eso lo vendió en 1977, aunque quedándose con un tercio de las acciones. Entonces ya pudimos viajar juntos, ir de un sitio a otro…

(…)

Con Pepe tuve varios abortos, y decidimos adoptar. Hicimos solicitudes en muchísimos sitios, y en febrero de 1979, cuando me había quedado nuevamente embarazada, nos llamaron de Brasil. Muy poquito antes, en 1978, recibí la anulación de mi matrimonio, con lo cual volvía a estar soltera después de catorce años. Hasta entonces pensábamos en adoptar sólo bajo su nombre, pero ahora ya pude hacerlo bajo el mío. De nada habría servido que nos hubiésemos casado de inmediato, porque la ley brasileña impedía la adopción a las parejas que llevasen casados menos de cinco años; en cambio, los solteros podíamos hacerlo.

Con el nuevo aborto apenas ocurrido, vi nacer a mi hija. Estuve en el parto, le di el primer baño y el primer biberón, y le di mis apellidos: Tahis Abad Fernández, hija de la madre soltera Antonia Abad Fernández. El 30 de julio ya nos casamos, y entonces Pepe le dio sus apellidos, reconociéndola como hija.

(…)

Durante dos años vivimos encima del periódico. En 1972 compramos la casa de Na Burguesa, donde estuvimos hasta el 1988, en que bajamos al Paseo Marítimo porque el colegio quedaba demasiado lejos y, además, los amigos de mis hijos no subían hasta allí porque los padres no se atrevían a llevarlos en coche, y es que había una carretera con un kilómetro de curvas peligrosas.

Cuando nos unimos, la sociedad de Palma le dio de lado a Pepe. Pepín Tous era el soltero de oro, un buen partido, y le reprocharon que se emparejase con una mujer casada. Incluso me acusaron de arrimarme a él por su dinero.

(…)

Luego hice amistad con una persona maravillosa, que es María Dolores Miró, la hija de Joan Miró; y al mismo tiempo con la tía María Luisa, una admiradora que fue a visitarme con dos sobrinos pequeños y quedamos como amigas. Y tengo otros cuatro amigos más en Palma: mis titis María Serra del Foro, María Antonia Masanet y Maruja García Nicolau, que fue Miss Europa en 1962; y no puedo olvidarme de mi querido Jaime Matas, el actual ministro de Medio Ambiente, que siempre me prestó su apoyo incondicional. Son íntimos míos de verdad: los he tenido cuando los he necesitado y han estado totalmente abiertos a mí, y yo a ellos.

A Pepe ese rechazo no le hizo mella alguna. Él era muy educado, muy buena gente y estupendo, pero para eso le importaba la gente tres bledos.

Pepe era un hombre muy libre en vestir. Le gustaban las camisas de muchos colores. Era tan alegre que parecía más ibicenco que palmesano.

Se preocupó mucho por mi imagen. Me asesoraba, me daba consejos sobre lo que tenía que cantar y lo que tenía que ponerme. Como él viajaba mucho a Miami y Milán, me compraba muchos vestidos que, sin verlos yo, me venían perfectos y eran todos preciosos: para actuar, para vestir, para la calle…

Él se encargó de todo conmigo: la publicidad, la prensa, el teatro… Fue para mí un empresario perfecto; disfrutaba y además ganábamos mucho dinero juntos.


Quería que volviese al cine, pero después de Cinco almohadas para una noche y tras la muerte de Franco me negué, porque el cine de los años setenta era horrible. Me ofrecían muchísimo dinero por no hacer nada más que enseñar los pechos en la pantalla, pero eso no era el cine para mí.

(…)

Él impulsó mi carrera musical. Si después de dejar el cine he seguido veinticinco años manteniendo mi nombre, ha sido gracias a él. Me puso a trabajar sin parar sobre el escenario. Me preparaba los espectáculos, las orquestas… La segunda parte de mi vida artística, al dejar el cine, se la debo a él.

Jamás tuvimos una crisis, tal vez porque fuimos el uno al otro cuando ya no éramos niños, sino con una edad suficiente para saber en qué consiste la vida en común.

Pepe y yo contrajimos matrimonio para darle un apellido a Thais. Él tenía mucho sentido de la familia, y a mí me pareció bien legalizar nuestra situación. Pero el día de la ceremonia llegó sin que yo me enterase.

Llevaba tanto tiempo viviendo con Pepe y levantándome de la cama a su lado a las diez de la mañana, que el 30 de julio amaneció para mí como otro día cualquiera. Pepe se levantó, fue al cuarto de baño y permaneció allí mucho rato.

-¿Adónde vas?

-Al Teatro Balear, amor; a dejarlo todo preparado.

Me bajan el desayuno, cojo a la niña y nos vamos a la piscina. Se hacen las dos, las tres de la tarde, y a las cuatro seguía en la piscina. De pronto, salen Antonia y la señora Bárbara:

-Señora, que es muy tarde ya. ¿Cuándo se va a arreglar?

-¿Cómo que cuándo me voy a arreglar? No creo que el señor venga ya a comer.

-Pero señora que son las cuatro y a las seis tiene que irse usted a casarse.

Se me había olvidado totalmente. Recogí la ropa de la niña, la mía, me fui a la peluquería, porque tenía todo el pelo mojado. Me vestí y me maquillé allí como pude, y, por supuesto, llegué tarde.

Hacía un calor espantoso, y estaban todos los invitados esperándome en el palacio de justicia.

-Ya pensábamos que te habías arrepentido –me dijeron cuando llegué.

El juez fue muy simpático. Nos tendió el papel para firmarlo, pero alargamos un poquito los trámites para que los fotógrafos pudieran hacer su trabajo. Entonces, Pepe dijo a la gente que no habíamos podido bautizar a Thais ese mismo día por la mañana, como era nuestra intención, porque lo había prohibido el señor obispo de Mallorca, ya que  no nos íbamos a casar por la iglesia sino por lo civil.

-¡Hijo de puta! – gritó Terenci Moix.

Y al día siguiente, los alrededores del palacio arzobispal aparecieron llenos de carteles: “No dejéis que los niños se acerquen a él”, se leía en ellos.

Pero todo se solucionó gracias al obispo de Barcelona, que nos dio permiso para bautizarla allí. Y es que, aunque no fuese creyente, tenía interés en bautizarla por mi madre, que tampoco había sido muy católica pero sí había creído en Dios y habría sido una alegría para ella. No le dimos una educación católica ni a Thais ni a Zeus, pero quisimos que estudiaran todas las religiones para que pudiesen elegir por sí mismos.

(…)

Cuando Pepe murió, estuve tres años en tratamiento con un psiquiatra de Barcelona. Fue una muerte espantosa, porque su enfermedad apareció de repente y sin ninguna posibilidad de cura. Y él no supo que se iba a morir, pero yo sí.

(…)

Todo era tan creíble que se murió sin enterarse, acostado, después de comer. Estábamos en la cama. Él estaba recostado sobre el lado izquierdo, porque en el derecho tenía el catéter con el cuentagotas de la droga, que él creía que era algo para limpiarle el intestino.

(…)



EL RECORTE CCCLXXVIII

En marzo de 1988, esta revista, que desconocemos, publicaba este "documento" en el que la estrella reseñaba los seis momentos más importantes de su vida en el umbral de su sexagésimo cumpleaños. 


DOCUMENTO

La legendaria artista cumple 60 años

SARA MONTIEL

Sara Montiel cumple el próximo día 10 sus primeros 60 años. Desde la atalaya de esa edad, la que fuera gran estrella del cine español, hoy convertida en leyenda, reflexiona sobre aquellos seis momentos que marcaron su vida. Fechas unidas a León Felipe, el gran poeta que la educó; a Anthony Mann, el hombre que le abrió las puertas de Hollywood, y, sobre todo, al filme El último cuplé, con el que le llegó el éxito y la fama. Sara reconoce haber sido una privilegiada de la fortuna que ha obtenido todo lo que se había propuesto en la vida.

“Seis fechas que dejaron huella en mi vida”


En la plenitud de su madurez, Sara Montiel no se arrepiente de las decisiones tomadas a lo largo de su vida. 

León Felipe

11 de mayo de 1950

La noche en que conocí a León Felipe en casa del doctor José Puche, el especialista en endocrinología y nutrición, en cuyo hogar nos hospedábamos mi madre y yo en México, supe que era un hombre que me iba a marcar, y mucho.´

Yo era una jovencita de 22 años recién cumplidos que no llevaba más de quince días en la capital mexicana. Había emigrado a América con el objetivo de triunfar en Hollywood, la meca del cine, vía México.

León tenía entonces sesenta y cuatro años. Vivía exiliado con su esposa, Berta, desde el final de la guerra civil española y era uno de los grandes poetas contemporáneos.

Durante aquella cena, una cena de exiliados y emigrantes, sentí que entre León y yo iba a haber algo muy fuerte. Soy una mujer intuitiva. No me equivoqué. Me convertí, casi instantáneamente y durante los cuatro años que estuve en México, en su musa y en su obra. Porque León fue para mí el gran Pigmalión.

León me educó, me hizo conocer el teatro griego y el clásico, me abrió los ojos a la poesía, a la música clásica, al ballet –la primera vez que vi una representación fue con él-, a una dimensión nueva de la vida desconocida hasta entonces para mí.

Me llevó, incluso, a aprender arte dramático con el gran maestro Sekisano, un japonés que había enseñado a Marlon Brando y otras estrellas de Hollywood y que se había ido a vivir a México al casarse con una mexicana. León, es verdad, se enamoró de mí. Fue una pasión desaforada que nunca llegó a materializarse, pero que se convirtió en un poderoso motor creativo en la última etapa de su vida. Fui su último tranvía. Y Berta, que era una mujer muy inteligente, así lo comprendió y admitió. Lo amaba mucho.


León Felipe. El poeta León Felipe, exiliado en México tras la guerra, se enamoró de Sara Montiel y la convirtió en su musa. 

León pensaba que yo era más un animal de teatro que de cine, espectáculo al que consideraba un arte menor, e influyó decisivamente años más tarde en mi negativa a firmar un contrato leonino de siete años con la Columbia. “¡Ni hablar. ¿Qué se han creído? Dos años, si acaso, y eso es mucho”, me dijo por teléfono casi a gritos.

León confiaba en mí. Sabía que llegaría. Murió en octubre de 1968, en México. Había visto El último cuplé incontables veces y se conocía todas mis películas. Me hizo un poema maravilloso que guardo como un gran tesoro.

Anthony Mann

14 de septiembre de 1955

Mi relación con Tony pasó por dos fases: admiración y amor. Mi admiración nació en México cuatro años antes de conocerle, cuando vi su película La historia de Glenn Miller. Y fue en aumento el 14 de septiembre de 1955, cuando me lo presentaron en Hollywood durante una comida de trabajo en el restaurante para ejecutivos de la Warner Bross. El almuerzo tenía como fin que nos conociéramos los que íbamos a trabajar en Serenade –Dos pasiones y un amor se llamó en España-. Aquel día se hizo realidad el sueño de mi vida. No hice caso a nadie. Sólo tuve ojos para él durante toda la comida; pero ni entonces ni durante el rodaje, en el que Mario Lanza hacía de protagonista masculino, ocurrió nada. Fue después de que acabáramos el rodaje de la película cuando me declaré durante una cena en un restaurante japonés de Santa Mónica. Tony se mostró un poco reticente. La diferencia de edad, me llevaba veintinueve años, le preocupaba bastante. A mí no me importaba nada.

Tony y yo no nos casamos hasta marzo de 1957, y en artículo mortis, en Nueva York. A Tony le había dado un fuerte ataque al corazón y estaba al borde de la muerte. La ilusión de nuestro matrimonio le dio las fuerzas necesarias para salir adelante.

Si León me dio cultura, Tony me dio seguridad en mí misma, me enseñó todo lo que hay que saber sobre el cine.

Tony me abrió las puertas a un mundo al que nadie en España tuvo acceso. Conocí a todo Hollywood en pie de igualdad. Conté con la amistad de seres como David Lean, Gary Cooper, Alfred Hitchcock, Orson Welles, Elia Kazan, Marlon Brando, y un largo etcétera. Influyó mucho sobre el tipo de mujer que yo tenía que interpretar.

Yo le daba a él, a cambio, ilusión, vida. Era como una potente dinamo de energía. En mí bullía descontrolada la vida. Y ese fue el problema al final. Yo quería vivir y él estaba de vuelta de todo. Tropezábamos, a veces, en el trabajo. La Warner me ofrecía películas, yo las rechazaba y Tony me echaba la bronca diciéndome que no llegaría nunca a nada si seguía así.

Tony y yo nos separamos no porque no nos quisiéramos, sino porque viajábamos en dos trenes de diferentes velocidades. Y yo necesitaba seguir mi ritmo. Fue una etapa, junto con la de León, de aprendizaje y formación personal y profesional muy enriquecedora. Cuando me enteré años más tarde por un periódico que Tony había muerto de un infarto, me desmayé y sentí un dolor desgarrador dentro de mí. 


'El último cuplé'. Fue una película que se rodó a trancas y barrancas, pero que consagró a Sara y la catapultó a la fama. 


Alfred Hitchcok. Sara tuvo una especial relación con el genio del suspense, que le fue presentado por Anthony Mann. 

“El último cuplé”

4 de mayo de 1957

Puede resultar chocante, pero yo me enteré del éxito de El último cuplé tres días antes de que éste sucediera. Kappy y Philip Jordan, dos amigos de Tony, me habían estado haciendo una carta astral y aparecieron, de pronto, muy acalorados el 4 de mayo por la mañana.

“Sara, tu vida está a punto de cambiar”, me dijeron. “Tienes una gran estrella y un gran porvenir”. Yo me eché a reír. “Dinero vas a tenerlo todo. Maridos, tres. Hijos, muchos –tuve once abortos-. Y el éxito te va a llegar arrollador. Estamos asustados”, me confesaron.

Yo me lo tomé un poco a sorna. Estaba pasando por una etapa no muy buena. Acababa de rodar en España El último cuplé y no había eudado a gusto. Muchos problemas. El sabor de boca resultante no era bueno. Tenía, por otra parte, a Tony reponiéndose de su infarto. Eran tiempos de tragedia y esperanza.

No se equivocaron. El día 7, de madrugada, Enrique Herrero, padre, me llamó confirmándome el éxito: “Antonia, no sabes lo que es ‘El último cuplé’. La próxima Sissi se llamará Sara Montiel”, me dijo.

A la semana siguiente recibí otra llamada, ésta de Cesáreo González y Benito Perojo, proponiéndome un contrato de 140 millones de pesetas –cuatro millones de dólares de entonces- por cuatro películas.

Me marché a España el 20 de junio. No se habían equivocado los hermanos Jordan. Paré la circulación en la Gran Vía madrileña. A mi paso se formaban auténticas manifestaciones. La gente se mataba por encontrar un asiento para ver mi película.

El último cuplé fue lo más importante de mi vida artística. También la película que más trabajé y sudé, todo gracias a Juan de Orduña, que creyó en mí.

Fue un doble éxito, como actriz y como cantante, que acepté con toda naturalidad porque estaba convencida de que me iba a llegar tarde o temprano. Aprecié, sobre todo, el hecho de que se me reconociera que sabía cantar. Porque nadie, hasta entonces, creía en mí. Y les demostré que podría hacerlo tan bien o mejor que nadie.


Gary Cooper. Durante el rodaje de 'Veracruz', que coprotagonizaron junto a Burt Lancaster, Sara y Gary Cooper, mantuvieron un idilio que se transformó en amistad con los años. 

La muerte de mi madre

24 de julio de 1969

Aunque sabía que padecía un cáncer de huesos irreversible que la tuvo postrada en cama durante ocho meses, su muerte fue para mí como un mazazo. No pude, ni he podido, aceptar nunca la muerte de mi madre, María Vicenta Fernández.


Con su madre. La muerte de su madre, María Vicenta Fernández, hundió a Sara en un período de locura. 

Yo me encontraba en Moscú cuando me avisaron de que estaba agonizando. Me había desplazado allí con otros compañeros para recibir la medalla Lenin, por ser la mujer extranjera más famosa de la Unión Soviética, durante la semana del cine español que se estaba celebrando. El telegrama que recibí me hundió en una profunda crisis nerviosa. Las autoridades soviéticas, como me habían prometido en Madrid antes de viajar a Moscú, pusieron a mi disposición un avión que me llevó en pocas horas junto al lecho de muerte de mi madre. Me acompañó en el avión María Mercader, la esposa de Vittorio de Sica.

Aún tuve tiempo para estar unas horas con ella. Falleció a la madrugada siguiente de llegar yo a Madrid. Fue brutal. En muy poco tiempo había perdido a dos seres muy queridos. Primero, Tony; luego, mi madre.

El dolor fue tal que me quise suicidar tirándome por el balcón. Era un décimo piso, pero Esther Martín, mi peluquera y amiga, lo impidió sujetándome por las piernas. Puede vivir, en principio, a base de calmantes. Nunca he sentido un dolor como el que sufrí al haber perdido a mi madre. No me enteré prácticamente de nada. Estaba ida por completo.

Marujita Díaz me ayudó mucho. Me llevó a su casa. Pasaba el día con Maruja y la noche con mi hermana Elpidia. Por la tarde visitaba la tumba de mi madre en el cementerio de San Justo. Un día me di cuenta de que había una tapia que estaba en obras por la que se podía entrar en el cementerio cuando estaba cerrado.

Empecé a mentir a Maruja y a Elpidia. A Maruja le decía que me iba a casa de mi hermana y a Elpidia le decía que me quedaba con Maruja. Lo que hacía, en realidad, era irme a dormir sobre la tumba de mi madre, colocando encima un abrigo de visón. Así estuve tres meses, agosto, septiembre y octubre de 1969. Hasta que me descubrieron.

Una mañana, uno de los enterradores me sorprendió refugiada en la cripta de los marqueses de Urquijo, que estaba abierta. Había llovido la noche anterior. Me sacó de allí y me llevaron a casa.

Estuve durante varios meses en tratamiento psiquiátrico bajo la supervisión del doctor López Ibor. Yo no entendía el porqué, puesto que consideraba la cosa más normal del mundo dormir por la noche sobre la tumba de mi madre. Como yo no reaccionaba del todo me tendieron una  trampa. Me hicieron sentir una responsabilidad fuerte sobre mis hombros, para olvidar. Así me presenté en el teatro por vez primera en mi vida con Sara Montiel en persona, en la Zarzuela, de Madrid.

Yo salía como una autómata al escenario, no me enteraba. Llevaba como un piloto automático. La terapia resultó, qué duda cabe, y empecé a remontar el dolor y volver a vivir. 


La estrella de Sara la convirtió en foco de la noticia, acaparando las portadas de las grandes revistas. 


De su matrimonio con Vicente Ramírez, Sara no guarda buenos recuerdos. Fue para ella uno de esos errores que se cometen en la vida. 


Anthony Mann. Por 'Tony', como cariñosamente le llama, se interesó al ver una película suya. Luego se enamoró de él durante el rodaje de 'Serenade'. 

Pepe Tous

28 de febrero de 1970

Lo de Pepe Tous y yo no fue un flechazo, como se suele decir. Fue un amor que entró poco a poco y que me llenó, y me sigue llenando, como nada antes lo había hecho. Conocí a Pepe en el transcurso de la gira que estaba haciendo por España con mi espectáculo Sara Montiel en persona. Pepe, que era el empresario del Teatro Balear, donde se iba a poner en escena, me estaba esperando en la escalerilla del avión con un ramo de flores.

Justo es decir que yo no había sido nunca santo de su devoción. La verdad es que le era indiferente. Pero a mí me gustó, y yo le gusté. Nos llevó al hotel a la señora Inés, quien me vestía y siempre estaba conmigo, como una segunda madre, y a mí.

Curiosamente, la señora Inés me comentó en la habitación que Pepe era muy majo, el soltero de oro le llamaban en la isla. Pero pensamos que estaría casado y no le dimos más vueltas.

A mí, Palma de Mallorca no me atraía demasiado. Tenía un mal recuerdo de mi viaje con Vicente Ramírez, mi segundo marido, y no quería estar más tiempo del necesario. Pero esa misma tarde cobré un nuevo interés. Me enteré de que Pepe estaba soltero.

Yo llevaba relaciones con Giancarlo Viola, un ingeniero de explosivos italiano, desde hacía siete años. Nuestra relación era, y nunca mejor dicho, una relación explosiva, con continuos altibajos, peleas y follones.

Yo sentía que necesitaba en mi vida estabilidad, amor, formar una familia, tener hijos. Y Pepe encarnaba lo que yo quería. Nos enamoramos y encontré la vida. Era el hombre de mi vida, lo que siempre había estado buscando.

Puede resultar paradójico, y lo es, que haya terminado con un hombre de mi edad, yo que siempre me he sentido fuertemente atraída por hombres mayores que yo. Quizá es porque he superado aquel complejo de Electra que me han dicho que tenía.

La entrada de Pepe Tous en mi vida fue determinante. Dejé a Gianca, me quité el luto y me fui a vivir con él seis meses más tarde. No podía casarme, ya que estaba legalmente casada con Vicente. Eso, por fin, lo hicimos el 30 de julio de 1979.

Con los niños tuvimos una mala época. Yo me quedé en estado y perdí un hijo a los seis meses y tuve que abortar porque padecía una enfermedad llamada edema de King. Me cogió con 42 años. Pero, gracias a Dios, todo se arregló. Tenemos ahora dos hijos maravillosos, Thais, que tiene 9 años, y Zeus, que tiene 4, los dos adoptados en Brasil. Con ellos lo tuve todo. Me hice como madre, mujer y artista. 



Su familia. Sara reconoce que conoció a Pepe Tous justo cuando necesitaba un cambio radical. Tienen dos hijos adoptados: Thais, de 9 años, y Zeus, de 4. 


Mis 60 años

10 de marzo de 1988

Cumplir 60 me parece la cosa más maravillosa del mundo. Mirando hacia atrás, el balance me parece netamente positivo. Me siento una privilegiada de la vida por haber vivido tan intensamente, por haber conocido y haber sido amiga de personas tan importantes, por haber tenido acceso adonde sólo unos pocos elegidos pueden llegar y por haberme tocado la diosa del éxito con su varita.

Sé que ya no soy una estrella, que estoy mucho más arriba, que soy un mito; pero un mito que trabaja, que va a tener dentro de poco una serie de nueve programas de una hora en TVE y que va a sacar un nuevo elepé, Purísimo Sara, con canciones de Carlos Berlanga, Joaquín Sabina y Alberto Cortez. ¿Qué más puedo pedir?

A quien corresponda, gracias.

 

Transcripción. CARLOS BERBELL



LA FOTO CCCLXXVIII


Sara Montiel el día de la presentación de sus memorias 'Vivir es un placer'. Corría el año 2000.

sábado, 13 de abril de 2024

DIEZ MINUTOS - 5 de octubre de 1968 - España


SARA

de la Mancha

En su próxima película, “Esa mujer”, será dirigida por Mario Camus

“Cuando dicen que mi marido no vive conmigo, es que lo saben y están en lo cierto”

“Mi madre me enseñó a no hablar nunca mal de la gente”


También Sara puede lucir minifaldas si quiere. En la terraza de su espléndido piso, el cabello por la cara, la "estrella" parece un desafío.

SARA de la Mancha. En el salón de invitados de su piso de la Plaza de España no hay molinos de viento ni libros de caballería.

Las paredes están forradas de raso y una lámpara del palacio de Isabel II extiende una pálida luz sobre el piano de la Fornarina. En un rincón, un barqueño de la época de los Reyes Católicos, adornado con labores de taracea doradas, compone con una mesa redonda de mármol de Carrara. La guardia del escalón de la doble planta moquetada en tonos gratísimos a la vista la componen la cabeza de un sammurai, realizada en alabastro y la diosa de la fortuna, talla bellísima obtenida en palmito de Tailandia.

Cerca de los regios tresillos no faltan las mesas pompeyanas o los armaritos de laca, jalonando uno de los ángulos una hermosa talla, en mármol, de Collaut-Valera, donde se reproduce el generoso busto de Sara y su belleza increíble. Y sobre el raso de las paredes, lienzos de gran valía y cobres italianos. En el piso de la Montiel se puede hacer recuento de un Goya, un Sorolla, un Eduardo Vicente, un Eugenio Lucas y dos Palmulori, aparte de decenas de cuadros que adornan pasillos y piezas de la casa.

Sara de la Mancha, sonríe. Sara de la Mancha, nacida en Campo de Criptana, posa y reposa. Y cambia de trajes, alternando la minifalda con un caftán de oro viejo del siglo XII.

Sobre el piano de la Fornarina están las letras de las canciones de su inminente película para Suevia Films. El viejo pleito entre la “estrella” y el hombre del pelo blanco ha derivado hacia un título: “Esa mujer”. El guión es de Antonio Gala y habrá canciones de Armando Manzanero, Rafael de León y Solano, hasta cubrir un programa de cinco intervenciones.


Sara Montiel sigue siendo la Dulcinea más guapa de España. Aquí la vemos apoyada en el piano de la Fornarina, que adorna esta lámpara que perteneció al palacio de Isabel II.

-¿Quién te va a dirigir en “Esa mujer”, Sara?

-Mario Camus –dice, y se va a poner otro vestido-. Asisten al reportaje, doña María, la madre de Sara y un compañero de arte, José Ramón Centenero, que actúa, en cierto modo, como director de escena, señalando a Sara algún posible error en la pose.

Sara de la Mancha, sonríe. Sobre la mesa pompeyana no hay vasos de recio cristal con el vino tinto de las ubres que despanzurrara “Quijote” con su espada mellada. Hay “whisky”, aceitunas, peladillas y, eso sí: queso manchego y del bueno.

Ha concluido el reportaje gráfico. Sara de la Mancha, sonríe y espera.

-Sara…

-Dime.

-Háblanos de Camus. Un nombre nuevo. Parece que tiendes hacia la gente nueva. Eso está bien, Sara.

Se encoge de hombros. Habla en directo, sin rodeos. “Quijote” hubiera gritado alborozado, al escucharla. Es, su castellano, un idioma rudo, si se quiere, pero claro como el agua y crujiente como el pan recién cocido.

-Verás: hay gente vieja muy buena y gente vieja muy mala. Y lo mismo sucede con la gente nueva. Yo procuro buscar lo mejor. Eso es todo.

-¿Te preocupan los sambenitos que te cuelgan Sara?

Ríe.

-No, no me preocupan. Lástima del día en que no amanezca con alguno. Mal presagio. Recuerda a “Quijote”: “Ladran, luego cabalgamos”.

-Entonces, recojamos un ladrido, Sara. La gente ladra en los cafés, y asegura que cuando Sara Montiel comienza una película el director no manda, el cameraman no manda, y el productor, muy asustado, pregunta todos los días a su gente cómo andas de humor…

-Mira: el cine es lo más importante de mi vida. Sin el cine yo no sabría vivir; pero yo no entiendo nada de cine, no sé nada de cine. Si yo dirigiera mis películas habría hecho mi cine, el cine de Sara Montiel. ¿Entiendes? Bueno, pues anótalo si quieres. No es cierto que yo haya influido en los directores: mi oficio es actuar y cantar. Ahora, eso sí. Me permito opinar sobre fotografía por una razón. He estudiado hasta quedarme sin aliento a los grandes maestros de la pintura. Y creo que la pintura y la fotografía tienen algo de común, ¿no?


Compañera inseparable de su hija, doña María ha seguido sus éxitos de lejos y de cerca. Sara se siente orgullosa de tener una madre sencilla y aldeana.

-Entonces, hablemos de pintura, Sara.

Me mira desafiante.

-¡Qué rico! Pues habrá que prepararte habitación, porque entonces no paro. De entrada te diré que me emociona la pintura de El Greco, de Goya, de Velázquez, de Picasso, de Gutiérrez Solana… Vamos, de todo lo bueno.

-La gente sigue ladrando, Sara. A lo mejor sus ladridos han llegado hasta aquí. ¿Sabes qué dicen ahora? Que estás acabada.

-Pues si lo estoy ahora, ¿qué será cuando no lo esté? Cuento con doscientos cincuenta millones de espectadores en España y América. Y, ahora, encima, Rusia. En el Japón celebran semanas cinematográficas con mis películas. Mira: llevo desde los cinco años trabajando. Y si he llegado no ha sido por lela. La realidad es que no le quito el pan a nadie. Yo hago mi película al año y a vivir. Pese a quien le pese. Aseguran que me hago la estética todos los años en París y que me extraigo las muelas para acentuar los pómulos. Pues bien, que vayan ellas al dentista y al cirujano de estética, a ver qué pasa. Odio hablar mal de la gente. Mi madre me enseñó a que no hablara mal del prójimo y a no tirar ningún plato de comida. Y aunque la belleza se va con los años, yo he sabido aprovecharla. Y tengo lo que tengo, que nadie me lo ha regalado.

A la vista está. Está guapa Sara, con su gesto desafiante. Le pregunto si el piano de la Fornarina y la lámpara de Isabel II; si los alabastros y las lacas y su Goya y su Sorolla lo tiene por el cine.

-En esto del cine, el dinero lo hacen los productores, los distribuidores y los exhibidores. Sara Montiel ha hecho a más de uno millonario. Como a Gonzalo Elvira y el pobre Cesáreo González. Yo he ganado un poco de dinero, sí. Pero aquí no está todo. He comprado cosas…

-¿Eres feliz, Sara?

-Lo soy, gracias a Dios.

-¿Del todo? Dicen que tu marido no vive aquí…

-Cuando lo dicen es que lo saben y están en lo cierto…

Sonríe Sara de la Mancha. La más guapa “Dulcinea” española continúa cabalgando por los caminos cinematográficos. En su torno, mordiendo las ancas de su cabalgadura, una jauría de perros ladra desaforadamente.

 

Fernando MONTEJANO

(Agencia TORREMOCHA)


EL RECORTE CCCLVIII

Entre la resaca de "Tuset Street" y el inminente rodaje de "Esa mujer", Sara concedía esta entrevista a la revista Ondas, 15 de enero de 1969, donde recordaba su infancia y adelantaba algún detalle del que sería su antepenúltimo film. 


SARA MONTIEL

HA REALIZADO TODOS SUS SUEÑOS

HA ADELGAZADO 11 KG. DESDE “TUSET STREET”


En la próxima primavera Sarita va a presentar un "show" cara al público. Será como los de Frank Sinatra, dice Sarita, pero "en vez de Sinatra estaré yo".

Sara Montiel ha vuelto mucho más delgada de Méjico. Aquellos kilos que le sobraban, desaparecieron como por encanto. No hay trucaje en las fotos ni en sus vestidos. También ha variado algo el decorado de su casa. Ha colocado el piano en otro ángulo y del país azteca se ha traído varios objetos que se sumarán a los muchos que, esparcidos en distintos rincones del hogar, hablan por sí solos de sus muchos y constantes viajes al extranjero. Empieza en breve –tal vez, cuando esta entrevista salte a las páginas de la revista haya dado ya comienzo- el rodaje de “Esa mujer”. Con ser eso noticia hay más, mucho más. Cuando termine el film en cuestión, Sarita Montiel cumplirá un hermoso sueño. Un sueño que acaricia en su mente desde hace algunos años: presentarse en España personalmente, en un escenario.

-Me voy a presentar yo personalmente en teatro, ya definitivamente para marzo o abril. Primero lo haré en Barcelona, en donde pienso hacer una temporada bastante larga. Seguidamente me presentaré en Madrid, Valencia, Alicante, Murcia, Málaga, Sevilla y también en muchas ciudades que forman parte de Andalucía y si Dios quiere, lo haré, asimismo, en Castilla la Vieja, porque yo quiero que todo el público de España me pueda ver –la mayor parte del público a ser posible- para así yo darles las gracias personalmente porque desde que se estrenó “El último cuplé” yo le estoy agradecida a todo el público español.

-¿Puedes adelantar cómo será y con qué título se presentará ese espectáculo tuyo?

-Es un “show” musical como acostumbran a hacer en Estados Unidos y en Londres. Como acostumbra a hacer Frank Sinatra, pero en este caso, en vez de ser Sinatra, será “Sara Montiel en persona”: ese será el título del “show”. Nunca perdí las esperanzas de demostrar al público que Sara Montiel no le tiene miedo a un escenario.

-¿Te sentirás en el escenario tan segura como en el “plató” de un estudio de cine?

-Creo que puedo dar mejor en el escenario que en cine, porque en el cine se puede repetir una misma escena varias veces, mientras que en teatro, ¿qué pasa? Allí la artista está solo al levantarse el telón y es entonces cuando se puede demostrar al público y a sí misma lo que de actriz se tiene.


Sarita juega todavía con muñecas. Tiene un corazón de mujer, pero en ella habita aún el alma de niña.

En un rincón de la estancia hay un magnífico busto, de grandes proporciones, de Sara Montiel. Su perfil derecho se refleja en la luna azogada de un espejo cercano. Es tan real la escultura, produce tal sensación de verismo, que difícilmente creo que una fotografía pudiera reflejar más fielmente los rasgos de nuestra actriz más internacional. Que la Montiel pasará a la posteridad es algo innegable. Y algún día, nuestros hijos, o los hijos de nuestros hijos, verán en la pantalla la vida, éxitos y fracasos –que también los hubo, por supuesto- de Sara Montiel.

Encima de la repisa de una chimenea, en un sencillo marco, María Antonia Abad, el día de su Primera Comunión. ¿Qué queda hoy de aquella niñita…? Esa es mi pregunta y calladamente, mansamente, María Antonia –o Sara Montiel- que son una misma persona dice:

-Queda el alma, que es la misma. Los sueños ya no, porque se realizaron… si no todos, casi todos. La niña soñaba con hermosos vestidos… la niña quería dormir en un colchón muelle y tener una almohada de plumas… la niña… no quería que su madre se tiznara las manos con el carbón mientras guisaba…

Silencio breve. Sara Montiel detiene su mirada en un punto lejano, muy lejano… Y después…

-Vaya a donde vaya, llevo siempre en mi equipaje mi almohada de plumas. Reconozco que puede parecer una niñería, pero no consigo conciliar el sueño con otra almohada que no sea la mía.

-Dime, Sarita, ¿te gustaría volver a ser niña por espacio de unos días, aunque tuvieses que vestir nuevamente aquellos vestidos de percal?

-Lo desearía tanto… ¿Sabes por qué? Porque volvería a estar junto a mi padre, que hace más de veinte años que murió. Guardo de él un maravilloso recuerdo. Cada tres días, como un rito, sueño con él. Luego… no lo perdí por completo. Es lo único que me falta para ser completamente feliz…

Hay un amago de lágrimas en los bellos ojos de la mujer.

-¿Hay algún episodio de tu infancia que recuerdes en especial’

-Yo recuerdo toda mi infancia, pero guardo un especial recuerdo para una muñeca que cuando yo tenía tres años, en el año 36, me trajo mi hermano cuando vino del frente. Yo la llamaba “Mi-Ya”, con lo que quería decir en mi lengua de trapo “Mi hija” y así he continuado llamándola, a través de los años. Es una pepona de trapo muy fea, pero que conservo aún y que para mí tiene un valor incalculable.

-¿Eras una niña miedosa?

-No exactamente miedosa, pero tenía –y sigo teniendo- un cierto respeto o temor a la oscuridad. Ello es debido a que, cuando era chica, como en mi familia éramos muy pobres, me veía obligada a llevar vestidos bastante feos. Yo no quería verme fea y entonces, arrancaba a llorar con unas pataletas tremendas. Mi hermana mayor –que me lleva más de veintitrés años- me encerraba en un cuarto oscuro, y vistiendo una silla con una sábana blanca, previamente, me decía: “Este es el rey que viene a por ti”. Al igual que en Frandes decir “el duque del Alba”  para mí, oír decir “El rey” era como decir “el coco”. Hasta que un día descubrí que sólo se trataba de una silla. Pero el recuerdo quedó grabado y aún hoy, sigo teniendo cierto temor a la oscuridad.


Un artista ha esculpido el busto de Sara en la piedra. Su belleza quedará así perpetuada y las generaciones futuras la podrán ver en el museo.

-¿Practicaste algún deporte en tu infancia?

-El de pasar hambre, por necesidad.

-¿Cuál era por aquel entonces tu afición predilecta? ¿A qué jugabas?

-Me gustaba cantar y poner en escena a mis amigas. Mi hermana, la que me lleva cuatro años, hacía de apuntadora, porque era la que entonces tenía la voz más clara. Las demás, con nuestras lenguas de trapo… Yo las vestía, las enseñaba ¡calcula! cómo se debía cantar y… dejaba volar mi imaginación, pensando que representaba para un público que sí llegó… al cabo de los años.

Hablo con ella del amor de la mujer. De los que en otros tiempos pudo tener. De sus admiradores.

-Mentiría si dijera que no he tenido muchos pretendientes. Pero ahora sólo me interesa un hombre: mi esposo. Si hemos de creer lo que dicen, existen, al parecer, treinta y siete maneras distintas de declarar el amor a una mujer. Yo creo que la mejor de todas y la que sí recuerdo de veras, ha sido –sin duda- la de mi esposo.

-Pareces totalmente feliz. ¿Ninguna nube?

-Ninguna, a pesar de que a muchos, esto quizá les defraude. A mí me han divorciado ya tantas veces en la prensa…

No ya como informadora, sino como mujer, me interesa saber el por qué Sara Montiel ha vuelto el color de sus cabellos a la tonalidad que le era ya habitual en los últimos tiempos: el caoba.

-Por exigencias del film que estoy rodando “Esa mujer”. En esta película interpreto dos papeles distintos. En uno de ellos doy vida a un personaje más agrio y voy con el cabello negro, y en el otro –soy la misma mujer, pero en períodos de tiempo distinto- llevo el cabello rojizo, vistiendo muy claro y con un tipo espiritualmente también distinto a la otra mujer que, sin embargo, soy yo misma.

-¿Hablamos de “Tuset Streeet”?

Pienso que va a eludir el tema, pero contrariamente a mis pensamiento, la oigo decir:

-Sí, ¿por qué no? Aquí, en Madrid, va muy bien, a la gente le gusta, pasan un rato agradable viendo una película moderna, con un color estupendo y con unas canciones preciosas. Casi todas mis películas han tenido un corte clásico: en esta hay un ambiente completamente nuevo.

-¿Qué hay de la película “Catalina la Grande”, junto a Marlon Brando?

-Estamos en tratos. Debería rodarse en Rusia y su duración sería muy larga. Si puedo compaginar mis películas ya proyectadas junto a mi actuación personal en teatro y luego, me queda tiempo, desde luego que la haré porque creo que podría ser sensacional.


Sarita es ahora más joven que nunca, cuando se dispone a interpretar una nueva película que llevará por título "Esa mujer". 

-Hay algo que supongo interesará sobre todo a las mujeres. ¿Cómo has conseguido perder tanto peso?

-De “Tuset Street” hasta ahora he perdido algo más de once kilos. Yo tuve una temporada –lo reconozco- en la que me sobraban unos cuantos kilitos, pero no podía adelgazar. Tuve paciencia hasta que el médico me dijo: “Ahora, María Antonia. Ahora puedes adelgazar”. Y ya lo ves.

Le sugiero hacerle algunas fotos al lado del busto que se refleja en el espejo. De su propio busto. Sonríe, un poco coqueta. Y amplía la sonrisa cuando dice:

-Soy casi tan presumida como cuando tenía ocho años… y me ponía aquel lazo tan grande en lo alto de la cabeza… tal vez, tal vez, para que destacase el lazo y nadie se fijara tanto en mi vestidito de percal…

La niña quedó atrás. Hoy, existe la mujer. Guapa, famosa y rica. Pero el alma de la niña, medio agazapada, está aún dormida en el corazón de la mujer.

 

Texto y fotos: Maite MAINE



LA FOTO CCCLVIII


Sara en una de las más icónicas imágenes de "Esa mujer" (España, 1968).